Uber Eats Novata Driver (IV): Café latte derramado entre piernas y glúteos en flor 

Ilustración: Art Tonio

MIAMI. – Aunque el pie tuvo que pasar del acelerador al freno en fracciones de segundos y el timón tuvo que ser girado a la derecha para ―rápida, pero cuidadosamente― derivar el carro a la senda contigua sin mayores estruendos y así evitar el choque en la US-1, el café latte de estilizado empaque se derramó hasta bañar los asientos del chofer y copiloto, la guantera, la alfombra, y salpicar los cristales. De modo que cuando el carro hubo de estabilizarse, la novata driver y el partner in crime primero discutieron con un “cojones” mediante y cuanta palabra exista a fin de maldecir la estupidez, pero luego ya hubo que centrarse en buscar una solución: ¿qué hacemos ahora? 

El partner primero analizaba lo cochino que había quedado el carro; a la novata driver le preocupaba el café perdido, la entrega a medias, el tiempo disponible para completar una entrega que se estaba complicando demasiado, así que con cabeza fría calculó que regresar por un café idéntico al sitio pijo donde había realizado el delivery, era poco práctico, por lo que sugirió a la tremenda una solución más sencilla: vamos a parar en cualquier gasolinera o punto donde vendan café cubano, ordenamos un cortadito y lo mezclamos con lo que quedó aquí en el vaso. 

Como si el sabor fuera el mismo. Como si la persona que ordenó el café no supiera distinguir entre un café regular y uno extraordinario que eligió con mimo. Como si el vaso accidentado no mostrara suficientes evidencias del derrame. Como si el sol pudiera taparse con un dedo. De cualquier forma, lo que había que hacer, se hizo. La novata driver se encargó personalmente de pasar el café barato (de a dólar) al vaso estilizado y de llevarlo, de ahí, directo a las manos del joven que lo pidió a través de la app de Uber Eats, quien al revisar el pedido se quejó, primero, de que faltaban unos dulces que nunca le entregaron a la novata y solo después reparó en el café, también para hacer notar que faltaba uno porque, asegura, había pedido dos. En conclusión, de poco valió el parche para intentar tapar la gotera porque el pedido ya venía defectuoso y nada salvaba a los implicados de un mal review

La novata coincidió con el cliente en que este debía notificar del desastre porque es cierto que cualquiera tiene un accidente y cualquiera dice una mentira piadosa, pero no se trataba de eso, sino de un pedido que incumplía soberanamente el pacto entre proveedor y consumidor y llevó a la novata driver a decirle al cliente que no aceptara el pedido, que ella misma podía cancelar en la app la entrega aunque eso supusiera pérdida en todos los sentidos. Sintió alivio de pensar que el cliente no tendría que tomarse el café barato que ella sí se tomaría con gusto, se despidió entre amarga y amablemente y se marchó como quien se pierde un sábado cualquiera en Miami a más de 40 millas por la US-1.

Otro sábado tuvo que llegar para que la novata driver se decidiera a volver a las andanzas de Uber Eats. Era 9 de diciembre, apenas faltaban tres días para su cumpleaños número 30 y salió vestida de rojo a comerse el mundo, es decir, a hacer Uber Eats como pretexto para contar un sábado en Miami, aunque sin tantas pretensiones. Como en Fresa y chocolate, encontró maravillas. 

Dando vueltas por Flagler “chocó” con una venta de garaje, donde las gangas estaban a tutiplén, las ropas a precio de “cochino enfermo” en el lenguaje guajiro que ella usa. De allí salió toda emperifollada y entaconada, conoció a varias brasileñas que se convirtieron en sus estilistas por un ratico, pagó con gusto y dejó su contacto para una futura cobertura periodística. Más adelante encontró otra venta de garaje pero siguió porque más, el mismo día, sería un exceso… y cuando pensaba volver a la casa con el estómago vacío, apareció delante de ella un conejo. Ya le había pasado un par de veces antes durante el año y, para decirlo con mayor precisión, durante el último trimestre del año. 

Los conejos se le aparecieron en Disney, Orlando, cuando se trancó la puerta mientras esperaba que le llevara comida otra novata driver, en Panamá mientras paseaba con su madre por callejuelas del casco antiguo y por último en La Pequeña Habana, antes de que se tomara fotos en un mural grafiteado ipso facto por mujeres artistas de distintos países de Latinoamérica que residen en EE.UU. En sus manos nunca pudo estar el conejo, ni el blanco ni los mezclados de blanco y negro, pero sí Chucho, la mascota-personaje de una de las artistas que intervinieron el mural como parte de Art Basel. Solo hay que dar rueda un sábado en Miami para que suba a mil la energía entre delivery y delivery

Cuando apareció el conejo en La Pequeña Habana, la conductora acababa de entregar en manos de una señora un pedido de la cadena de farmacias Walgreens. Era la primera vez que le pedían no ya comida ni alcohol sino fármacos, lo cual le había provocado una creciente curiosidad que no se disipó hasta la entrega. El procedimiento era similar al del alcohol, comprobar el ID o licencia de conducción y verificar que el receptor estuviera sobrio. La novata driver, con mente mundana especuló, antes de hacer la entrega, que podía tratarse de alguien pidiendo condones o lubricante, después de haber barajado la posibilidad de que fuera alcohol o comida de los que venden en Walgreens. Lo que la mente mundana no previó fue que, unos días más tarde, antes de que finalizara el año, tendría que llevar un café a un sitio insospechado. 

Sin percatarse de dónde era la cosa, cayó nada menos que en el Booby Trap de South Miami. El café, esta vez, llegó intacto a la esquina de South Dixie Highway, a las manos de una muchacha joven con pocas ropas. La socia conductora entró “solo un momentico” a dejar el pedido y salió un par de horas después, tras haber entablado conversación entre saltos al vacío, glúteos en flor y menudeos de destemplanzas. 

Dos muchachas le hicieron la noche desde la barra; una de ellas, agitaná y de espalda frágil que suplicaba un masaje, estaba de cumpleaños. La otra, pezones al aire, corolarios de senos transpirantes entre los resquicios de una malla, lo celebraba al calor de los tragos que un tercero pagaba. Bellas las dos, entre otros corazones erráticos de la noche en el tubo. El gogó es otro reservorio de historias y no solo de polvos o bailes privados. A una le lleva allí el café y la persistencia de novata driver; ¿qué llevará allí a quienes trasiegan en la nocturnidad de la vida? 

La socia conductora penetró la noche como un adagio, bailó y vio bailar, aceptó cervezas, compartió un whisky, dejó ir al partner, se desconectó de Uber Eats porque no había, en su opinión, esa noche, una entrega mejor que la de los cuerpos siniestros en torno al aluminio plateado en vertical girando hasta rendir y rendirse. Dio en secreto un beso, una mordida, practicó el olvido de las notificaciones de su móvil y la fe del adiós en una oración con visos de “hasta pronto, nos vemos en la carretera”. 

Palma Soriano, Cuba (1993). Periodista por cuenta propia con fugas frecuentes hacia la poesía. Autora de los libros Eduardo Heras: los pasos, el fuego, la vida (Letras Cubanas, 2018) y Mestiza (CAAW, Estados Unidos). Egresada de la Universidad de La Habana e integrante de la Red Latam de Jóvenes Periodistas. Ha publicado en Distintas Latitudes, HuffPost, Clarín, El Estornudo, Hypermedia Magazine, pero la mayoría de sus textos están en Eltoque y Tremenda Nota. Escribe, luego existe. --
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