Galicia

Marité López, Galicia y una puerta a Europa para el castrismo

Ilustración: Alen Lauzán

Si uno busca «Láncara» en Wikipedia, el resultado es una página escueta donde no hay mucho que resaltar, salvo que este fue el municipio gallego donde nació el padre de Fidel Castro. Un detalle lo suficientemente grande para entender por qué, pese a tener poco más de 2 mil 500 habitantes, durante los últimos treinta años este pueblo remoto ha jugado un rol clave en la conexión política de Cuba con la comunidad autónoma de Galicia, España y hasta la Unión Europea (UE).

En efecto: todo se debe a que allí nació, en 1875, Ángel Castro Argiz, un joven campesino español que, luego de alistarse en el Ejército español y luchar contra los independentistas cubanos, se asentó en Cuba, donde terminó convirtiéndose en terrateniente y patriarca de la familia que ha regido los destinos de la isla durante los últimos 63 años. 

Según ABC Internacional, tanto Raúl como Ramón Castro visitaron Láncara en distintos momentos de la década de 1950 para conocer la tierra de su padre. Ramón, que estuvo allá en 1958, fue partícipe del rechazo que provocaba en su tía el hecho de que Fidel y Raúl estuviesen liderando una revolución en las montañas. Sin embargo, con el tiempo una parte de Galicia asumió sus ascensos dentro de la política mundial como un motivo de orgullo comunitario. 

Aún así, no fue hasta inicios de la década de 1990 que los Castro comenzaron a vincularse activamente con la región gallega. El momento cumbre sucedió en 1992, cuando Fidel aprovechó un viaje oficial a España para visitar Láncara. Desde entonces, el municipio ha sido visitado por varios miembros de la familia Castro. 

En 2005 se produjo el segundo viaje de Raúl, quien entonces ocupaba el cargo de Ministro de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR), aunque apenas un año después asumió temporalmente el puesto de Fidel al frente del país —y de manera oficial en 2008. En esa ocasión, viajó acompañado de su hijo, Alejandro Castro Espín; su entonces yerno, Luis Alberto Rodríguez López-Calleja; su nieto-escolta, Raúl (El Cangrejo) Rodríguez Castro; y el entonces Canciller Felipe Pérez Roque. 

En julio pasado fue el turno de su hija Mariela y su hermana Emma, quienes inauguraron la Casa Museo Ángel Castro, que en lo adelante funcionará también como un Centro de Interpretación de la Emigración Gallega. 

Otros altos y medianos funcionarios del régimen, desde José Ramón (Gallego) Fernández —quien en realidad era descendiente de asturianos— hasta embajadores y cónsules de la isla, también han convertido la visita a la tierra del patriarca en una suerte de tradición diplomática. 

Este vínculo con Galicia, bien recibido y correspondido, ha terminado siendo de gran utilidad para el régimen, que ha encontrado allí desde una prima de confianza capaz de gestionar el turismo ibérico durante los sensibles años noventa hasta un amplio grupo de políticos y empresarios interesados en estrechar vínculos con Cuba.  

María Teresa López: prima de confianza de los Castro

María Teresa (Marité) López López es una prima segunda de Fidel y Raúl que desde los 18 años de edad ocupó varios cargos en representación del gobierno cubano y recientemente llevó las riendas durante el proceso de negociación para crear la Casa Museo Ángel Castro.

Según varios reportes de prensa, los Castro de Cuba y Galicia han mantenido contacto a lo largo de las últimas décadas. En 1982, Victoria y Estela López Castro, primas hermanas de los dictadores, viajaron por primera vez a Cuba, donde conocieron a Fidel. En 2009, Victoria contó a ABC Internacional que en aquella ocasión la trataron «como a una princesa». También habló sobre la ayuda económica que Ángel Castro envió a su familia tras la muerte de su padre, algo que, según varios allegados, también hizo Fidel en varias ocasiones. 

Ambas hermanas volvieron a visitar Cuba en la década de los 2000. Victoria regresó en 2006, justo cuando Castro afrontaba sus primeros meses post-operatorios. Estela lo hizo en 2009. Y aunque el resto del tiempo mantuvieron contacto con la isla a través de cartas, el consulado o políticos locales, ninguna tuvo un vínculo tan estrecho con el aparato institucional del régimen como Marité López, hija de Estela. 

En la década de los noventa, cuando Fidel Castro tuvo que echar mano del turismo y la inversión extranjera para salvar su régimen tras el colapso de la URSS, López fue seleccionada para representar los intereses de Cuba como directora de su Oficina de Turismo en España y Portugal. 

Un puesto estratégico si tenemos en cuenta que, tras la apertura turística de los noventa, España fue uno de los principales emisores de visitantes a Cuba y, también, uno de los principales inversores en sectores clave como la industria, los servicios financieros y el turismo. Ahí están los ejemplos de Meliá e Iberostar, dos de las cadenas extranjeras que desde entonces lideran la gestión hotelera en Cuba. 

Como directora de esta oficina —que lideró al menos hasta 2002— López participó junto a altos funcionarios del Ministerio cubano de Turismo (Mintur) en eventos internacionales de promoción y reuniones con representantes de importantes grupos turísticos, turoperadores y agencias de viaje interesados en iniciar o ampliar negocios con Cuba.

Pero también fue la encargada de velar porque la compleja situación política y social de Cuba no afectara el negocio del turismo. En 1994, por ejemplo, restó importancia a la Crisis de los Balseros, diciendo que era un problema interno de Cuba que no ponía en riesgo la seguridad de los turistas. En otras ocasiones, desestimó la preocupación por el aumento del turismo sexual en Cuba, asegurando que era un tema manipulado por la prensa.     

Se desconoce qué otros cargos relacionados con Cuba ocupó López. Sí sabemos, en cambio, que a finales de 2006 viajó junto a su familia a la isla, donde vio a Fidel Castro, quien entonces se recuperaba de la intervención quirúrgica intestinal que marcó el inicio de su salida nominal del poder. 

En los últimos años, además, los Castro delegaron en ella las negociaciones para crear la Casa Museo Ángel Castro. Según ha contado López, la idea de restaurar la vivienda surgió en 1994. Sin embargo, no fue hasta 2018, después de varios acercamientos, que Mariela Castro dejó en sus manos el traspaso de la propiedad a alguna asociación sin ánimo de lucro que respetara la construcción original y la convirtiera en un espacio representativo de la emigración gallega. 

En junio de ese mismo año, López cedió la casa de Ángel Castro a la Asociación de Amistad y Solidaridad de Láncara con Cuba, encargada de conformar el nuevo museo. Desde entonces, participó en varias visitas de supervisión de la obra, donde coincidió con políticos y empresarios gallegos deseosos de lograr un mayor acercamiento con Cuba a través del vínculo geográfico con los Castro.

Cuba: un interés de políticos y empresarios gallegos 

Desde la década de 1990, varias delegaciones de empresarios gallegos han visitado Cuba y tenido encuentros con funcionarios de alto nivel para explorar posibilidades de hacer negocios, un objetivo que ha cobrado fuerza en los últimos años. 

En 2018, la Confederación de Empresarios de Lugo (CEL), la principal organización empresarial de esta ciudad gallega, firmó un convenio de colaboración con el Consejo de Láncara para, entre otras cosas, «fomentar la toma de contacto de las empresas de la provincia con la isla, que en la actualidad presenta interesantes oportunidades económicas»

Ese mismo año, varios empresarios de Láncara y la CEL fundaron la Asociación de Amistad y Solidaridad de Láncara con Cuba, una plataforma para facilitar las relaciones comerciales entre ambas regiones. Esta institución fue la que adquirió la propiedad de la casa de Ángel Castro y organizó todo el proceso de rehabilitación, una tarea para la cual contó con la ayuda de instituciones y empresarios locales, así como del Instituto Cubano de Amistad con los Pueblos (ICAP), la Oficina del Historiador de La Habana y el Centro Fidel Castro Ruz.

Oficialmente, el proyecto de la Casa Museo Ángel Castro busca establecer un centro de interpretación de la emigración gallega en América —especialmente en los países caribeños—, potenciar a Láncara como destino turístico y fortalecer los vínculos culturales con Cuba. No obstante, el empresariado gallego también lo ha utilizado para transmitir sus deseos de hacer negocios con Cuba

Justo el día antes de la inauguración, varios directivos de la CEL se reunieron con el embajador de Cuba en España, Marcelino Medina, para «facilitar las relaciones comerciales de las empresas lucenses en el país caribeño», en especial las de sectores estratégicos como el agroalimentario. Algo que, pese a muchos intentos, no ha logrado despegar del todo. 

De acuerdo con un reporte de La Voz de Galicia, en 2019 las exportaciones gallegas a la isla rondaron los 38 millones de euros. Sin embargo, en 2020 y el primer trimestre de 2021 descendieron a 16 millones, apenas un 0.06 por ciento de las ventas exteriores de las empresas de Galicia. Por su parte, Cuba exportó 7.8 millones de euros a esta región en 2019 y 9.5 millones en 2020.

Todo indica que los empresarios gallegos esperan fortalecer sus vínculos con Cuba en los próximos años. Una intención en la que estarían acompañados por varios políticos locales que históricamente han mostrado simpatías por el régimen. Como el alcalde del municipio Oleiros, Ángel García Seoane, un castrista confeso que en 1992, durante la visita de Fidel a Galicia, mostró su apoyo a la Revolución cubana, y que recientemente acompañó a Mariela Castro durante la inauguración del museo familiar. 

García es parte de una tradición de políticos gallegos interesados en Cuba. Desde finales de la década de los noventa, varias delegaciones del Ayuntamiento de Láncara han visitado la isla con el objetivo de estrechar vínculos políticos y empresariales. Un interés que comenzó a ganar fuerzas a inicios de la década de 1990, cuando el centro-derechista Manuel Fraga se convirtió en un importante valedor internacional del régimen. 

Manuel Fraga: de impulsar el acercamiento con la UE a interceder por presos (políticos)

Antiguo ministro del dictador español Francisco Franco un ejemplo del entendimiento político entre cubanos y gallegos más allá de ideologías Fraga fue un gallego clave en la transición democrática española. 

Además de ser uno de los fundadores y hombres más influyentes del Partido Popular (PP), usualmente crítico con el régimen cubano, fue también presidente de la Junta de Galicia entre 1990 y 2005. Pero el hecho de que sus padres se hubiesen conocido en Cuba donde tuvieron a sus dos hermanos mayores y de que allí viviesen miles de gallegos y descendientes de gallegos, fueron para él razones de peso para mantener buenas relaciones políticas con la isla.  

En 1991, apenas un año después de llegar a la presidencia de la Junta de Galicia, Fraga viajó a Cuba para visitar Manatí, en la actual provincia de Las Tunas, donde había vivido de niño junto a su padre, un emigrante gallego que con los años terminó regresando a España. Otras versiones apuntan que el viaje también buscaba limar asperezas entre el régimen de La Habana y el gobierno español —cuyas relaciones pasaban por un momento tenso— y valorar proyectos de inversión gallega en Cuba

En esa ocasión, Fraga fue recibido al pie de la escalerilla por Fidel Castro, quien lo acompañó a varias actividades donde el gallego condenó el embargo estadounidense y exigió el respeto de los derechos humanos en Cuba por igual. En julio del año siguiente, Castro visitó Galicia tras una invitación de Fraga, a la que también se sumó otra de una delegación política de Láncara que visitó la isla caribeña a inicios de 1992. 

Llegó tras concluir su participación en la II Cumbre de Jefes de Estado y de Gobierno, celebrada en Madrid. Fraga lo recibió con todos los honores. En Láncara, Castro visitó brevemente la antigua casa de piedra de su padre, que después de décadas deshabitada ya empezaba a presentar problemas de mantenimiento. También conoció a varios miembros de su familia paterna, realizó un recorrido por algunas de las principales industrias locales, habló frente a cientos de personas y acudió a las celebraciones populares en su honor. 

Según un reporte de la época de The New York Times, varios medios españoles especulaban que Castro se retiraría en Galicia una vez abandonara el poder. Y ciertamente existió la posibilidad de que fuese así, aunque no por decisión suya. 

En 1992, el entonces presidente español Felipe González y Jorge Mas Canosa, fundador y presidente hasta su muerte de la Fundación Nacional Cubano Americana (FNCA), pactaron un plan para hacer a un lado a Castro e iniciar un proceso democrático en Cuba. Según recoge Álvaro Vargas Llosa en su libro El exilio indomable, ambos políticos pretendían ofrecerles a los Castro que se exiliaran en España, presuntamente en Galicia, como paso previo a la realización de unas elecciones libres que permitieran a Cuba abrirse a la democracia y la economía de mercado. 

Por supuesto, esto no llegó a ocurrir. Castro no empezó a abandonar el poder hasta 2006, por cuestiones de salud, y lo dejó principalmente en manos de su hermano Raúl. No obstante, el plan en el que participó González es un ejemplo de la tensión de las relaciones entre la alta cúpula castrista y el Estado español en las décadas de los ochenta y los noventa. 

En la II Cumbre Iberoamericana de Jefes de Estado y de Gobierno, González fue uno de los líderes que instó al cubano a celebrar elecciones libres e iniciar un proceso de democratización dentro del país. Varios reportes aseguran que Manuel Fraga también aprovechó la visita del líder cubano a Galicia para invitarlo a iniciar un proceso de transición política en Cuba, algo que molestó a Castro y propició un distanciamiento entre ambos. Pero aún así, lo cierto es que Fraga fue un mediador clave en asuntos de política interna y externa de Cuba desde finales de la década de 1980.    

Tras la caída del Muro de Berlín y la posterior desintegración de la Unión Soviética, Fraga fue uno de los principales responsables de que España impulsara el acercamiento comercial entre Cuba y la UE, un paso que resultó clave para la supervivencia económica del régimen durante los años más difíciles del llamado Período Especial. 

Además de la orfandad política y económica, durante la década de 1990 el régimen debió enfrentar las leyes Torricelli (1992) y Helms-Burton (1996), aprobadas por el Congreso estadounidense para desalentar la inversión extranjera en Cuba. También, la llamada Posición Común de la UE, una iniciativa impulsada en 1996 por el entonces presidente español José María Aznar que establecía el respeto a los derechos humanos de los cubanos y la transición hacia una democracia pluralista como requisitos indispensables para que Cuba lograra una relación plena con la comunidad europea.  

Pero incluso en medio de estas tensiones políticas, las relaciones comerciales con la UE facilitadas por Fraga le permitieron al régimen sortear los difíciles años noventa. La prueba es que, tras una serie de reformas a la inversión extranjera implementadas por el régimen, la UE se convirtió en esa década en el socio inversionista y comercial más importante de Cuba, según un análisis de Mario Ojeda, del Centro de Investigaciones sobre América Latina y el Caribe de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). 

De acuerdo con este investigador, a mediados de los noventa ya la UE ocupaba cerca del 30 por ciento del comercio exterior cubano. A inicios de los años 2000, sus exportaciones a Cuba superaban los 1.400 millones de euros, y las importaciones los 530 millones de euros. Para 2003, sus países miembros proveían más de la mitad de los turistas que llegaban a Cuba y sus compañías estaban presentes en más de 200 empresas conjuntas de inversión extranjera activas en la isla.  

Pero Fraga no se limitó a hacer de intermediario entre Cuba, España y la UE en el ámbito económico, algo que hizo por «interés internacional» y no por amistad con Castro, según aseguró años después. También incidió en cuestiones de política interna de la isla. 

Según el diario El País, tras su visita de 1991 el régimen liberó a un centenar de presos. En mayo de 1992, poco antes del viaje de Castro a España, este mismo medio informó que Fraga había negociado la excarcelación y el exilio de al menos 15 presos políticos de la isla (más dos españoles condenados por narcotráfico). 

A finales de 1998, durante su segunda visita oficial a Cuba, presentó una nueva petición. De acuerdo con un reporte del diario español El Mundo, esta fue atendida en agosto de 1999, cuando el entonces vicepresidente del Consejo de Ministros, Gallego Fernández, le informó que 29 de los «reclusos» incluidos en su lista habían sido liberados. 

En 2005, Fraga recibió a Raúl Castro en Láncara en lo que fue uno de sus últimos actos al frente de la Junta de Galicia. Al año siguiente, apenas uno días después de que Fidel delegara provisionalmente el poder en Raúl, el entonces senador español aseguró a Deutsche Welle que, si bien la apuesta política de Fidel estaba agotada y el pueblo cubano merecía un cambio, veía difícil una transición democrática en el país, algo que el paso del tiempo ha terminado por confirmar.

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