La Sirenita: una polémica reciente y el fundamentalismo perenne

Ilustración: Julio Llópiz-Casal

La reciente polémica sobre la joven actriz afronorteamericana Halle Lynn Bai,como protagonista de Little Mermaid live-action, resulta irrisoria e inquietante, en el segundo decenio del siglo XXI, porque demuestra que el fantasma del racismo sigue aún vivo. La discusión centrada en la pertinencia o no de la actriz para desempeñar, por su color de piel a un  personaje presuntamente blanco, como el de la Sirenita, constituye un síntoma de la avanzada del fundamentalismo (o literalismo) cultural a nivel mundial; pero que ese debate se arraigue entre cubanos nos permite entender algunas pistas que no podemos descartar de las dinámicas del racismo que aún operan con bastante fuerza en la sociedad. 

En un mundo globalizado, post-posmoderno, diría Canclini, rapiñado por la colonización y, a la vez, con mayor acceso que nunca a la información, resulta imposible pensar que existan representaciones que deben mantenerse «puras». La posmodernidad alabó el pastiche y Umberto Eco sublimó el plagio a la categoría de obra de arte. Sin embargo, estas estrecheces develan el neofascismo refusionado con el fundamentalismo, como los signos de una nueva época cultural. 

Desde la Antigüedad Clásica, la apropiación, el pastiche, la intertextualidad de y entre las obras de arte constituyen la fuente de resignificaciones y asociaciones constantes que nos proveen de una densa red de interpretaciones. El arte en general posee en cada época preguntas y respuestas que solo se conciben en ella. 

Ese espíritu eugenésico recorre con mucho poder todavía. Pero el chiste aún peor es que algunos reclaman que les sea devuelta su «infancia», como si se enteraran ahora de la manipulación mediática que conforma nuestra niñez, al estar inmerso en la sociedad del espectáculo. 

En mi infancia no existían personajes gay y lésbicos con tanta visibilidad, ni se hablaba que ser diferente no era un problema. Todo lo contrario, los personajes homosexuales eran enfermos o malvados. La mayor parte de mi infancia tuve que buscarme en historias que no eran contadas para mí, sino para niños y niñas heterosexuales. Y no estaba mal: ellos necesitan ser representados, verse en la televisión, como yo también lo necesité. Por eso, esta seudopolémica parece más una ordenanza inquisitorial, para disciplinar las subjetividades negras y racializadas, en primera instancia, y para restituir la supremacía blanca.

La ficción, palabra que comparte con fingir la misma raíz etimológica, es «algo que pretende ser cierto cuando no lo es» (Aristóteles diría que es verosímil). No se trata de ir a África tampoco a buscar historias para encontrar a la princesa de Nubia o la reina de Dahomey, para no corromper la blanquitud de estos relatos. Se trata de que estás historias, que nos pertenecen a todes, sin límites, porque en ellas también hemos sido educados, nuestra subalternidad ha sido constituida en el racismo epistémico, como asevera Alberto Abreu, como violencia y negación de nuestra identidad por el derecho a la existencia. No voy hablar si la actriz es buena o no, a las personas racializadas se les exige el doble, cuando se atreven a cruzar la línea que delimita los lugares en los que podemos habitar. 

El cuento de las sirenas no comenzó en las gélidas aguas de Dinamarca de Hamlet, sino en la mediterránea Grecia de Odiseo, el cual para evitar la muerte se cubrió los oídos con cera para no escuchar su canto. Sin embargo, lo que primero se mitologizó como «sirena» no fueron mujeres con extremidades de pez, sino aves de presa con rostros femeninos, lo cual tiene más lógica en cuanto que su principal atributo es el canto. 

Por otro lado, ¿en serio creen que la industria hace esta defensa «progre» porque es buena y está a favor de las causas justas y nobles? No, para nada, porque, como el sexo y la violencia, también las políticas de identidad venden. Deja grandes dividendos en una audiencia cada vez más fragmentada y polarizada. Cambiar la visualidad del logo de la empresa una vez al año por la bandera de la diversidad es cool, y apoyar a la comunidad LGBTI aumenta el rating de la imagen global, cuando en los equipos no haya empleados sexodiversos. Se llama pinkwashing, este fenómeno extendido, y lo hace todo el mundo, incluidos los gobiernos, que también necesitan modernizarse. Todo se traduce en dinero, en réditos políticos y en ganancias pecuniarias o simbólicas; de otro modo no se gastarían millones en hacer una película «controversial». 

Nos dieron la delantera y nosotros pensando que somos antisistema, cuando en realidad somos parte de ese engranaje reactivo que necesita Disney y los Estados para echar a andar la maquinaria publicitaria, porque, gústenos o no, vamos a verla y pagaremos por verla, lo que es más cínico aún. 

Estamos en el ocaso de la izquierda cultural que nació en los 60, de las revoluciones sexuales y feministas, de los grandes relatos de justicia social, y  asistimos al auge de un fundamentalismo que refuncionaliza el racismo, la misoginia y la homofobia, y se incrusta, como tecnología biopolítica, en los cuerpos y las subjetividades.

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