A dos años del 15N: una perspectiva desde la fe

El 11J era un recuerdo candente para los cubanos a finales de septiembre de 2021. Por esa fecha, activistas vinculados a un grupo de Facebook llamado Archipiélago solicitaron, mediante cartas a varios gobiernos provinciales, autorización para celebrar una manifestación que condenara la violencia y exigiera la liberación de los presos políticos, el respeto a los derechos de los cubanos y la solución de diferencias políticas a través de vías democráticas y pacíficas. 

Archipiélago estaba liderado por una suerte de junta de coordinadores que se presentaba como políticamente diversa y horizontal aunque, en verdad, la figura que disfrutó de mayor acceso mediático nacional e internacional fue el dramaturgo holguinero Yunior García. 

Aunque Archipiélago lanzó la primera convocatoria para el 20 de noviembre, el 7 de octubre el Ministerio de las Fuerzas Armadas Revolucionarias anunció una serie de ejercicios militares del 18 al 20 de noviembre, en lo que llamaron una jornada Nacional de la Defensa. Archipiélago determinó, entonces, adelantar la manifestación para el día 15, fecha en que la isla abría sus fronteras al turismo internacional tras la pandemia de COVID 19.  

El 15 de noviembre de 2021, a 131 personas les fue impedido salir de sus viviendas durante ese día en Cuba, según el Centro de Denuncias de la Fundación para la Democracia Panamericana. García fue una de ellas. También experimentó cortes de Internet. En las siguientes horas, durante y después del día 15, nada se supo de él. Los activistas de Archipiélago lanzaron un comunicado exigiendo información al régimen, otros responsabilizaban al Estado pensando lo peor. 

Al día siguiente, el teatrista aterrizaba en España, y desde allá descifraba algunos misterios en una nutrida conferencia de prensa en la que informó que días atrás, sin que lo supieran sus colegas y seguidores, a los que había convocado a las calles, había gestionado una visa en la embajada de España. Que Cuba no estaba gobernada por una tiranía socialista, sino por una conservadora. Que la presión financiera contra la dictadura, a la que llamó “bloqueo”, había que eliminarla.

A pesar del fracaso de la convocatoria del 15N, varios cubanos habían puesto sinceramente sus esperanzas y esfuerzos en esa manifestación, como vía para canalizar su rechazo al régimen marxista. Entre ellos, varios cristianos.   

Durante las semanas previas al 15 de noviembre, un ambiente de tensión era palpable en las calles cubanas. El régimen había sido sorprendido el 11 de julio, y ahora lanzaba su maquinaria propagandística para demonizar la convocatoria y a sus simpatizantes. Mercenarios, gusanos, contrarrevolucionarios. Todos los epítetos que desde los años 1960 el Estado socialista alzaba en ristre para sus enemigos, volvían a la radio y la televisión, a los matutinos escolares, a las reuniones oficialistas barriales.   

Desde Victoria de Las Tunas, Carlos López Valdés dio a conocer su preocupación, como pastor y ciudadano, por “el discurso de odio e intolerancia de los últimos días ofrecido por el presidente [Miguel Díaz-Canel], repetido cada jornada por los medios de difusión, alentado desde centros de trabajo y recalcado desde distintas tribunas a lo largo del país, en contra de un sector inconforme y cada vez más creciente”. 

El líder evangélico temía el estallido de una guerra civil. Aun habiéndose hecho patente el carácter pacífico de la marcha del 15N, López Valdés lamentó, a través de un post en Facebook, que se hubiese pedido arremeter con palos contra la misma población. Solo se equivocaba en una cuestión: no era la primera vez que el socialismo ponía a un cubano contra otro y demandaba que un hermano callara a otro. 

“Oro por Cuba, por su paz, por su prosperidad, porque cada cubano se sienta bien en nuestra tierra, oro para que reine el amor y no el odio, la razón y no el salvajismo”, expresó López Valdes. “La imposición engendra rebelión. Ninguna victoria obtenida por la fuerza será una victoria verdadera. Creo firmemente que la no violencia es la única manera de acceder a la conciencia del hombre malo y que cada cubano merece un espacio en esta tierra piense como piense. Que Dios intervenga”, agregó.

El pastor hablaba no solo desde su condición de ciudadano de una isla sin derechos, sino también como ciudadano del Reino eterno donde sobreabunda la justicia. No reñían en su discurso ambas condiciones porque, aunque la carne en su paso terrenal sufriera tiranía, el alma disfrutaba de libertad. La dualidad y complementariedad del hombre como materia y espíritu es un elemento recurrente en el discurso público de los creyentes sobre la realidad que les circunda. Los elementos de este mundo, en la concepción cristiana, aun sabiendo que gravitan en un entorno caído a consecuencia del pecado, aspiran a la altura celestial.

Del otro lado de la isla, en Matanzas, la pastora metodista Arlenys Miranda se sinceraba a través de su visión del entorno: “Viendo y oyendo las cosas que están ocurriendo en Cuba, experimento sentimientos y pensamientos muy desagradables, sentimientos de tristeza, dolor decepción, indignación, y hasta odio”.

Para la líder evangélica, de nada vale una revolución que dice invertir para que el pueblo sea culto, pero que encadena las opiniones, la crítica, la conciencia. De qué vale una revolución que dice dedicar recursos a la educación, pero no educa, sino que adoctrina para formar al Hombre Nuevo: uno sin escrúpulos, que cumple asignaciones sin cuestionar ni considerar, al punto de salir a las calles a golpear con palos y piedras a su propia familia.

La pastora terminaba su mensaje con una reflexión moral: “De qué vale una Revolución que ha olvidado lo más importante: el amor, la tolerancia, la paz, el entendimiento, el respeto a las libertades individuales, a la prosperidad, la unidad en la diversidad, en fin, el derecho a una vida plena; y lo ha sustituido por la violencia, la intimidación, el abuso, la amenaza, el miedo, la hipocresía, el abuso de poder, en fin, la muerte física y moral de todo el que parezca pensar diferente”.

Casi una semana antes del 15 de noviembre de 2021, llegó a manos del pastor Enrique de Jesús Fundora una citación oficial que le obligaba a comparecer, un día después, a un interrogatorio. En las oficinas de Investigación de Delitos contra la Seguridad del Estado de San José de las Lajas, recibió amenazas de multas y un acta de advertencia, por “acompañar a las familias a las que han quitado sus hijos”, declaró Fundora en una transmisión de Facebook Live, refiriéndose a la ayuda ofrecida a familias cuyos miembros están detenidos o esperando juicio por participar en las manifestaciones multitudinarias del 11 de julio. 

El líder religioso notó al capitán Fernando, quien lo “entrevistó”, visiblemente molesto por sus mensajes a favor de la no violencia en la Marcha Cívica por el Cambio, prevista en varias ciudades del país. 

“Por eso la Seguridad del Estado en Cuba se dedica a intimidar a pastores, se dedica a intimidar a hombres de Dios, líderes, porque en Cuba no se persiguen delitos, un en Cuba se persiguen ideales”. Y añadió: “para este momento nos ha puesto Dios, para la liberación de nuestro pueblo”. 

Claramente, la concepción cristiana del deber ser de un gobierno choca con la del totalitarismo ateo. Para teólogos como Donald J. Westblade, el modelo revolucionario del judaísmo, heredado por el cristianismo, está en su propuesta de Dios, según Isaías 64:4: “Y desde la antigüedad nunca oyeron, ni oídos percibieron ni ojo había visto, oh Dios, fuera de ti, quien actuase en favor de aquel que en él espera”. O sea, un Dios de autoridad, que lleva las riendas; pero que trabaja para aquellos que le entregan su lealtad.

De ese modelo relacional entre el poder y los gobernados emana, según Westblade, el modelo gubernamental en este hemisferio, donde Cuba gravita como un paréntesis, una anomalía. “Desde la tradición occidental entendemos que el ejercicio correcto de gobernar ocurre cuando se gobierna imitando los pactos de Dios con los seres humanos”, ha afirmado el profesor norteamericano. 

En el caso del pastor Fundora, en la antesala del 15N, este llamó al amor y a la unión entre los cubanos, tanto como a la oración, al clamor. Creía necesario que “la Iglesia de Cristo no se detenga, no se pare, por más intimidación que venga a nosotros, los pastores, las caras públicas de la Iglesia”, y afirmó que ellos no podían dejar de hacer la obra social, en el caso, por ejemplo, de acompañar a los presos políticos y a sus familias. “Como iglesia y como pastores no tomamos partido político, pero sí tomamos posiciones al lado de la justicia”.

Una visión similar de la teología aplicada a la sociedad tenía el pastor matancero Carlos Macías López y, a causa de ello, vivió una experiencia represiva similar a la de Fundora. El líder metodista fue citado para ser advertido de que no saliera a la manifestación del 15N. En aquel intento de intimidación, el pastor percibió que los militares sentían miedo de los líderes religiosos porque son respetados en las comunidades. 

Hasta la estación policial, Macías López manejó en su viejo Chevy de los años cincuenta junto a su esposa. Ambos iban vestidos de blanco, en una señal temprana de desafío a la tiranía. Esa fue su marcha, me confesó aquel día en una llamada telefónica.

Desde antes, Macías López intuía que en la fecha de la Marcha no podría salir a la calle a causa del control policial y, de hecho, ese día en todas las esquinas con acceso a su casa había varios oficiales vestidos de civil. Frente al templo vigilaban otros dos agentes de la Seguridad del Estado el 15 de noviembre.

Aquel día, en el municipio periférico habanero de El Cotorro, el pastor Carlos Sebastián Hernández Armas, historiador de la Convención Bautista Occidental, también manifestó su deseo de cambio en la Cuba totalitaria, uniéndose al llamado del 15N. Ese día posteó un selfie en su cuenta de Facebook. Llevaba los elementos característicos de la convocatoria: una flor y un pulóver blancos. En el pulóver iba estampada una huella dactilar, con un espacio vacío al centro en forma de cruz. Acompañaba la foto este versículo en 2 Samuel 22: 2-4: “Jehová es mi roca y mi fortaleza, y mi libertador; Dios mío, fortaleza mía, en él confiaré; mi escudo, y el fuerte de mi salvación, mi alto refugio; Salvador mío; de violencia me libraste. Invocaré a Jehová, quien es digno de ser alabado, y seré salvo de mis enemigos”.

No se trata de cualquier versículo, sino de uno que habla de resistencia, enfrentamiento, de al menos dos visiones opuestas que tensan la cuerda social. 

En la ciudad de Cárdenas, Matanzas, Reniel Rodríguez o Lunático, el nombre con el que bautizó su perfil de X y su canal de Youtube (Lunático Debates), tenía 15 años el 15N. Aquel día, convocó desde una esquina mediante una transmisión en vivo a que los ciudadanos salieran a las calles. Iba vestido de blanco, como había pedido la convocatoria de Archipiélago, y con una flor en la mano. 

Anduvo por la ciudad un rato hasta que regresó a su casa, y 48 horas después varios policías se apostaron frente a la escuela secundaria en la que estudiaba Reniel y preguntaron por él. Un maestro lo sacó de la escuela y fue conducido a una Escuela de Formación Integral (EFI) del Ministerio del Interior, una suerte de centro penitenciario para menores de edad. 

En solo 24 horas, el caso del adolescente se viralizó en las redes sociales de cubanos dentro y fuera de la isla. Varios cristianos alzaron su voz, especialmente aquellos del llamado Twitter Cuba (actualmente X), la comunidad de twitteros que interactuaba en torno a temas de la realidad nacional compartiendo información, debatiéndola, criticándola. Un microcosmos digital de libre expresión en el país real tras rejas. 

Pablo Daniel Morales, el joven bautista detrás del canal de Youtube Pauloco x Cristo, posteó un meme creado por él que comparaba la situación del 15N del 2021 con lo ocurrido cuando, en 1871, militares del Cuerpo de Voluntarios español buscaban a un grupo de estudiantes falsamente acusados de profanar la tumba del periodista Gonzalo Castañón. Ambos sucesos ocurrieron en noviembre, con 150 años de diferencia. 

De un lado, Morales contrastaba la valentía del maestro de los estudiantes fusilados, que se negó a entregar a los jóvenes mientras estaban en la Universidad; del otro, el servilismo del que llevó sin cuestionamientos a Reniel ante los militares.

El 18 de noviembre de 2021, a las 11 de la noche, Iván Daniel Calás llamó, a través de sus redes sociales, a un Space de X para orar por Rainel, “joven de 15 años que está preso”. Calás dijo que todos eran bienvenidos, y junto al hastag #FreeLunatico refirió el verso bíblico en Hebreos 13: 3: “Acordaos de los presos, como si estuvierais presos juntamente con ellos”.

Otros grupos de cristianos también habían tenido entre sus motivos de oración la libertad de Reniel. Beatriz Estupiñán, entonces profesora en la Universidad Central Marta Abreu de Las Villas, admitió, en respuesta a la convocatoria de Calás, que en un evento con otros evangélicos habían orado por él. La comunidad de fe estaba conectada con la realidad del país, no de espaldas a los problemas en la Cuba totalitaria, y sin sonrojarse lo anunciaban públicamente, especialmente los más jóvenes.  

Reniel y Calás se habían conocido años atrás. En Twitter Cuba eran contrincantes públicos en temas como el aborto, del que el primero era defensor. Justamente, ese tema los unió poco antes de la detención, cuando Reniel había aceptado, después de meses de argumentos científicos y filosóficos, el continuo y el valor de la vida humana desde el momento de la concepción.

El día 15 de noviembre, en la capital, un activista pro Derechos Humanos y miembro del movimiento apostólico, intentaba acudir a la convocatoria. Cerca del Parque de El Quijote, Yoantone Marrero, más conocido como Tony Máx, pudo gritar “¡Viva la libertad! ¡Viva la democracia! ¡Viva Cuba libre!” antes de que agentes de la Policía Nacional Revolucionaria lo arrestaran. En la esquina de las calles 25 y J, se quitó con una mano el nasobuco blanco para que se escuchara mejor su grito, y con la otra mano alzada formó con el pulgar y el índice la letra L de Libertad, símbolo común de la oposición.

Una turba de hombres bloqueaba el acceso hacia el Parque del Quijote. Algunos llevaban banderas rojas; otros, uniformes policiales. 

En una patrulla, Marrero fue conducido a la Estación de Aguilera, en el municipio Diez de Octubre. Allí le hicieron fotos, le tomaron las huellas, lo interrogaron. Estuvo detenido 27 horas. En la prisión vio a otros detenidos que llegaban, también convocados por Archipiélago. Conversó con ellos con “la fe y la esperanza de que la libertad de Cuba va a llegar, tiene que llegar, porque ningún régimen ha permanecido tanto tiempo, ni el nazismo, ni el estalinismo”.

La represión desbordada del día 15 tampoco pasó desapercibida ante los ojos de líderes evangélicos cubanos. Bárbaro Abel Marrero, académico y pastor bautista que ganó visibilidad por su oposición a políticas del totalitarismo castrista sobre la familia, dedicó un texto titulado “La ignominia visitó Santa Clara”, a denunciar el acoso a cubanos y familiares de presos que se manifestaban por cambios políticos, los tristemente célebres actos de repudio. 

Marrero, rector del Seminario Teológico Bautista de La Habana, comenzó su recuento enunciando su conexión con Santa Clara, su ciudad natal, la ciudad de la patriota decimonónica Marta Abreu. “Tal vez por eso me afectó tanto ser testigo virtual de los repugnantes eventos que mancharon sus calles este 15 de noviembre”, confesó.

El líder evangélico escribió en sus redes sociales cómo un grupo de socialistas se acercó, cargado de odio y profiriendo improperios, a una casa de familia,. “Su magra creatividad solo alcanzaba para repetir una y otra vez frases revolucionarias antológicas como ´Pim pom fuera, ¡abajo la gusanera!´ Puro lirismo”, ironizó. 

Marrero se preguntaba quiénes eran los “gusanos” que la turba pretendía exterminar. Su texto hacía referencia a la familia del preso político Andy García, “lacerada por la injusta prisión de un hijo (y un hermano), solo por el delito de manifestarse pacíficamente el 11 de julio”. 

El pastor dio un paso más allá, y calificó el arresto del joven de 23 años como violento, pues denunció que García había sido golpeado con brutalidad y encarcelado arbitrariamente. “Para los repudiadores profesionales de turno todo este dolor no era suficiente –continuó-, sino que se empeñaron en aumentar el sufrimiento, ofendidos por un cartel en el balcón familiar, de solo tres palabras: Libertad para Andy”. 

Sin ir por las ramas, adjetivando con precisión, Marrero apuntó al centro del problema: “La jauría enfurecida, bien organizada, con sus carteles pre-elaborados, vestía predominantemente de rojo, como si quisieran despejar cualquier duda acerca de qué ideología estimula tanta maldad y rencor irracional. Me impresionó cómo esta familia respondió con música, con argumentos, por momentos hasta con una sonrisa; mientras que sus acosadores solo recurrían a alaridos y consignas trilladas”.

El pastor dedicó la segunda parte de su post al asedio sufrido por la activista Saily González y su madre, cuando otro grupo de simpatizantes marxistas y militares vestidos de civil se apostaron frente a la casa de ambas con el “ropaje despreciable del repudio” a fin de “amedrentar, ofender, calumniar, amenazar y denigrar con furia inquisidora”. 

Desde antes del amanecer y hasta la noche, una turba enardecida les impidió a ambas mujeres salir de su vivienda. Marrero describió a los represores, esencialmente, como “féminas con sobrepeso, con un odio visceral en la mirada, sedientas de violencia. Casualmente, repetían las mismas consignas. ¿A quién repudiaban en este caso? A una intelectual que se atrevió a pensar diferente y a expresar lo que cree. Una inteligencia que deseó proponer un camino diferente para la tierra que la vio nacer. Una joven que anhelaba salir de su casa y caminar por las calles de su ciudad vestida de blanco, con una rosa en la mano”. 

Yuxtaponiendo actitudes, el líder religioso describió la actitud ecuánime de González, especialmente al recitar los versos martianos de La Rosa Blanca: “Cultivo una rosa blanca/en junio como en enero/para el amigo sincero/que me da su mano franca./Y para el cruel que me arranca/el corazón con que vivo;/cardo ni ortiga cultivo;/cultivo una rosa blanca”.

El poema citado por Marrero es una sencilla alegoría de la amistad y la idea de no pagar el mal con mal. La flor como metáfora del bien que se entrega a cambio de cardos y ortigas, que representan el mal, es una idea neotestamentaria, desgajada de la acción de poner la otra mejilla. 

A través de ese vaso comunicante, el profesor conectó la rudeza de lo que había vivido Santa Clara aquel 15N con los redentores valores cristianos. “Martí lo aprendió de Cristo, quien nos enseñó a amar aun a nuestros enemigos y a bendecir a quienes nos maldicen. Qué bueno si todos los cubanos siguiéramos estos referentes. Esa es nuestra única esperanza para vivir en paz; más aún, Cristo es nuestra única esperanza de salvación”.

También, dijo Marrero, intercedía por los infelices que se habían degradado al ser partícipes de la represión, para que pudieran arrepentirse sinceramente por su propio bien. Y clamó “por las familias que han sido laceradas por abyectas saetas de odio”, al pedir que sus heridas sean sanadas “y que su causa sea vindicada; que no sean vencidas de lo malo, como enseña el apóstol Pablo, sino que venzan con el bien el mal”.

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