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Es difícil enunciar en una oración de pocas palabras por qué algunas personas tomamos la decisión de abandonar Cuba, como territorio físico. 

De manera general, la mayoría de las historias que conozco de cerca hablan de un proceso gradual que transita, más o menos, de reconocer que en Cuba hay una dictadura ―pasando luego por la voluntad de encontrar una manera de marcar la diferencia, resistir y contribuir a un cambio― hasta desembocar en la determinación de abandonar el país. Conozco a muchas menos personas con cierta lucidez enceguecedora (y ciega) que ahora reconocen: “Siempre supe que aquello era una mierda”. De cualquier manera, conozco a unos cuantos de los miles y miles de cubanos que decidieron abandonar la Isla.  

Cada cual se enfrenta a este tipo de proceso según su sensibilidad, sus tiempos de razonamiento y su experiencia personal. Podemos identificar un caso como el de Jesús Díaz, un prestigioso intelectual, fundador de la revista Encuentro de la Cultura Cubana, que fue un comprometido defensor de la Revolución desde los primeros años, que fue parte activa de procesos de censura y que a inicios de los años 90 fue defenestrado públicamente por Armando Hart Dávalos desde las páginas del periódico Granma, debido a una opinión expresada en el extranjero sobre sus impresiones de la Cuba de aquel momento, cosa que desembocó en que no regresara jamás a la Isla y se estableciera en Madrid. 

También está Anamely Ramos, una prestigiosa curadora y pedagoga que dio clases por muchos años en la Universidad de las Artes (ISA), que estuvo vinculada a algunas de las exhibiciones de artes visuales más importantes de los últimos 20 años, que fue a dar clases a Angola como parte de un convenio de cooperación entre el país africano y el Gobierno de la Isla, y que a partir de un momento comenzó a ser desplazada por la institución, perdió su plaza de profesora, se vinculó con el Movimiento San Isidro (MSI) y terminó siendo una proscrita total, reprimida brutalmente por la Seguridad del Estado, exiliada forzosamente en Estados Unidos, y que el régimen le prohíbe la entrada a territorio nacional.

Yo soy un artista visual al que el sintagma “arte político” le parece redundante. Para mí hacer arte es un acto político por naturaleza, ya sea pintando flores o manipulando visualmente la imagen de Fidel Castro. He hecho obras que apuntan directamente a lo que se entiende como político; y también otras más contemplativas o abstractas. Siempre he peleado por conservar esa libertad temática. Me interesan muchas cosas y no establezco prioridades entre ellas en la medida de lo posible, aunque la realidad me presiona y determina a pesar de mis deseos. 

Durante muchos años traté de que salir de Cuba no fuera una obsesión para mí. Me concentré en hacer mi obra, en tratar de exponer, de vender, de compartir con otros artistas, curadores y gestores culturales en general. Pensaba que cuando saliera de Cuba por primera vez mi reacción natural sería no volver. Pero regresé y a la altura de hoy no sé por qué exactamente. El asunto es que viajé tres veces y retorné antes de decidir la salida definitiva junto a mi familia. En todo ese tiempo viví de cerca y fui parte de campañas de solidaridad, de acciones de protesta y de activismo político. 

A la par de los embates de la pandemia de COVID-19, del confinamiento y de la pésima y abusiva gestión económica del Gobierno cubano, mi posición en los radares y esquemas de la Seguridad del Estado varió y, por tanto, la situación se hizo más peligrosa para mí. Comenzar una relación de pareja con la periodista Luz Escobar, que entonces trabajaba en el diario independiente 14ymedio, y asumir una postura mucho más frontal y crítica hacia el castrismo, dentro y fuera de las redes sociales, cambiaron mi vida en muchos sentidos: la policía política se encargó de difamarme entre familiares y vecinos como traficante de drogas; algunas personas cercanas dejaron de comunicarse conmigo de la noche a la mañana; no pude mostrar mis obras nuevamente en otro espacio que no fuera la sala de mi casa; recibí golpizas de agentes de la Seguridad del Estado y fui sometido a interrogatorios. 

Finalmente, convine con mi esposa y sus hijas abandonar Cuba, por dos razones fundamentales. Una fue que empecé a sentir cada vez más en peligro mi salud mental; la otra fue que empecé a sentir las movidas estratégicas de los cómplices del castrismo (me refiero a empresarios, artistas, funcionarios, académicos bien insertados en universidades extranjeras) tan peligrosas como las de la policía política. Sentí que en Cuba se redujo al mínimo para mí la posibilidad de mantener la cordura, la honestidad y la utilidad.

En los últimos cinco años he podido ser parte o estar cerca de procesos fundamentalmente al interior del mundo del arte cubano, que son considerados “parteaguas” por muchas personas que terminaron posicionándose en la vida política del país, pero sobre todo tomando la decisión de emigrar/exiliarse. Para mí esos parteaguas comienzan con los sucesos relativos al Decreto 349, fundamentalmente el surgimiento del Movimiento San Isidro (MSI). Luego están el acuartelamiento de activistas y artistas en la propia sede del MSI, la protesta del 27N, la represión del 27ENE (incluido el manotazo del ministro de Cultura, Alpidio Alonso), y finalmente las manifestaciones antigubernamentales del 11J. A lo largo de estos años he visto a muchos amigos y colegas emigrar con la intención de establecerse fuera de Cuba. Los motivos han sido a veces las presiones y represiones de la Seguridad del Estado, pero otras veces se ha tratado simplemente de una intuición que hace a las personas decirse a sí mismas “me voy antes de que esto empeore”.

Conozco a algunas de estas personas, sobre todo a artistas visuales. Algunos han podido vivir de su trabajo creativo y otros no, o al menos no a tiempo completo; pero todos sobreviven con la mayor dignidad posible: han aprendido a insertarse en nuevas sociedades, han creado nuevos hábitos y aun así han mantenido a los que se sacaron de Cuba consigo. Todas estas personas tienen testimonios y conocimientos muy valiosos para la Historia y Cultura de nuestro país. Llevan mucho tiempo (unos más y otros menos) procesando a Cuba desde la distancia. Son personas sensibles con mucho que decir, y con experiencias y anhelos diferentes entre sí. Pretendo entrevistar a todas las que pueda: hacer una modesta contribución a la memoria colectiva nacional. Ojalá sea cierto que merece la pena el esfuerzo. 

(La Habana, 1984) Artista visual y diseñador gráfico. Su obra abarca el trabajo con casetes VHS, disquetes, memorias, olvidos, basura y juegos tipográficos incendiarios. El Cranbrook Art Museum de Detroit tiene dos piezas suyas en su colección. Ha publicado textos y hecho entrevistas para Hypermedia Magazine, El Estornudo y YucaByte, donde también realiza ilustraciones.
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