Esteban Rodríguez: es importante conectar con cubanos de a pie

Ilustración: Alejandro Cañer

Hace cerca de un año, Esteban Rodríguez estaba preso en el Combinado del Este de La Habana por motivos políticos. El 30 de abril de 2021, él fue uno de los protestantes que intentaron llegar a la casa del artivista Luis Manuel Otero Alcántara, cercado por la Seguridad del Estado luego de iniciar una huelga de hambre en protesta por el decomiso de varias de sus obras. 

En enero de este año, tras ocho meses de prisión en los cuales Amnistía Internacional lo reconoció como prisionero de conciencia, Rodríguez fue desterrado arbitrariamente a Nicaragua junto al también periodista independiente Héctor Luis Cocho. A partir de ese momento, comenzó para él un largo trayecto que incluyó quedar varado en El Salvador, emprender camino hasta México —donde fue detenido— y, finalmente, cruzar la frontera con Estados Unidos, donde vive desde marzo. 

A día de hoy, Rodríguez es una de las voces jóvenes más visibles del exilio cubano. En mayo, asumió como presidente en funciones del Partido del Pueblo, a esperas de que José Daniel Ferrer, coordinador nacional de la Unión Patriótica de Cuba (Unpacu), sea liberado y asuma formalmente el puesto. También es presentador de Cuba Primero, un programa online de televisión sobre la realidad de la isla y su diáspora. 

Todos estos giros que ha dado la vida de Rodríguez en los últimos años tienen su raíz en el activismo digital, al cual fue llegando de a poco a finales de la década pasada, casi sin proponérselo. Desde entonces, Internet le ha permitido convertir su voz en un arma de denuncia social y política, algo por lo que, en cambio, ha tenido que pagar el precio de la represión, el destierro y la distancia de los suyos.

Aunque ya antes había hecho algunas directas a través de Facebook, Rodríguez empezó a ganar notoriedad a inicios de 2020, cuando se unió al medio independiente ADN Cuba y creó “El barrio habla”, un programa audiovisual enfocado en andar las calles de La Habana, teléfono en mano, para mostrar “esa realidad que el periodismo oficialista no mostraba”. 

«Yo no sabía nada de periodismo», dice. «Simplemente hacía un periodismo de barrio: indagar, investigar sobre los problemas reales que le suceden al cubano de a pie. Por supuesto, eso me trajo grandes problemas, porque ya vino la represión más aguda por parte de la dictadura y el aparato represivo». 

Un par de años antes, Rodríguez ya había sufrido el decomiso de varios equipos y una medida disciplinaria por denunciar, «muy a la ligera», la falta de libertad de los jóvenes cubanos en un programa estadounidense. Pero la represión que empezó a sufrir tras unirse a ADN Cuba fue mucho mayor, sobre todo después de participar en el acuartelamiento del Movimiento San Isidro (MSI) por la libertad del rapero Denis Solís. 

«Cada vez que se acercaba una fecha, una convocatoria, algo, los teléfonos de los periodistas independientes dejaban de funcionar», recuerda. «Etecsa, en complicidad con el régimen, cortaba automáticamente las líneas. Uno iba a las oficinas de la compañía a hacer la reclamación y nos decían que no podían darnos respuesta sobre el asunto».

«En [el acuartelamiento del Movimiento] San Isidro fueron más de treinta líneas cortadas, sin temor a equivocarme», añade. «Líneas que tú ponías en el teléfono y duraban dos o tres horas nada más». 

En lo adelante, Rodríguez tuvo que lidiar no solo con los cortes de internet, sino también con las amenazas legales y las arbitrariedades políticas del régimen. En abril de 2020, apenas iniciada la pandemia de covid-19 en Cuba, criticó en sus redes sociales a la cantante Haila María Mompié por querer desarrollar un concierto online sin tomar en consideración lo caro que resulta el servicio de Internet en el país. Como resultado, Rodríguez se convirtió en una de las al menos 58 personas que han sido multadas por el Decreto-Ley 370, según el proyecto Inventario

Este decreto, que entró en vigor en 2019, es una de las herramientas legales que el régimen ha creado en los últimos años para, entre otras cosas, castigar el disenso en Internet en nombre del “interés social, la moral, las buenas costumbres y la integridad de las personas”. 

En otra ocasión, un supuesto sacerdote de la Asociación Yoruba de Cuba lo amenazó en redes sociales con apuñalarlo por «hablar mal de la Revolución». Tras llevarlo a los tribunales, Rodríguez asegura que la jueza apenas dio importancia al tema. «El hombre dijo que lo hizo porque yo era un contrarrevolucionario, porque no le gustaba que estuviera hablando mal de la Revolución, y la jueza decidió ponerle una multa nada más. Parecía que el acusado era yo».

Rodríguez no pudo ver ni participar de primera mano en las protestas del 11 de julio de 2021 (11J). No obstante, no le cabe la menor duda de que Internet ha sido un factor clave tanto en su detonación como en el posterior incremento de la movilización política dentro y fuera de la isla.

«Primero, hay que tener claro de que ese día teníamos un himno de lucha, Patria y vida, que se difundió en Cuba por las redes sociales», dice. También llama la atención sobre la creciente identificación de los cubanos con el MSI, la Unpacu y otros grupos opositores, algo que se ha logrado, justamente, gracias a las facilidades informativas de Internet, los medios independientes y las redes sociales.

«Por eso yo digo que Internet es fundamental. Una de las cosas que se lograron el 30 de abril y el 11J fue documentar lo que estaba pasando a través de internet, porque si te guías por ellos (el régimen), nunca vas a saber». 

Rodríguez también celebra que los artistas e intelectuales utilicen su influencia y los medios a su alcance para denunciar los abusos del régimen, algo que ha ganado fuerza desde el 11J. 

Ahora desde Estados Unidos, sigue trabajando a favor de la libertad de los más de mil presos políticos de la isla y el derrocamiento del régimen, algo para lo que, dice, es necesario «conectar con el pueblo de a pie». Por eso, sostiene que es indispensable «trabajar para lograr que ese pueblo obtenga Internet y que el régimen no tenga la capacidad de cortar el flujo de información». 

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