Dagoberto Valdés y el Papa Juan Pablo II

Iglesia, Estado y libertad en Cuba: una entrevista con Dagoberto Valdés

Dagoberto Valdés y el Papa Juan Pablo II. Foto: Cortesía del entrevistado

Dagoberto Valdés Hernández, de 65 años, es ingeniero agrónomo de profesión, sin embargo, su vocación ha sido la de líder católico y educador cívico. Esto último, bajo un régimen que durante décadas mantuvo una fuerte hostilidad hacia las libertades religiosas, y que aún hoy  se niega a respetarlas, le convirtió en paria a los ojos del Gobierno. Dagoberto, un laico sumamente comprometido con la misión de la Iglesia católica en Cuba, ha sido un actor importante en los vínculos entre la Iglesia y la sociedad civil cubana. Por esto, entre otras labores, recibió importantes reconocimientos: Premio Príncipe de Claus para la Cultura y el Desarrollo, Premio “Jan Karski” al Valor y la Compasión, Premio a la Perseverancia “Nuestra Voz”, Premio Medalla de Bronce que otorga el Ministro de Justicia de la República de Polonia. Además, cuenta con varios libros publicados, como Félix Varela: Biografía del Padre de la Cultura Cubana y Cuba: hora de levantar cabeza, y ha sido corresponsal de revistas internacionales y fundador de otras publicaciones como Vitral, Convivencia, y Presencia Diocesana

Con él conversa hoy YucaByte:

 En un editorial de Convivencia que hablaba sobre la situación económica, política y social que enfrentaba Cuba a inicios de 2021, se puede leer: “La represión aumenta, se viola el ya reducido marco jurídico creado por los responsables de que no se viole. La indefensión jurídica del discrepante es desenfadada y creciente. Este camino termina mal en el presente, y sienta el peor precedente para un mañana de justicia y reconciliación nacional.” A medida que aumente la represión esa reconciliación nacional se hace cada vez más urgente y más compleja. En el contexto de una futura reconciliación nacional: ¿cuál sería o debiera ser el papel de la Iglesia? 

-La misión de la Iglesia, y cuando me refiero a ella soy consciente de que es toda ella: laicos, monjas, frailes, sacerdotes y obispos, por tanto todos ellos tenemos la vocación y la misión de ser, siempre, puente de unión, sembradora de paz, buscadora de la justicia y servidora de la reconciliación. También en el caso de Cuba. La Iglesia puede aportar, en primer lugar, el cultivo de la espiritualidad, de una mística de la reconciliación que debe preparar a todos los cubanos, creyentes o no, para recorrer con alma limpia y fuerte ese difícil y largo proceso de reconciliación que debe pasar, por lo menos, por cuatro etapas, no necesariamente sucesivas ni excluyentes: recuperación de la memoria histórica en la verdad, procesos de justicia transicional e integral con la debida reparación espiritual, moral, jurídica y material de las víctimas; el perdón, la misericordia y la abolición de la pena de muerte de forma absoluta y para siempre y, por fin, transitando esos procesos y nunca sin ellos, acompañarlos en la reconciliación que, en mi entender es al mismo tiempo: espíritu, voluntad, actitud y actos y gestos concretos reconciliadores. 

Además de cultivar esta mística del camino de reconciliación, la Iglesia, es decir todos los discípulos de Cristo, tenemos la vocación de enseñar, aún más, de educar. La formación integral incluye una sólida y profunda educación ética y cívica que prepare el ciudadano para la libertad, la responsabilidad, la nobleza de alma, la altura de ideales, la transmisión de los valores y el cultivo de la virtud. El Padre de la Cultura cubana, el sacerdote Félix Varela puso esta piedra angular en los fundamentos de la nación: “No hay patria sin virtud, ni virtud con impiedad”. Y ya sabemos que no hay reconciliación sin virtud probada. Cuesta mucho “la memoria sin amnesia” (Adam Michnik), cuesta más la justicia con misericordia, y aún más, el perdón y la reconciliación. En mi propia vida he experimentado cuánto me ha aportado la mística y la formación de la Iglesia para aprender, aceptar, asumir y practicar este camino de reconciliación. Sería empobrecedor para Cuba no ser fieles a aquella herencia vareliana y martiana. Solo con virtud y amor, será posible la reconciliación. La Iglesia sabe de esto, es su esencia. A pesar de sus errores de todos los tiempos, la Iglesia es experta en humanidad. 

La Carta Pastoral El amor todo lo espera, de 1993, dice: “Los problemas del hambre, la guerra, el desempleo, son grandes en el mundo, pero la falta de amor fraterno, y más aún el egoísmo y el odio, son más graves y, en el fondo, la causa de los demás problemas. Porque el hombre necesita del pan para vivir, pero «no sólo de pan vive el hombre»  ¿Además de una crisis económica y política, cree que haya alguna suerte de crisis espiritual en Cuba? Si es así ¿cómo se manifiesta ésta? 

-Comencemos por decir que la persona humana no está compuesta por departamentos estancos: somos una unidad psicosomática, un espíritu encarnado en un cuerpo y ambos forman nuestra esencia y naturaleza. Nada que vaya contra la naturaleza humana – alma y cuerpo-, nada que lesione su esencia, sea material o espiritual, es ético ni lícito. Con esta visión integral e indisoluble de la persona humana es que podemos abordar esta pregunta sin reduccionismos ni maniqueísmos entre lo económico y lo político, entre lo cívico y lo humano, entre lo material y lo trascendente. Convertir al ciudadano en una tienda por departamentos es uno de los errores más frecuentes en Cuba y otras partes del mundo. No se pueden satisfacer las necesidades económicas sin que esto impacte en la forma de vivir, relacionarse, amar y creer. Tampoco se puede cultivar holísticamente a la persona humana en su espiritualidad con el estómago vacío. No se pueden separar la crisis económica y política de la crisis espiritual en ningún lugar donde se aspire a un desarrollo humano integral e integrado.

Dicho esto, podemos decir que dentro de la existencia crítica que vivimos los cubanos desde hace décadas, hay componentes económicos y políticos y hay componentes de crisis humana, de deterioro de la persona, de una cierta “cochambre existencial”. Esa crisis se manifiesta de muchas maneras pero en la raíz de todos esos comportamientos anómalos está un  fenómeno que he estudiado para mi tesis de Maestría y al que le he llamado “daño antropológico”. Que en pocas palabras pudiera definirse como: “El daño antropológico en Cuba a causa del totalitarismo es el debilitamiento, la lesión o el quebranto, (no la eliminación), de lo esencial de la persona humana, de su estructura interna, de sus dimensiones (ética, social y espiritual) y de sus facultades (cognitiva, emocional, volitiva), todas o en parte, según sea el grado del trastorno causado. El mismo ha surgido y se ha instaurado como consecuencia de vivir largos años bajo un régimen en el que el Estado, y más en concreto, un Partido único, pretende encarnar al pueblo, orientar unívocamente toda institucionalidad, interpretar el sentido de la historia y mantener el control total sobre la sociedad y el ciudadano. De esta forma subvierte la vida en la verdad, menoscaba su libertad, y vulnera los derechos y deberes cívicos, políticos, económicos, culturales y religiosos de las personas, lo que hiere profundamente su dignidad intrínseca, aunque no puede anularla, al mismo tiempo que provoca una adaptación pasiva del ciudadano al medio y una anomia social persistente.”  

Hay cierto tabú sobre la participación de la Iglesia en cuestiones políticas, quizás amparadas en  Mateo 22: 15-21 y aquella frase de Jesús que dice: “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. ¿Cuál es la relación entre la Iglesia y la política o cuál debería ser? 

-La Biblia no es un recetario, ni se puede leer sin una exégesis y una hermenéutica adecuadas. Este tan mencionado versículo bíblico se refiere más a la relación de las personas con Dios que a la relación entre la Iglesia y la política aunque ambas cosas están y deben estar indisolublemente relacionadas y condicionadas. La enseñanza más importante de esta frase de Jesús es que el César no es Dios. Es la desmitificación del poder humano, sea cual fuere. La reacción no se hizo esperar porque el poder romano, ocupante de la tierra de Jesús, consideraba en Roma y hacía considerar a las naciones que colonizaba que el emperador, el César, era Dios. Y por tanto, se le debía obediencia total e incluso culto divino. Jesús pone las cosas en su lugar y al diferenciar invita a tributar la adoración al verdadero Dios y a pagar los tributos al poder político sin atribuirle más que lo que es: un servicio público para garantizar el bien común. 

En este sentido, la Iglesia, que no es una institución política, se relaciona con ella cuando ambas se encuentran en el camino del servicio a la persona humana. En “ese culto a la dignidad plena del hombre”, el que Martí quería que fuera la ley suprema de la República, la política debe servir a los ciudadanos facilitando un marco legal que respete todos los derechos y cree las condiciones materiales y espirituales que permitan el desarrollo humano integral. Por su parte, la Iglesia, como decíamos en la respuesta a la primera pregunta, también sirve, pero de modo diferente, a la persona humana, a su promoción integral, a su cultivo, a su empoderamiento material y espiritual aportando lo que le es propio. Ambas, la política y la Iglesia tienen o deberían tener, un mismo destinatario: el ser humano. Los diferentes roles de cada una de ellas se encuentra e interrelacionan en ese sujeto, centro y fin de sus diversas misiones: la persona humana.

Por ello es importante “distinguir para unir” y no mixtificar. Pero no se trata de una separación dicotómica y excluyente, como si fueran la política solo para lo material, digámoslo a la vieja usanza, para el cuerpo; y la Iglesia solo para lo espiritual, para el alma. Eso es un error, no solo teológico sino también político.

El Concilio Ecuménico Vaticano II (1963-1965) declaró oficialmente en una de sus Constituciones que “Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón.” (Constitución Pastoral “Gaudium et Spes” sobre la Iglesia en el mundo actual. Proemio. No. 1)

Por eso, no es correcto, ni la Iglesia acepta, ser reducida por el poder político, por las culturas hegemónicas, por ideologías convertidas en religiones seculares y, ni siquiera, por sus propios pastores y fieles, a un fenómeno privado, intimista sin ningún impacto social, ni en alienante pietismo espiritualista alejado del mundo, de su historia y de su desarrollo. ¿Cómo entonces discernir en cada momento qué debe hacer o cuándo no debe intervenir la Iglesia?

Una respuesta simple podría ser: todo lo que promociona, desarrolla, inmanente y trascendentemente a la persona humana y a la entera sociedad civil, requiere la participación de la Iglesia. Por el contrario, la Iglesia debe evitar en sí misma y ayudar transformar, mediante una “conversión antropológica”, en profundidad, culturas, ambientes, sectores de la sociedad, y en ellos, todo lo que lesiona, rebaja, reprime, viola o destruye a la persona, su dignidad, su libertad y responsabilidad, sus derechos y sus deberes cívicos, políticos, económicos, sociales y culturales, todo lo que reduzca cualquiera de las dimensiones y facultades del ser humano.

Ahora bien, para cumplir esa misión de crecimiento y desarrollo humano integral, es  decir, “realizar en toda su plenitud el verdadero desarrollo, que es el paso, para cada uno y para todos, de condiciones de vida menos humanas a condiciones más humanas. (Papa San Pablo VI, 1967. Encíclica “Populorum progressio” sobre la necesidad de promover el desarrollo de los pueblos. No. 20) los diferentes miembros de la Iglesia tienen diversas vocaciones y misiones y por ello no se compromete ni se contradice su misión humanista y humanizadora.

Así los pastores de la Iglesia (Papa, Obispos y sacerdotes) tienen la misión de enseñar a todo el pueblo, inspirados en el Evangelio y en la Doctrina Social de la Iglesia que deriva del mensaje de Jesús. En el ejercicio de esa enseñanza no hay tema humano, político, social, cultural, económico o legal, que esté fuera de ese servicio educativo, para formar las conciencias y facilitar los instrumentos para hacer un discernimiento ético y cívico en cada situación específica. La distinción está en que les concierne todo lo político en el sentido amplio del bien de la polis, pero los pastores no deben hacer política partidista, para poder acoger a todos y para poder mediar en la solución pacífica de los conflictos.

Sin embargo, los laicos tienen la vocación y misión de ser “hombres y mujeres de Iglesia en el corazón del mundo y hombres y mujeres del mundo en el corazón de la Iglesia”. Por esa vocación, los laicos, desde su fe e impulsados por ella, están llamados a hacer y participar en política partidista, fundando, militando o simpatizando con diferentes opciones y formaciones de diversas ideologías, respetando el natural y necesario pluralismo político. Pero no solo participan en partidos, pueden también participar en los diferentes grupos de la sociedad civil, en el servicio de pensar, proponer y educar, en el servicio de los medios de comunicación, la cultura, la ecología, etc. En este camino los laicos deben ser acompañados por sus pastores, mediante la cercanía y solicitud pastoral, la formación, los servicios religiosos durante toda su vida y especialmente en los momentos más difíciles para el laico y su familia.  

En el último año se ha visto desde la figura de varios sacerdotes un posicionamiento político y una conexión con la realidad cubana que la gente percibe como algo novedoso y admirable. En verdad, podría decirse que esa conexión con la realidad se manifiesta desde hace más tiempo, y eso es algo que puede leerse en las cartas pastorales. Sin embargo ¿Por qué cree que ahora son más visibles estas cuestiones que le menciono? Y ¿este fenómeno relacionado con los sacerdotes que, sin hacer uso de eufemismos, se posicionan políticamente y denuncian los problemas más urgentes que vive la Cuba de hoy, a qué se debe?

-Creo que la respuesta anterior ya explica algo de esta pregunta. Solo quisiera aportar un poco de esclarecimiento en lo que en la pregunta se menciona como “posicionamiento político” y “hacer uso de eufemismos”. La Iglesia fundada por Jesucristo no es neutral. El cristianismo no es neutral. Jesús estuvo concretamente posicionado del lado de la verdad, de la bondad y de la belleza. Jesús fundó una religión que está del lado de la “libertad de los hijos de Dios” que somos todos, del lado de la justicia, del lado de la dignidad de todos los seres humanos, del lado de la paz, del lado de los pobres y más necesitados y vulnerables, no solo de los material sino de todas las dimensiones de la indivisible e inviolable naturaleza humana. Jesús no fue neutral, ni buscó quedar bien con todos, ni buscó una imposible equidistancia entre el bien y el mal que son, siempre y en todo lugar, asimétricos. No se pueden igualar las víctimas y los victimarios. Hay que tratar de “salvar” para la reconciliación a ambos, pero eso no incluye perder la memoria, la justicia, ni el perdón. La equidistancia es oportunista y es una manifestación de un grave relativismo moral.

Sí, ahora se hace más visible ese posicionamiento que no es partidista ni ideológico sino que es humano, que en verdad ilumina lo político en el sentido amplio pero que no es partidista, ni ideológico, es cristiano. Y creo que ese servicio viene en nuestra historia desde Fray Bartolomé de las Casas, que era religioso y fue obispo y a nadie se le ocurriría condenarlo porque “se metió en política”. Viene desde el Obispo Espada que fue patrocinador de muchas obras sociales y prohijó el Padre de nuestra cultura y el sacerdote más “político” que ha tenido la historia de Cuba: el Padre Félix Varela, presbítero, filósofo, maestro, diputado, periodista, nada humano le fue ajeno… y a nadie se le ocurriría condenar a este sacerdote porque “se metió política”, al contrario en el periódico Patria, Martí lo llamó “patriota entero” y publicó que le llamaban “el santo cubano”. Y así, podríamos repasar los curas que acompañaron y fueron mensajeros de los mambises, al Obispo Pérez Serantes que intercedió por los armados atacantes al cuartel Moncada, y a su sucesor: Monseñor Pedro Meurice, quien presentó al pueblo cubano ante el Papa San Juan Pablo II con palabras que trataron todo lo humano y lo divino…

No son los tiempos de Las  Casas ni de Varela, a cada tiempo le corresponde discernir cuál debe el servicio de los pastores, entonces, ¿por qué en nuestros días causa tanta preocupación o incluso rechazo, que algunos pastores obispos, sacerdotes, monjas o frailes, y laicos comprometidos, orienten, eduquen, publiquen o prediquen sobre temas sociales, económicos, políticos o legales? Todo eso y mucho más lo ha desempañado la Iglesia, pastores y laicos, desde hace siglos en Cuba y el mundo. Creo que lo que sucede hoy repercute más, por lo menos por dos razones: una, porque se ha agudizado tanto la crisis y las violaciones que se hace necesario  levantar la voz, acompañar a los reprimidos, dar asistencia a los presos y detenidos y, en segundo lugar, porque hoy más que nunca se ha cerrado el modelo sociopolítico sobre sí mismo, se ha hecho más intolerante, más reactivo por esa misma agudización de la crisis. 

Visto lo anterior ¿cómo catalogaría las relaciones entre el Estado cubano y la Iglesia en estos momentos?

-Las relaciones entre la Iglesia Católica y el Estado cubano son formales. Es decir, han existido relaciones diplomáticas ininterrumpidamente entre la Santa Sede y Cuba. Cuba ha recibido la visita pastoral de los tres últimos Papas: San Juan Pablo II en 1998, Benedicto XVI en 2012 y Francisco en 2015. Existen canales de comunicación entre la Iglesia y el Estado. Queda todavía mucho camino por recorrer, sobre todo en cuanto a la comprensión cabal de que significa e incluye la libertad religiosa. En mi opinión, lo primero sería la comprensión mutua de lo que significa la libertad religiosa que no es solo ni mucho menos, libertad de culto. No se trata de una “libertad de permisos”, se trata del derecho a vivir y expresar lo que creemos de manera personal, familiar y pública, sin más restricciones que los derechos de los demás.

El Estado no puede ni debe ser árbitro de la Iglesia. Al Estado le corresponde reconocer, garantizar y crear un marco legal y cultural que no restrinja, condicione, persiga o castigue aquellas ideas, actitudes, opciones y conductas que emanan de la fe y la religión de cada uno de sus ciudadanos, no solo dentro de los templos, sino en todos los ámbitos de la vida social, cultural, económica y política. Los laicos debemos estar presentes, participar y transformar estos ámbitos sin complejo, sin discriminación y sin ser castigados por ese comportamiento. Como se puede comprobar, hay mucho camino por recorrer, otros por enderezar y muchos por alcanzar para que en Cuba haya una verdadera libertad religiosa, considero que el alcance de este objetivo es la piedra angular de las verdaderas relaciones entre la Iglesia y el Estado. Son directamente proporcionales.

Dagoberto, en 2016 usted recibió una citación de la Seguridad del Estado, una “advertencia oficial”. ¿Cómo fue ese encuentro? ¿Con qué frecuencia ha tenido este tipo de encuentros y cuáles han sido los más recientes? 

-A lo largo de toda mi vida, desde que era prácticamente un niño, he sentido la discriminación, las presiones, las amenazas e incluso los castigos por causa de mi fe y mi compromiso como laico católico. Este no es el sitio para hacer un elenco de todas ellas, por demás tarea imposible cuando se ha vivido más de seis décadas. Solamente quiero poner algunos ejemplos: No pude estudiar sociología porque “tenía creencias religiosas” y solo podía estudiar “carreras técnicas”. No pude quedarme dando clases en la Universidad a pesar de que mi “Boleta de Ubicación Laboral” decía: MES (Ministerio de Educación Superior). A causa de la revista sociocultural católica “Vitral” y el Centro de Formación Cívica y Religiosa (CFCR) de la diócesis de Pinar del Río que dirigí de 1993 a 2007, cumplí diez años y un mes (1996-2006) en una brigada de recolección de yaguas en un tractor y con una carreta recorriendo los campos del municipio, siendo un ingeniero de 16 años de servicio en la Empresa Tabacalera de Pinar del Río, hasta que “Vitral” fue intervenida y el CFCR extinguido. 

Después de que fundé con el equipo salido de Vitral una nueva revista y un Centro de Estudios llamados Convivencia (centroconvivencia.org) el Estado nos intervino, sucesivamente, dos locales que fueron nuestras sedes, una terraza en un patio interior y una casa comprada legalmente. Un  oficial de la Seguridad del Estado me había dicho: “A partir de ahora su vida va a ser más difícil”. 

Sin embargo, doy testimonio de que estos, y todos los demás hostigamientos por poner en práctica mi fe y las Enseñanzas Sociales de la Iglesia, han fortalecido mi alma, confirmado mi fe y curtido mi voluntad de seguir sirviendo a Cuba, a Cristo, y a la Iglesia, mis tres amores, que junto a mi familia, se mantienen entrañablemente unidos por la razón y el corazón.

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