Juan Carlos Tabío y el gesto eterno

Ilustración: Alejo Cañer

Me invitan a una ceremonia religiosa cubana en las afueras de Madrid. Es una oportunidad para reconectar con ciertas cosas y respirar un aire distinto. Entre las invitadas y los tambores hay una famosa cineasta de la Isla. Me siento a hablar con ella y le pregunto con qué director de cine cubano se sentía más a gusto en el set. La señora enseguida me dijo que con Tabío y mencionó su apellido con una mezcla de nostalgia y orgullo. 

Ella no conocía la amistad que me unía a él, lo cercano que lo sentía y lo siento.

La música del fondo no nos impide recordar lo fácil que se trabajaba con Juan Carlos. En el set, tenía la capacidad de concentrarse con 12 actores a la vez, como en Lista de espera y, al mismo tiempo ser amable, emanar tranquilidad y alegría. Los rodajes con Tabío eran alegres y el equipo siempre estaba dándolo todo. El equipo se sentía querido, considerado y disfrutaba el proceso.

Crear esa dinámica de bienestar en el cine no es nada fácil, y mucho menos en el cine cubano, donde nada más con pisar un set se respiran tensiones. Con Juan Carlos Tabío uno podía estar filmando por meses y querer más. Se aprendía de cine y se aprendía de lo que es ser un buen ser humano. Sabía estar en el aquí y en el ahora.

Desde que tengo uso de razón he tenido a Juan Carlos al lado y, por eso, me cuesta escribir de él y tratar de hablar solo de cine. Va a ser difícil.

En el último rodaje que estuve con él, pude ver una tarde ―mientras regresábamos a casa, en el transporte― cómo el cansancio y la tensión le iban a ganar. Juan Carlos se dejó caer en el asiento y una especie de desmayo-sueño lo venció. Ya no era un hombre joven y la capacidad de llevar todo un buque inmenso a buen puerto le quitaba mucha energía.

Le miré la nuca y pensé que al otro día iba a tener que hacer el mismo esfuerzo porque faltaban varios días de rodaje. En ese instante me acordé de aquella frase de no me acuerdo qué cineasta que decía que para ser director lo más importante era tener salud.

En ese pequeño momento íntimo y de debilidad pensé en el resto del equipo de la película, que sin tener que llevar en los hombros tanto peso, iba y venía bromeando, jodiendo, trayendo problemas, a veces soluciones; pero que en el cuadro general se me antojaba como pequeños vampiritos que iban mordiendo a Juan Carlos y dejándolo sin fuerzas.

En cada mordidita, a pesar del bajón, Juan Carlos se entregaba y respondía con la mejor de las formas y una sonrisa en la cara. Quizá hacer una película sea eso, dejar un pedazo de uno para que a lo mejor luego nadie lo valoré o lo vea.

No hay un director de cine cubano más completo. Se permuta es una comedia clásica maravillosa; Plaff o demasiado miedo a la vida jugó con todos nosotros como nadie de ahora se atreve a hacerlo; El elefante y la bicicleta nos habló de Cuba de una forma que aún muchos ni entienden; Fresa y Chocolate es para algunos la mejor película cubana y lo nominó al Óscar. Guantanamera, Lista de espera, Aunque estés lejos, El cuerno de la abundancia y una serie de cortos y documentales fundamentales desentrañaron qué cosa era ser cubano, qué significaba. 

Jugaba con la cuarta pared y siempre estaba preocupado por el futuro del individuo y de la nación; y todo esto sin dejar de ser entretenido. Era un gran director de actores y un mejor director de actrices, nada más hay que recordar a Rosita Fornés en Se permuta, a Daisy Granados en Plaff o a Mirta Ibarra en Guantanamera o Fresa y Chocolate. Era un gran escritor y lo que más disfrutaba era el trabajo de guion, así como que casi nadie sabe que era un gran asesor, cuidador y padrino de los proyectos de otros. 

Sin embargo, hay una sensación que no logro quitarme ―ojalá sea solo cosa mía―, y es que, al parecer, desde cierta crítica, algunos académicos o colegas creadores no lo valoraban suficiente. Como si por el hecho de hacer comedias, Juan Carlos no fuera un director serio, a tomar en cuenta o cuyo proceso de creación y de puesta en escena habría que valorar. Cuando justamente todos sabemos que es lo contrario y no hay nada más difícil en el mundo que escribir o dirigir comedias. Es más difícil hacer reír que hacer llorar. 

En un país tan lleno de malas comedias, burlonas y ofensivas para sus personajes, no se me ocurre otro director con la capacidad de hermanar, tirar puentes hacia lo desconocido y tratar con respeto y amor a los personajes dibujados.

Con Juan Carlos tengo también la jodida sensación de que en la industria del cine, y más específicamente del cine cubano, ser buena persona es un defecto. Aun en el proceso creativo de El elefante y la bicicleta, Juan Carlos dejó su propia obra para echarle una mano ―no, las dos manos, la cabeza y el cuerpo entero― al proyecto de su mentor, que estaba enfermo.

Juan Carlos se entregó a Fresa y Chocolate, la hizo suya y ese gesto de buen amigo y gran profesional, le trajo también una cantidad de envidias y suspicacias que podían afectar la piel de hasta un rinoceronte. 

Todavía hoy en carteles, sesiones, festivales, conversaciones, cuando se habla de Fresa y Chocolate, un montón de gente lo olvida como si nada.

Juan Carlos vivió toda su vida en Cuba, murió en Cuba. Era fácil verlo caminar por 21 y G paseando a su perrita por la tarde. Tenía las puertas de su casa abiertas y aun así había una sensación hacia él de otredad y marginalidad. 

El olvido era tal que, estando vivo y a pocas cuadras del ICRT, la televisión nacional lo mató un par de veces. En programas de cine decían, como si nada, “el fallecido director Juan Carlos Tabío”, cuando el tipo estaba vivo viendo la televisión. 

Mucha gente que lo criticó y se lo trató de sacar del medio ve y disfruta sus películas como si fuera un pecado o un secreto. A escondidas se echan Se permuta como si se estuvieran saltando la dieta. No es cool hablar de Tabío cuando hay un Reygadas. Esto me aburre tanto, esa manera de pensar… En fin.

Juan Carlos me dijo varias veces: “No hagas cine, es un oficio jodido”. También me dijo: “Lo que importa es la obra. Siempre. Lo demás es ruido”.

La velocidad con que se bajaba del auto al llegar temprano al set de rodaje, se colocaba y ponía los dedos como una cámara y le explicaba al equipo cómo iba la escena con todo en su mente… Los aplausos que daba cuando un plano le gustaba… El respeto hacia sus compañeros de trabajo… Era una escuela verlo trabajar.

Una tarde en una playa, en un ambiente familiar, llegamos en grupo a la arena y Juan Carlos venía con unas cervezas. Estábamos en el año 2000 y algo.  Al lado nuestro, había una pareja de cubanos disfrutando del sonido del mar sin nada más. Juan Carlos abrió un par de cervezas y se las llevó a los desconocidos. Su misión estética al ver ese cuadro, de una parejita romanceando, le decía en su interior: “Coño, esa gente se vería mejor con una cerveza en la mano”. Y ese gesto no solo nos alegró la tarde a nosotros y a la pareja; ese gesto valió más que mil discursos y mil teorías dichas en la televisión o en la escuela.

Lo mejor del cubano estuvo en ese gesto, en ese entregar sin esperar nada a cambio.

Sonidito de dos cervezas que se abren. Un buche frío. Amor. 

Carlos Lechuga (1983) Director de cine y escritor. Dirigió Vicenta B., Generación, Santa y Andrés y Melaza.Escribió En brazos de la mujer casada y Ballena Tropical, su primera novela que verá la luz este 2023.
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Un pensamiento en “Juan Carlos Tabío y el gesto eterno

  1. Gracias, Lechuga, por dedicar un tiempo a exaltar la grandeza de mi profesor, ese amigo a quien siempre admiré y admiro. Mucha verdad en todo lo que dices.
    Era única su manera de pensar el cine y grandiosa su forma de hacer cine dentro del cine.

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