Uber Eats: Le di la vuelta al condado por menos de 20 dólares 

Ilustración: Alejandro Cañer

 

Los tres primeros viajes parecen eternos; mientras, la billetera sigue sabiendo a vacío. Pasar el umbral de los 20 dólares se vuelve una tarea titánica. 

De pronto te puedes frustrar porque le has dado la vuelta al condado por menos de 20 dólares y no lo entiendes, no en Miami, donde llenar el tanque de gasolina, por ejemplo, de un Nissan Sentra de 2017 que marcha en modo ahorro y tiene hecho su cambio de aceite, cuesta unos 33 dólares (ocho galones, cada uno a más de 3,50, y con un rendimiento total de 26 millas por tanque).

El seguro de ese mismo carro que fue “reconstruido” después de que lo declararan pérdida total, cuesta 180 dólares mensuales. Ni hablar de los costos de mantenimiento. O de comer en cualquier restaurante: solo en taxes y propinas se va gran parte de la escasa ganancia.

Sin embargo, se supone que un chofer de Uber, a medida que va completando entregas y obteniendo buenas puntuaciones, pueda aumentar su escala de confianza y empezar a generar mayores ingresos al igual que beneficios. 

En solo cuatro días, tomándose el trabajo en serio, esta conductora socia novata pudo avanzar a la categoría oro, al acumular sus primeros 100 puntos en viajes, con tasa de aceptación de viajes media y de cancelación, mínima. 

De Miami Beach a Brickell, de Brickell a Key Biscayne, no de lo “sublime a lo ridículo”, pero sí un viaje cultural de lo asiático a lo árabe, de lo árabe a lo judío en un santiamén. Lo mismo un cake de chocolate de casi 100 dólares para entregar en una isla perdida en Biscayne, que una hamburguesa de Burger King o McDonalds en una escuela de Coconut Grove. 

Porque eso sí, ser conductora socia de Uber Eats te anima a hacer, en muchos casos, una especie de servicio comunitario. Porque, ¿a quién no le gusta que le lleven hasta su puerta ―y casi que hasta su boca―, su comida favorita en un día de descanso? ¿O cuánta satisfacción no da entregarle alimentos a una anciana que difícilmente pueda salir a buscarlos por su cuenta? Que den propina o no, en esos casos, se vuelve secundario porque casi siempre son estas las personas más agradecidas. 

La conformidad de los clientes se mantiene al 100%. He tratado de aceptar muchos viajes, realizar las entregas con mucha amabilidad y siguiendo todas las instrucciones, algunas fijas, otras que varían según el cliente y su humor. 

Si hay que subir 29 pisos y dejar el paquete en la puerta, lo he hecho; si hay que caminar todo un pasillo extenso y encontrarse con el cliente al final para entregarle el paquete en sus manos, también lo he hecho; cuando he debido ir al Downtown con posibilidades mínimas de parqueo, a riesgo de multas, puentes elevados, abundantes pasos peatonales, he ido. En días de calor vulgar, en días de lluvia. Con sol, con luna llena. He dicho “hola”, “buen día”, “por favor”, “gracias” aunque muchas veces no he obtenido la más mínima deferencia. 

Algunos clientes pueden ser absolutamente ríspidos, no contestar las “buenas noches” ni agradecer que le pongas la comida en la puerta, e incluso puede que en el piso 11 de un edificio pijo se lea en la puerta este cartel: “Deje los pedidos en la puerta y retírese, las propinas se dan a través de la aplicación”. Fulminante. 

Dejar el pedido en la puerta implica contacto mínimo, cero necesidad de verse las caras, más chance para evitar el rollo de las propinas. Aunque el cliente sepa que su casa tiene una cerca exterior con la alerta de “beware dog” y la repartidora novata intente llamar y esperar para no dejar el pedido afuera. Porque al tipo, pongamos, en La Pequeña Habana, no le importa en lo más mínimo todo lo que hayas tenido que transitar para llegar allí. 

Es así como sale, recoge su pedido de encima del buzón, te ve ahí y ni te saluda, ni “hola” ni “adiós”, y tú te montas de nuevo en el carro como un perro con la cola entre las patas y deseas, tal vez, no haberte metido nunca en este trabajo por el que han pasado muchos pero que muy pocos, en la capital del sol y del exilio y del sunpass, en la Sagüesera, en la Mickey Mouse Cuban Village, en la tierra del oro y los cocotes, emprendaos están dispuestos a contarlo. 

No obstante, un viaje que no genere propinas puede que sí genere puntos. ¿Y por qué son importantes los puntos? Porque son los que te permiten ascender de categoría. Esta conductora novata, cuando acumuló sus 100 primeros puntos y pasó al nivel oro, apenas había conseguido 16 dólares en propinas. Solo que, a diferencia de la propina, los puntos dan la posibilidad de acceder a estos beneficios que promete Uber: desde cobertura de matrículas en escuelas y facilidades para aprender idiomas; promociones y descuentos en gasolineras; asistencia vial sin costo 24 horas; mejores precios para autos nuevos o usados; descuentos en planes de salud dental y visión y hasta una tarjeta Uber Pro.

“Con nuestra nueva tarjeta de débito y cuenta corriente, podrás maximizar tus ganancias. Cuanto más alto sea tu nivel de Uber Pro, más cashback podrás obtener. Para ahorrar aún más, busca gasolineras con ofertas adicionales en el mapa de la app de la tarjeta Uber Pro. También puedes agregar tu tarjeta Uber Pro a una cuenta Upside”.

Otra ventaja que tiene Uber es que paga cada cuatro días, según vayas acumulando se hace un corte. Eso sí, dinero rápido no significa dinero abundante. En cuatro días, esta conductora novata consiguió completar una treintena de viajes y cobrar 208 dólares. A eso debe descontar los 33 dólares que invirtió en llenar el tanque de gasolina. 

¿Da la cuenta? No. No de momento. No en Miami. No con un Nissan Sentra de 2017 reconstruido. No de noche en ese carro al que solo le funciona la luz larga y apenas resiste cargar la batería de un móvil. ¿Por qué seguir haciéndolo? Porque parar, en esta vida, no es una opción. 

La única opción es seguir “dándole piernas al sueño americano”, agarrar el timón y continuar el rumbo por la carretera aunque todo parezca frenarte, ir en tu contra.

De cómo el Nissan Sentra 2017 reconstruido se pagó a sí mismo el seguro y el título 

Hace un año, poco más, poco menos, estaba la Uber Driver novata, que aún no era tal cosa, es decir, aún no hacía Uber pero era todavía más novata, recibiendo las llaves de su primer carro, aunque entonces todavía no podía llamarlo suyo porque para eso tocaba esperar, con suerte, un año de cuotas mensuales. 

A menos de la mitad del camino tuvo, también, su primer choque, y desearía que el único. Por tanto, tocó pagar un súper depósito en la oficina de la licencia que encareció aún más el “proceso” por no tener seguro e ir por la carretera con la licencia suspendida sin saberlo. 

Sí, así de loca puede ser una conductora novata. Luego de trasladar el carro con ayuda de su suegro camionero, gracias al primo de su madre y a su amigo, cambiaron el bómper, una luz que quedó dañada por el impacto… y el Nissan Sentra siguió caminando. 

Hubo una primera etapa que superar, la novata driver se mudó, entre otras razones, buscando acercarse al trabajo, que entonces todavía era trabajo ―y era fijo―, para limitar su tiempo al volante; pero como todo en la vida, el trauma, con terapia de choque, pasa. 

El recorrido ha sido largo hasta aquí y, ahora, cuando ha de llegar a sus manos el título de su primer vehículo, su primera «gran posesión», el primero de su familia más cercana luego de que en el 59 les tumbaran (expropiaran) el Willy amarillo del 58 comprado por el bisabuelo Fermín, las circunstancias son otras. Le toca al Nissan Sentra azul sacar la cara y darle “pincha”, darle unos frijolitos a la novata driver para compensar, como mismo lo hizo el Willy del 58 por el bisabuelo. Por lo pronto, un primer cheque de 208 dólares por cuatro días haciendo Uber Eats ha servido para pagar el seguro y, también, el título de propiedad del carro adquirido, chocado, reconstruido. 

Por tres dólares llevé un galón de alcohol a un “party privado” 

Dos semanas después de la primera entrega exploratoria e impulsiva, la conductora novata ha acumulado un total de 255 puntos, más de los 100 necesarios para entrar a la categoría oro y menos de los 300 requeridos para ascender a platino. 

La tasa de satisfacción por parte de los clientes sigue siendo del 100%; ha desbloqueado el nivel de entregas de alcohol y también se le avisan de oportunidades de entregas múltiples como parte del programa “compra y paga” para llevar productos desde los almacenes hasta las puertas de los peticionarios. 

Para simplificar, ya no entrega únicamente comida sino también bebidas alcohólicas para que otros disfruten sus fiestas, así como puede comprar artículos varios en Walmart, Publix, Sedano’s, Target y cuanto almacén haya en Miami, y ponérselos en las manos a los clientes; aunque esto último no lo ha probado todavía porque suelen ser viajes de varias paradas, partiendo, a veces, de lugares que quedan fuera de la jurisdicción condal, así que ha preferido mantenerse entregando comida caliente, acabada de salir del horno, y, especialmente, alcohol, que puede generar mayores ganancias. 

La primera entrega de alcohol fue en el Northwest, no diría que en Liberty City pero sí en los bordes; era un condominio de apartamentos y si no me falla la memoria la chica se llamaba Sacha. 

Andaba con dos amigos y fueron juntos hasta la puerta a buscar la botella de Tequila Patrón. Allí pasé por la inspección de seguridad, contesté a Uber que la clienta no parecía “drunk”, sino sobria; comprobé su licencia de conducción, que acá funciona como ID, y dejé la botella en las manos felices que la recibieron. 

Un segundo pedido de alcohol llegó al día siguiente. Iba a Doral a celebrar el cumple de un amigo y aproveché para llevar una botella de vino desde la liquor store más cercana a mi casa hasta un hotel en Doral. Después de subir y bajar de la autopista, en un sexto piso coloqué el vino español en manos de un turista canadiense, que dejó dos dólares de propina, y seguí rumbo a los festejos. 

Un tercer pedido de alcohol, tequila 1800, 1,75 litros, botella grande donde las haya, llegó en pleno miércoles. Supuse que sería para la fiesta de un ejército y, sin embargo, era para una parejita de jovenzuelos que, al parecer, tendrían un animado “party privado”. 

No me fue tan mal con la propina y la conclusión es clara: suele ser más rentable el alcohol que la comida para un socio conductor de Uber, aunque no recomendable si el socio es de caer en tentaciones alcohólicas. 

La propina más generosa es una historia

Anoche, justo antes de que se cumplieran dos semanas exactas de que inicié mis andanzas en Uber Eats, me llegó un pedido de La Coriana, en el Doral y, como suele suceder cuando el socio conductor ve que se trata de un pedido de casi 10 dólares (rara avis en Uber Eats, que promedia entregas de tres dólares), revisé que la entrega fuera en el Southwest y rápidamente la acepté.

Al llegar a La Coriana, saludé y pregunté por el pedido, di el nombre del cliente y el código, pero el pedido todavía no estaba listo, como suele suceder cuando llegas más rápido de lo que la aplicación supone. Y así, mientras esperaba, inicié una conversación con la dependienta. O la inició ella, cuando me preguntó cómo estaba la calle.

Le contesté que no sabía qué decirle, que para ser un miércoles había movimiento sobre todo en un tramo amplio de la US-1, arriba y abajo, pero luego le expliqué el sambenito de que “esto” no da. Que se pasan sustos, que se entregan paquetes sospechosos, que hay quien pide comida por necesidad y hay quien la pide por comodidad.

Entonces ella se puso a recordar sus inicios en Miami, hace 22 años, tratando de encontrar el momento exacto en que “esto” empezó a “no dar”.

Aunque la realidad es que, a diferencia de cuando llegó, ahora a ella la cuenta sí le da porque ha invertido todo su esfuerzo en este negocio familiar. Junto a su esposo, cocina y sirve la comida, empaca, toma y entrega pedidos.

No quiere decir que cuando llegó no invirtió esfuerzo. Por supuesto que también lo hizo, limpió casas lujosas por 80 dólares o menos; entraba a trabajar en la mañana y salía en la noche, pero con el tiempo los primeros esfuerzos impulsaron otros y este es el resultado, La Coriana.

La conversación con ella fue sumamente grata, me compartió varias de sus tarjetas de presentación cuando le conté que “esto” no era lo mío pero que insistía en hacerlo por creer que el esfuerzo sería recompensado, de una forma o de otra, pero a la larga recompensado.

Salí de allí con una sonrisa inesperada a hacer la entrega y cuando llegué a la casa indicada seguí las instrucciones, hice la entrega y escribí “Enjoy it”. Lo de siempre.

Un rato después, ya lista para el descanso que se sabe merecido, la app de Uber me avisó de una generosa propina que elevó el monto de mi “billetera” y me proporcionó una decena de puntos.

No hay manera de que no lo asocie a la buena energía  de esta mujer, a las palabras compartidas en su restaurante.

Le debía escribirlo, verbalizarlo para que, si a alguien se le antoja alguna arepa, pepito o cualquier delicia venezolana, pase por allá. La buena vibra no va a faltar.

Palma Soriano, Cuba (1993). Periodista por cuenta propia con fugas frecuentes hacia la poesía. Autora de los libros Eduardo Heras: los pasos, el fuego, la vida (Letras Cubanas, 2018) y Mestiza (CAAW, Estados Unidos). Egresada de la Universidad de La Habana e integrante de la Red Latam de Jóvenes Periodistas. Ha publicado en Distintas Latitudes, HuffPost, Clarín, El Estornudo, Hypermedia Magazine, pero la mayoría de sus textos están en Eltoque y Tremenda Nota. Escribe, luego existe. --
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