Lester Alvarez: “No me fui de Cuba para jugar al gato y al ratón con la dictadura”

Ilustración: Julio Llópiz-Casal.

Lester Alvarez (Camagüey, 1984) es uno de los que me gusta llamar artistas de creatividad inespecífica. Por un lado, su proceso creativo busca inspiración a partir de combinaciones muy osadas de referencias y conceptos. Por otro ―el más evidente― concreta su obra mediante pinturas, instalaciones y videos, sin descontar el trabajo que lleva a cabo desde hace muchos años con el proyecto y sello editorial La Maleza.  

En el 6to. Salón de Arte Cubano Contemporáneo (2014), que realiza el Centro de Desarrollo de las Artes Visuales en La Habana, y en la 7ma. edición del mismo evento (2017), Alvarez realizó dos proyectos en los cuales exhibió y curó la obra de otros artistas. El primero fue Teatro universal, basado en los trabajos del poeta y artista visual Rafael Almanza. El segundo, llamado La Vida Royal, consistió en la producción y cuidado de la edición de la novela Trenes van y trenes vienen, del escritor Román Gutiérrez Aragoneses, y el poemario Un metro en Asia, del artista visual Ezequiel O. Suárez.

Actualmente, Lester Alvarez vive y trabaja en Madrid. Llegó a España a finales de 2019 para estudiar. Desde entonces ha desarrollado un cuerpo expandido de obras, que incluye acuarelas, videos hechos con tecnología analógica e instalaciones, y que derivará en el largometraje El viaje de Salazar, cuyo guión se encuentra escribiendo.   

―Vivir en Cuba de espaldas a la realidad es muy difícil. Esto solo es posible para quienes se encuentran en alguna posición privilegiada, por cercanía al poder o por ser beneficiarios de alguna actividad económica excepcional (rara vez al margen del poder) que les permita enajenarse de la realidad. De cualquier modo, tener conciencia política no es sinónimo de ser frontal políticamente. ¿A partir de qué momento decidiste adoptar una posición pública, con tu trabajo o tu actitud, respecto a lo que pasa en Cuba?

―Entiendo que te refieres a la realidad de la miseria y la falta de derechos. Es una realidad tangible para casi todos los cubanos, también para “quienes se encuentran en alguna posición privilegiada”. Aun así, prefiero darle la vuelta a la afirmación de tu pregunta y decir que en Cuba es muy difícil afrontar la realidad. Es difícil por la inseguridad, el desamparo, el ostracismo, la cárcel, la muerte, el exilio y tantos otros efectos colaterales a los que puede conducir afrontarla. Todo motivado por un terror paralizante que es en su esencia la “Revolución en el poder”. 

Afrontar la realidad significa poner a tu familia por encima del Estado, la amistad por encima de las diferencias ideológicas, raciales, sexuales, de género; el futuro de tus hijos por encima de las “enseñanzas” que le inculcan en la escuela. Significa, parafraseando a monseñor Pedro Maurice al darle la bienvenida al papa Juan Pablo II en Santiago de Cuba en enero de 1998, no confundir más “la Patria con un partido, la nación con el proceso histórico que hemos vivido en las últimas décadas y la cultura con una ideología”. ¿Estamos trabajando en eso? No lo sé, hace casi cuatro años que no vivo en Cuba. Lo que sí sé es que la respuesta es proporcional a la libertad que se adquiere como nación.

Sobre la pregunta, puedo decirte que lo primero que tuve fue conciencia de individuo, muchos años antes de tener conciencia cívica y, posteriormente, política. Eso es lo natural y, aunque en Cuba nada natural puede darse por sentado, lo digo porque sé cuándo y cómo sucedió. Mientras más pasa el tiempo, más seguro estoy de que no hubiera llegado al arte como profesión si mis padres me hubieran enviado a un círculo infantil. En cambio, me confiaron a mi bisabuela materna, Hilaria. Mi educación con ella consistió en estar la mayor parte del tiempo en el patio, entre árboles de mango y plantas de café, o dibujando sobre la enorme mesa del comedor, solo. Cuando puse un pie por primera vez en la [escuela] primaria estalinista, ya era un niño con una individualidad fuerte y sabía lo que me gustaba.  

Creo que conciencia cívica comienzo a tener con los inicios de mis estudios de arte, por el año 1999, cuando tenía 15 años. En ese tiempo comencé a tener también un lugar en el mundo. 

La conciencia política, esa que me hizo “adoptar una posición pública”, con expresión coherente desde mi trabajo y actitud “respecto a lo que pasa en Cuba”, empezó a manifestarse después de graduarme del Instituto Superior de Arte de La Habana en el 2011, a los 27 años. 

―Se ha hablado muchísimo, en las redes sociales y otros espacios de debate, de que “el 11J es un parteaguas” para entender la realidad política y económica de Cuba. Para algunos artistas, activistas o simples ciudadanos, el 11J significó esa alerta de que era necesario posicionarse del lado de la ciudadanía y no del poder; para otros fue el 27N, el acuartelamiento en San Isidro y para otros incluso sucedió antes. Si seguimos yendo atrás llegamos al año 2018 y todo lo sucedido alrededor del Decreto 349. ¿Cómo experimentaste este decreto tú? 

―Hay conexión entre las manifestaciones contra el Decreto 349 y las del 11J, como la hay entre todas las manifestaciones antigubernamentales que han sucedido en Cuba después de 1959 hasta el presente. Lo que no hay es memoria. No hay memoria porque el Gobierno cubano prohíbe cualquier relato que vaya en contra del suyo, que muchas veces resulta ser su propia política. 

Con respecto al Decreto 349, estuve desde la primera reunión que se convocó entre un pequeño grupo de intelectuales jóvenes para discutirlo recién publicado. De allí salió una carta alrededor de la cual se fue congregando un sorprendente grupo heterogéneo de artistas e intelectuales, que comenzamos a tener reuniones sistemáticas por toda La Habana, incluyendo aquella reunión en el patio del Consejo Nacional de las Artes Plásticas con funcionarios del Ministerio de Cultura, de la que existe un audio íntegro y su transcripción. Este fue un antecedente directo de la reunión que se tuvo en el Ministerio de Cultura la noche del 27 de noviembre de 2020.

A partir de esta hermosa experiencia en torno al rechazo colectivo del Decreto 349, el curador Abel González y yo decidimos concebir la serie SIN349, para la cual contamos con la dirección del artista Kevin Ávila. La motivación fue mostrar en pequeñas monografías esas diversas expresiones individuales en oposición al decreto. Hicimos un tráiler, 13 capítulos y cuatro especiales dedicados al artista Luis Manuel Otero Alcántara, que también tenía un capítulo. Todo fue subtitulado al inglés. Fue un trabajo enorme y lindo. Yo me quedé con muchos deseos de continuarlo, porque faltaron personas clave por ser entrevistadas.     

―La formación y capacitación profesional en la Isla es uno de los resortes propagandísticos del sistema. La formación relativa al arte no es una excepción. De todas maneras, muchas cubanas y cubanos alrededor del mundo, y otros residentes aún en el país, atesoran buenos recuerdos y valoraciones positivas de su formación, haya sido académica o no, además del trago amargo que representa haber vivido la censura o haberla visto más o menos de cerca. ¿Cómo ves a la altura de hoy la formación artística que recibiste o te gestionaste?

―A las personas que me comentan sobre las maravillas de la educación y la profesionalización en Cuba les doy la razón. Claro, así  mismo tendrían razón en afirmar que los osos panda y los tigres de bengala están bien protegidos y alimentados en el cautiverio de los zoológicos. Afirmar que en Cuba estamos bien educados y cuidados lleva implícita la afirmación de que los cubanos somos unos seres incapaces de decidir civilizadamente nuestro destino, que estamos en peligro de extinción y que entonces ha sido necesario tomar control de nuestra libertad autodestructiva y, mediante la violencia militar, utilizar métodos importados del este de Europa, por primera vez en la región del Caribe, para educarnos y salvarnos. Es así como Cuba, experimento humano y social para el mundo democrático que lo financia, ha dado esos frutos tan reconocidos. Como compensación, el gran zoológico Cuba tiene un sistema de exportación de esos logros, conocido eufemísticamente como misiones médicas, educativas, diplomáticas, militares, etc. 

Mi formación profesional como artista en Cuba fue de 10 años. Antes he dicho que mi conciencia política comenzó a manifestarse justo después de concluir la carrera, y consistió principalmente en desaprender. En mi trabajo se puede observar cómo, a partir de ese momento, inicié proyectos con escritores y artistas marginados o sin formación académica. Se convirtieron en mis referentes. Tengo la certeza de que el arte en Cuba es en exceso academicista y que padece el mismo problema de la ciudadanía: no afronta la realidad. Pero con el agravante de que al ser el arte conciencia crítica de la sociedad, y la realidad de Cuba no tener libertad, entonces es como un tigre de bengala enjaulado que simula estar en un bosque tropical frente a sus espectadores.  

―El Miedo es un factor que muchísimos artistas e intelectuales cubanos de prestigio han señalado como determinante fundamental para entender por qué el Partido Comunista se ha podido mantener durante décadas en el poder. Por ejemplo, la Seguridad del Estado intenta identificar el miedo en el individuo, ya sea para neutralizar o para reclutar a la persona como agente. También existen y han existido personas con una actitud que ilustra muy bien un verso de la poeta Katherine Bisquet: «No nos sirve de nada el miedo». ¿Qué significa para ti ese Miedo al que estoy haciendo referencia? ¿Cómo lidiaste con ese sentimiento si alguna vez lo sentiste viviendo en Cuba?

―Me referí antes a ese miedo o terror que paraliza y que es el principal obstáculo para afrontar la realidad en una dictadura. Toda persona que vive en Cuba lo padece de una forma específica y no se debe minimizar ese sentimiento, porque es real y tiene consecuencias graves. Lo que a mí me molesta, porque tiene consecuencias aún peores, es la falsificación de ese sentimiento, el autoengaño que se crea para ocultar el miedo. 

En el discurso pronunciado final de las reuniones con los intelectuales cubanos, efectuadas en la Biblioteca Nacional el 16, 23 y 30 de junio de 1961, Fidel Castro dice estas dos frases seguidas que definen la naturaleza dictatorial de la Revolución: 

“¿Cuáles son los derechos de los escritores y de los artistas, revolucionarios o no revolucionarios? Dentro de la Revolución, todo; contra la Revolución, ningún derecho (APLAUSOS)”.

“Y esto no sería ninguna ley de excepción para los artistas y para los escritores. Esto es un principio general para todos los ciudadanos, es un principio fundamental de la Revolución”.    

Este discurso es terrorismo de Estado y los APLAUSOS son su falsificación. Un modelo de cómo continúa funcionando ese Estado hoy. Por otra parte, existe la constancia de que el escritor y dramaturgo Virgilio Piñera enfrentó a Fidel Castro en la asamblea e hizo referencia al miedo que se sentía en el ambiente. Entonces, lo que tenemos en Cuba es a un gobierno que infunde el terrorismo de Estado, a una ciudadanía hipócrita que aplaude y a otros que reconocen el miedo y buscan la forma de afrontarlo.   

En lo personal, yo comencé a experimentar “pequeñas” decepciones, que se agudizaron en ese período de apertura económica que vivió Cuba con la presidencia de [Barack] Obama, algo parecido a lo que intenta revivir ahora con la presidencia de [Joe] Biden. Esas decepciones me transmitieron miedos específicos a distintos escenarios futuros. Por ejemplo, quedar completamente marginado. Lo motivaban cosas específicas como que, durante los dos años que trabajé en la Academia de Bellas Artes de San Alejandro, la directora se dedicaba a llamar a los padres de mis alumnos para decirles que solo se relacionaban con profesores “antisociales”, como yo. O, en el extremo opuesto, portarme bien y convertirme en un artista oficial y cómplice del régimen. Me daba miedo verme invitado a una bienal, en representación oficial del Ministerio de Cultura de Cuba, o verme viejo recibiendo el Premio Nacional de Artes Plásticas. Cualquier escenario futuro con el actual régimen, “bueno” o “malo”, si estas categorías tienen sentido allí, preferí evitarlo.

Mi forma de afrontar la realidad, es decir, el Miedo (con mayúsculas, como aparece en tu pregunta), ha sido entonces realizar un viaje vital e intelectual (El viaje de Salazar) a lo que considero su origen. Y en ese origen hay que lidiar hasta con el mismísimo Demonio. La última obra que realicé en Cuba y que me trajo a España para una residencia y luego una exposición, es La Noche en Cuba, una serie de acuarelas realizadas a partir de referencias a la noche en la literatura cubana. Esta serie comienza por una representación de un pasaje de Historia de una pelea cubana contra los demonios, de Fernando Ortiz, publicado en el año 1959, fecha que puede sugerir que quizás no se trate solamente de la “Historia” de las consecuencias de una entrada al infierno en Cuba. El viaje de Salazar, por su parte, es el tema de investigación que vine a desarrollar en el máster de Archivo de la Elías Querejeta Zine Eskola y posteriormente en las Residencias de la Academia de Cine de España. En el proyecto se trata de comprender los mecanismos legales que la Inquisición impuso a la ciudadanía bajo su jurisdicción a inicios del Siglo XVII español (enmarcado dentro del Siglo de Oro) y cómo estos subsisten en la práctica política del régimen cubano actual.   

―Desde el exilio muchos medios de prensa independientes, activistas, artistas y emprendedores siguen dedicando tiempo y energía a mantener el foco sobre la realidad cubana de muchas maneras y, sobre todo, aprovechando las posibilidades que brinda vivir en democracia. Hay plataformas de denuncia, observatorios, iniciativas grupales para hacer llegar a la Isla cosas que escasean y muchos otros proyectos. ¿Qué opinión te merece esto? ¿Qué actitud has asumido tú? ¿Eres parte de o impulsas algún proyecto?

―Esas iniciativas son importantes y necesarias. Hacia dentro de Cuba ofrecen un conjunto de información, recursos y estadísticas que el régimen prohíbe y penaliza, pero que son indispensables para saber en qué país se vive y cómo reaccionar consecuentemente. Hacia fuera de Cuba ayudan a contrarrestar el relato que el régimen sostiene en la arena internacional y en el que se gasta buena parte de sus recursos, a costa de la miseria de sus ciudadanos. 

En mi opinión, el segundo objetivo tiene un planteamiento muy básico aún y se necesitan más discusiones al respecto. En el último año he dedicado tiempo a trabajar y pensar estrategias culturales en este sentido, como fue Foro Intemperie aquí en la ciudad de Madrid. Desgraciadamente, mis funciones en él terminaron por la falta de confianza y apoyo. Desde el punto de vista cultural, continúa siendo más fácil y atractivo para los cubanos de la diáspora ir a LASA [Congreso de la Asociación de Estudios Latinoamericanos] o a [una conferencia de la fundación] FORUM 2000 para hacer una exposición o una ponencia. Pero, ¿cuándo se van a crear instituciones propias? ¿Por qué hay que seguir esperando ese “evento oportuno” para actuar? ¿Por qué seguir mendigando la primera oportunidad de diálogo con el opresor y el cómplice? Tal parece que vivimos de concurso en concurso, de evento en evento para, una vez en la tarima y con micrófono en mano, tener nuestro momento. Me parece bien, pero creo que es tiempo de dar un paso más y aprender a organizarse civilizadamente sin el auspicio de una plataforma prestada. 

No me fui de Cuba para jugar al gato y al ratón con la dictadura. No me fui de Cuba para soslayar malos procedimientos como privatizar un archivo de dominio público, bajo el pretexto de que si se le está dando un golpe a la dictadura. Eso es lo importante. Me gusta pensar en Cuba como intemperie, desierto, tierra baldía, sobre la que hay que construir desde cero, no crear cosas que ya vienen con el signo de la corrupción.

(La Habana, 1984) Artista visual y diseñador gráfico. Su obra abarca el trabajo con casetes VHS, disquetes, memorias, olvidos, basura y juegos tipográficos incendiarios. El Cranbrook Art Museum de Detroit tiene dos piezas suyas en su colección. Ha publicado textos y hecho entrevistas para Hypermedia Magazine, El Estornudo y YucaByte, donde también realiza ilustraciones.
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3 pensamientos en “Lester Alvarez: “No me fui de Cuba para jugar al gato y al ratón con la dictadura”

  1. Léster y Llópiz, aunque de una generación anterior, de esas que algunos desechan, descalifican y culpan; abrazo plenamente sus visiones de entrevistador y entrevistado. Si acaso menciono una sutil diferencia con cualquier generalización, porque nunca son estas enteramente justas, pero en fin , los abrazo igual. Ojalá estas afirmaciones abrieran diálogo y guiaran pasos hacia ese construir desde cero, que tanto urge.

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