El pasado que te espera

Ilustración: Alejo Cañer

 

Tengo un amigo con miedo a que salga su foto con Fidel Castro.

Hace unos años, muchos, mi amigo estaba en una recepción del Hotel Nacional y le pidió una foto al “Comandante”. 

“¡Comandante, una fotico para la historia!”, le dijo. 

¿Dónde estará esa foto?, se pregunta y se pregunta mi socio sin poder dormir tranquilo.

Se levanta de madrugada y se emborracha de agua para limpiar. 

¿En qué archivo? ¿En qué memoria flash? ¿Por qué nunca salió?

Mi amigo tiene miedo de que algún jodedor vaya a subir la foto a las redes. Ahora esa imagen lo puede perjudicar… y mucho.

El socio vive en Estados Unidos y tiene un negocio de flores; a cada rato sale para la calle a gritar “Patria y Vida”. No es de los luchadores más mediáticos, pero no se pierde ninguna actividad para criticar a la dictadura. 

Pero, ¿y si sale la foto? ¿Le afectará en su círculo de amigos? ¿Lo dejarán de invitar? ¿De recibir?

Mi amigo trata y trata de hacer memoria: ¿Salía sonriendo? ¿Con cara de capo mafioso?

Reza y reza para que no salga la puñetera instantánea. A veces hay un escándalo mayor y es cuando él quiere que salga su fotico, para que pase desapercibida y poder volver a dormir tranquilo sin esa preocupación. 

Sabe que él no es tan importante y que si esto pasara al mismo tiempo que algo más grande, nadie le prestaría atención. Lo malo es que la foto salga en el momento donde las aguas estén calmadas, y ahí sí se jodería. 

¡¿Qué hace el florero con el dictador?!

Le cuesta controlar el discurso de su propia vida porque él no tiene la foto. Si la hubiera tenido la hubiera quemado o la hubiera sacado en el momento idóneo para que no sonara tanto la cosa. Pero no la tiene. La tiene otro. Alguien más. Alguien que le sabe y que le puede partir la vida en dos. 

En la Isla, en algún lado, existe un tipo, que lo puede joder. 

¿Quién era el fotógrafo? ¿Habrá revelado la imagen?

Hablando con él, lo calmo, le paso la mano: “Todo el mundo tiene un pasado”.

El florista me dice nervioso: “Sí, pero alguien dijo que nadie sabe el pasado que le espera”. 

Es cierto, a cualquiera le pueden sacar algo del pasado. 

Varias generaciones hemos usado la pañoleta roja y hemos gritado “¡Seremos como el Che!”.

Pero hay mucha gente que ha hecho daño de verdad.

Nos tomamos unas cervezas y hablamos del momento en que uno abre los ojos, del momento en que uno se cambia de bando. 

A él no le queda claro en qué momento cambió de bando. Me dice que fue pasando poco a poco hasta que dijo “basta”, y ya. A veces el cambio sucede por algo que la policía política te hace directamente a ti, o por algo que te hace el jefe de tu centro de trabajo; o incluso por algo que le hacen a un familiar, o por el cúmulo de cosas y el golpe de la realidad en la cara. 

Todo en la Isla empeora segundo a segundo. 

Hay que ser muy ciego para seguir defendiendo el régimen.

Mi socio me pregunta qué hacer con toda la mierda que comió en el pasado. Quiere enterrarla, borrarla. Quiere saber cuán lejos tiene que estar tu pasado fidelista para que la rueda de la historia no te coja ahora. 

Hay gente que ha hecho mucho daño, y hay gente que simplemente se creyó la historia y se comió el error. Incluso dicen que hay gente que todavía se cree eso, pero a estas alturas yo no lo creo. 

Seguimos hablando y empezamos a hablar de los carceleros, los que dieron golpes, los policías y militares que le hacen la vida imposible a los familiares de los presos y a los presos mismos.

Hablamos de los músicos que le cantan al régimen y de los pintores que ayudan a lavar la imagen del mal. 

Leni Riefenstahl tiene una obra cinematográfica importante. Conocí grandes comunistas obsesionados con ella. En una entrevista le preguntaron por Hitler y ella nerviosa trató de justificarse, de hacerse la desentendida.  

¿Hasta qué punto el pueblo alemán fue testigo, colaborador, parte?

Ya de mayor, la directora se iba de viaje a África o al fondo marino, lugares bien lejanos, como queriendo dejar atrás su pasado con cada pisada o aletazo. 

¿Dormiría tranquila Leni?

Mi amigo envuelve los girasoles, le corta el tallo a los crisantemos y vigila las espinas de las rosas; y entre el verdor de todo, se le aparece Fidel sonriendo.

Mi amigo está tomando pastillas. 

Me quedo pensado en él y me digo: Qué difícil es la vida del cubano.

Yo tuve un profesor de Preparación Militar (PMI) ―esa asignatura tan estúpida a las que nos obligaban a asistir―, un viejo con piel curtida que decía que había estado en la Sierra Maestra con el Che. 

El tipo era mala persona y se burlaba de los alumnos, ofendía a los más débiles y manoseaba a las muchachitas. En la escuela había una niña que estaba bien enferma y tenía que tomar agua hervida; el profesor un día le robó el pomo de agua y se lo escupió. Los alumnos no hicimos nada. Nos quedamos callados. Eso me va a acompañar toda la vida. 

El militar que daba clases de PMI está ahora en Kentucky y es trumpista a muerte, de esos de «cierren las fronteras», «no más cubanos». Trabaja en una tienda de moda. No me imagino a ese rinoceronte con sus manos de monstruo, de disparar AKM y cargar escopetas de plomo, doblando ropa, atendiendo a gente fina. 

¿Cuántos años lleva afuera? ¿Cuánto daño hizo? ¿Lo sigue haciendo?

Cuba no es como Alemania, no somos tan organizados, no creo que vayamos a poder saber todo el mal que se ha hecho en la Isla. ¿Habrán quemado ya los papeles? ¿Quedarán pruebas? ¿Se sabrá quien fue la mano anónima que torturó en un calabozo cualquiera?

Tengo más preguntas que respuestas y soy partidario de lo que me decía una señora con la que viajé a Miami. La abuelita me dijo que el cambio tenía que ser sin sangre. Había que unir a todos los cubanos que el diablo había separado. Había que crear una patria más justa.

Al mismo tiempo, y sin ansias de venganza, le pregunté a la abuelita: “¿Y los que hicieron tanto mal no lo van a pagar?”.

Hay tantas familias que sufrieron y que sufren día a día por ese Gobierno.

En ese momento el avión empezó a moverse por la turbulencia y todos los pasajeros nos pusimos muy nerviosos.

Al ver a la abuelita tan sola, en su silla, le tendí la mano para que la agarrara.

Me miró a los ojos y sin darme la mano me dijo: “Yo no conozco miedo”.

Sonreí y ella agregó: “Todo se sabe en esta vida”.

Las opiniones expresadas en esta columna representan a su autor/a y no necesariamente a YucaByte.

Carlos Lechuga (1983) Director de cine y escritor. Dirigió Vicenta B., Generación, Santa y Andrés y Melaza.Escribió En brazos de la mujer casada y Ballena Tropical, su primera novela que verá la luz este 2023.
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