Edel Carrero

Edel Carrero: otro cubano expulsado de su trabajo por “no ser confiable”

Ilustración: Julio Llópiz-Casal.

Por diversas circunstancias, Edel Carrero, nombre artístico de Edel Pérez García, ha sido de todo un poco a sus 35 años. Natural de Sancti Spíritus, se ha desarrollado en La Habana como informático, trabajador gastronómico y actor. De estas profesiones, la última es la que realmente le apasiona y a la que ha dedicado buena parte de su vida.

El día 3 de noviembre de 2021, Edel fue despedido de su trabajo por razones políticas. Su participación en las protestas del 11J y su apoyo en redes sociales a la Marcha Cívica por el Cambio movilizaron a la Seguridad del Estado, la cual presionó al Centro De Teatro de La Habana para que le retirase su plaza laboral. La razón oficial de semejante arbitrariedad fue, simplemente, que Edel “no era confiable”.

Sobre su experiencia en prisión durante el 11J y la hostilidad a la que ha sido sometido por la policía política cubana, conversó con YucaByte.

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Hola, Edel. Primero, sería bueno saber cómo llegas al teatro, que, a fin de cuentas, es donde más te has desenvuelto profesionalmente.

Desde pequeño me atrajo la actuación, lo mismo por la lectura que por lo que veía en televisión. La actuación se volvió algo que me hace vibrar. Cuando estoy sobre las tablas, lo que siento, esa adrenalina, no me llega con ninguna otra cosa en el mundo. Además, esta profesión te permite vivir muchas vidas en una sola. Empecé en este mundo con el grupo “Olga Alonso” y el profesor Humberto Rodríguez García. Después pasé al “Berenjena Teatro”, y luego a la compañía teatral “El Cuartel”. Sin embargo, al final tuve que casi dejar las tablas.

¿Por qué?

Porque no me daba para vivir. Tuve que trabajar en lo que es gastronomía, en restaurantes, cocinas, etc. Buscarme la vida en el sector privado. Aunque sí logré hacer algunos trabajos en televisión y cine, como un papel en “Tras la Huella”, otro en una coproducción entre Cuba y Japón sobre el Che, en un filme llamado “Ernesto”, en la serie “Promesas”, videoclips y cosas aisladas.

Edel, se te conoce como actor, pero también eres informático, ¿no?

Sí. Yo en verdad estudié en un Tecnológico de Informática, pero sucede que en el año en que me gradué, además de salir con el título de Técnico Medio, también salías con el título de Bachiller. O sea, salías con dos títulos, incluyendo el 12 Grado. Nunca ejercí en principio esa profesión de informático, aunque debo decir que de niño también me llamaba la atención la tecnología.

¿Y cómo regresas a ejercerla?

Mira, a pesar de que Díaz-Canel dijo que ningún cubano quedaría desamparado, cuando llegó la pandemia y la primera cuarentena, buena parte del sector privado sí que quedó desamparada. Mucha gente quedó sin un sueldo, y tuvieron que reinventar sus vidas porque el Estado solo garantizaba algo de dinero a las personas vinculadas a él. Y eso me parece una injusticia, porque los particulares pagamos un impuesto a la Oficina Nacional de Administración Tributaria (ONAT) y otro al Ministerio del Trabajo… En fin, otra de las injusticias de este sistema dictatorial.

En esa situación, fui a ver a Marvin Yaquis, director del Centro de Teatro de La Habana. Le pregunté si había alguna plaza en algún grupo de teatro. Él me respondió que no, que debido a la Covid y a la reducción de plantilla, todos los grupos estaban llenos. Me preguntó si, además de la actuación, sabía hacer otra cosa o tenía un título de algo. Yo le dije que sí, de informático. Me hicieron el contrato y empecé a trabajar de eso. Realmente trabajé una semana, porque después llegó la segunda cuarentena, donde se cerró todo y mandaron a todos a sus casas. Ahí cobré el 60% del salario. Después vino el 11 de julio y más tarde el despido.

Y trabajas ahora

Hace un mes comencé con Perséfone Teatro, donde ya había trabajado en una obra.

Edel, tú participaste en las protestas del 11J. De hecho, estuviste frente al edificio del Instituto Cubano de Radio y Televisión (ICRT), entre los artistas y activistas que pidieron acceso a los medios por 15 minutos para iniciar un diálogo que evitara la violencia que todos vimos después. Como participante directo sería bueno saber tu criterio sobre qué dio origen a esta “sorpresiva” protesta.

La protesta del 11J fue, sin dudas, un estallido social espontáneo. Lo que sucedió ese día no fue orquestado por nadie, mucho menos por la CIA o Estados Unidos. Fue, simplemente, un momento en el que los cubanos dijeron: “Basta ya de miseria, hambre y represión”. Aunque también creo que hay mucho más detrás. Digamos que fue, además, el resultado de una reacción en cadena que viene de situaciones y hechos anteriores, como la pandemia, el agravamiento de la crisis económica, la huelga del Movimiento San Isidro y cómo fue violentada por parte del régimen, el arresto injusto de Denis Solís, y luego de Luis Robles… Así fue como se llegó a esto.

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¿Cómo viviste ese día?

Yo me desperté el domingo 11 de julio, sobre el mediodía, porque un amigo me mandó un mensaje al móvil diciéndome que me conectara a internet. Eso hice. Revisé las redes y encontré al pueblo de San Antonio de los Baños en las calles.

En varias ocasiones yo había criticado al pueblo cubano por aguantar callado una dictadura, por no unirnos todos y protestar. Por eso, cuando vi aquellas fotos y videos en las redes, me dije que sería muy cobarde y muy doble moral si, después de haber criticado al pueblo por su inactividad, me quedase en casa. Entonces salí rumbo a Coppelia, un lugar céntrico. Fui a buscar algún grupo al que unirme, a ser un cubano más que protestaba contra los crímenes y atrocidades que comete esta dictadura.

En Coppelia me encontré con amigos: Yunior García, Daniel Triana, Leonardo Fernández y otros más. Decidimos que, al ser casi todos artistas, qué mejor lugar para ir a pedir un diálogo y un entendimiento, para evitar la violencia de las fuerzas represivas contra un pueblo desarmado y pacífico, que ICRT. No hubo una premeditación, ni coordinación, sino que lo decidimos ya en la calle, en cuanto nos vimos.

Yo viví ese día de manera muy surrealista porque en los 62 años de dictadura que llevamos, nunca había ocurrido un estallido social semejante. Ni siquiera el “Maleconazo” de 1994 se acerca a la magnitud del 11 de julio. Lo viví también con sentimientos encontrados, entre alegría y emoción por ver al pueblo despertar y revelarse contra el tirano; pero también con miedo, porque nos violentaron. A mí casi me asfixian cuando me detuvieron, y lo único que pedíamos era un diálogo, que se nos escuchara. Lo hicimos de manera pacífica. Ahí están las fotos y los testimonios.

¿Cómo fue enfrentar cara a cara, por primera vez de esa forma, a la policía política cubana?

Esas 24 horas en las que estuve en la prisión del Vivac, que realmente fueron como 28, fueron horribles. Apenas llegamos allí, nos hicieron el proceso del cacheo. Yo estaba de espalda a la pared, con las manos en alto, y un policía llegó y sin decir nada me dio una patada para que abriera las piernas. A Daniel Triana, ese mismo policía le dio una bofetada por defender a Leo, que es católico y no quiso deshacerse de su crucifijo. Todo el tiempo nos trataron con muy mala forma. Nos metieron en una celda de 3×4 metros, y allí éramos 11 personas. Nos pusieron con un supuesto preso que decían que estaba loco, y que no llevaba nasobuco. No nos dieron agua ni comida ni nada. Ese día no nos dieron nada. Los interrogatorios duraban de tres a cinco horas.

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¿Y qué te decían en los interrogatorios?

Todo el tiempo estaban buscando un líder, un cabecilla para enjuiciar. Nos preguntaban constantemente que quién nos pagaba, nos decían que éramos mercenarios. A mí me trataron de sobornar. Primero, la Seguridad del Estado se ofreció a ayudarme con mi carrera como escritor y como actor. Yo les dije que no, que ya había publicado un libro en Francia y que está en Amazon, así que no necesitaba publicarlo en Cuba. Les dije que no, además, porque en su momento yo intenté publicarlo en Cuba, pero a nadie le interesó. También les dejé claro que yo ni trabajo para la CIA ni para la dictadura cubana. Al decir eso, comenzaron las presiones y amenazas de prisión… en fin.

Después, ya pasadas las 12 de la noche, sin comer, sin tomar agua y sin nada, nos trasladaron a una galera, donde pasamos el resto de la noche. Aquel lugar estaba en unas condiciones horribles. La ducha estaba rota, la taza del baño repleta de orine y heces, y en el suelo había agua y orine. Con nosotros estaba un joven de 17 años, que fue amenazado varias veces por un policía del que sí recuerdo el nombre, Aliesky. Aliesky amenazó al joven con golpearlo. Recuerdo también que Yunior estaba muy mal por la gastritis. Pidió una pastilla para aliviar el dolor y no le atendieron. Nos soltaron el día 12 de julio con una medida cautelar de arresto domiciliario y bajo la amenaza de que, si intentábamos hacer otra protesta, nos pondrían bajo prisión provisional por desorden público.

Las cárceles de Cuba son un asco total. Violan todo tipo de derechos humanos. Por ejemplo, nunca nos dejaron llamar a nuestros familiares. Aunque a mí me dejaron llamar a las 12 de la noche, antes de pasarnos a la galera, porque fue parte de un soborno que intentaron. Me dejaron llamar para tratar de convertirme en “chivatón”. Fue un oficial de la Seguridad del Estado que dijo atender las artes escénicas. Confesó que su nombre era Antonio, aunque también le llamaban teniente coronel Samuel. Él me pidió que no le dijera a nadie que me dejó llamar para “no herir sensibilidades”, como si me hubiese dado un privilegio, y todo con el objetivo de dividirnos. Pero no cedimos.  

Cuéntanos sobre el despido. ¿Cómo sucedió?

-Yo llevaba trabajando como informático en el Centro de Tetatro de La Habana desde enero de 2021. Después estuve trabajando desde mi casa, por lo de la Covid. El 3 de noviembre pasado me llegó un mensaje de Marvin Yaquis, diciendo que necesitaba verme. Cuando entré a la reunión, él me saludó y me dijo: “Ya tú sabes por qué estás aquí ¿verdad?”. Le dije que sí, que lo sabía, que de seguro la Seguridad del Estado le había ordenado despedirme. Él asintió con la cabeza y me explicó que la plaza que yo ocupaba solo podía ser para “personas de confianza”, porque ahí se tiene acceso a correos electrónicos, cosas del teatro, en fin. También confesó que por manifestarme el 11 de julio y tener una postura de oposición contra el sistema en redes sociales, me tenían que dar la baja. No me trató mal, la verdad. Me dijo que no era personal, que no había sido una decisión suya, y yo sé que es así. Esa orden vino de “arriba”, de la Seguridad del Estado, para la cual es normal expulsar de centros laborales a los ciudadanos por cuestiones políticas, por pensar diferente.

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