Dundi y JesuPro

Los promotores underground del ‘reparto’ cubano

Dundi y JesuPro. Foto: Hansel Leyva

Estos chamacos se criaron juntos. Estuvieron en pelota juntos. En atletismo juntos. En la escuela juntos. Ahora trabajan juntos. Se visten parecido y tienen la misma edad. Lo que son físicamente desiguales: Yariel Sánchez es un jabao bajito con orejas de duende; Jesús Pedroso es negro y alto como una pértiga.

Cualquiera que los ve en los edificios de Cojímar, en chancletas y shorts, no los calcula. Pero si se empintan y dicen que son Dundi y JesuPro, les cae una turba encima. Es lo que tiene el trabajo de promotor: todo el mundo te conoce y nadie asocia tu cara con tu nombre. Por eso han tratado de aparecer en videoclips, pero igual es por gusto. Como no cantan, la gente cree que son figurantes, a no ser que pongan un cartel: este de aquí es Fulano y este es Mengano. Pero eso sería “robar cámara”. Y no es el objetivo. Trabajan desde cierto anonimato y ahora están bien con eso.

Digo ahora, porque empezaron a hacerlo por la fama. Al principio formaron un grupito de reguetón. Dundi se puso El Retro y Jesús se puso El Insuperable. Grabaron cinco o seis canciones. No les fue bien. Dejaron de cantar. Era 2016, había tremenda furia de reguetón y empezaba el reparto, que es la versión cubana de ese género. Lo hacían los muchachos por la calle, con la computadora y un micrófono. No había tanto Internet ni tanto vicio de Paquete Semanal. Los cantantes distribuían su música por Zapya, de memoria en memoria, como fuera.

Dundi y Jesús estudiaban en la EIDE, la Escuela de Iniciación Deportiva. Un lugar donde hay mucha competencia. De deporte y de todo.

―Una de esas competencias era quién tenía primero los temas ―me cuenta Jesús―. La gente llegaba: “Tema nuevo del Choco, tema nuevo de Iré Omá”.

Y se los copiaba a otros. Así se iban haciendo populares: “NoSéQuién siempre tiene las canciones primero que todo el mundo”. Y NoSéQuién inflado del orgullo, colaborando con la maquinaria artística sin saberlo. Colaborando con la fama ajena.

El primero que empezó en la historia de la promoción fue Jesús, que firmaba Jesús Promo (tengo canciones en mi computadora con ese nombre; no sé cómo llegaron). Lo que hacía era cambiar la descripción de los temas y firmarlos como suyos. Por ejemplo, donde debía decir “Chocolate– Guachineo”, él ponía “Jesús Promo– Guachineo” o “Chocolate– Guachineo (Jesús Promo)”. Mientras más gente tuviera esa pista más se veía su nombre. Después el Dundi empezó a hacer lo mismo. Pero fue más allá: pegó una foto suya en los tracks. Cuando pasaba un tema también pasaba su nombre y la foto.

―Ya la gente decía por el barrio: “Oye, Dundi, vi un tema con tu cara”.

―¿Cómo lo hacías?

―Con el mismo teléfono. Con un reproductor que permitía hacer eso en los ajustes.

 

Dundi y JesuPro. Foto: Hansel Leyva

 

Dundi y Jesús tenían una ventaja: eran amigos de Coldwin y Lenny, los primos de Wildey, que ahora es famoso por el tema Normalmente, y entonces lo era en el mundillo por formar parte del grupo Iré Omá, una sensación del género. Coldwin y Lenny tenían los estrenos de Iré Omá primero que cualquiera. Pero estaban centrados en su propia música, así que se los daban. Dundi tenía un Alcatel de teclas con una SD de 8Gb; Jesús tenía 4Gb en su Galaxy Note. No necesitaban mucho más espacio para una industria underground que lanzaba cuatro o cinco canciones semanales. Por separado, llegaron a ser lo más grande de la escuela. Todo el mundo arriba de ellos. Un día, en los edificios, se hicieron una foto los dos juntos. La pusieron de portada de todos los tracks. Añadieron sus números de teléfono en las descripciones. Formalizaron el dúo.

Como el reparto es un género de contenido marginal y explícito, que no sale en la radio ni en la TV, unos cuantos reparteros ya habían armado sus propios equipos de promoción: muchachos que regaban la música en la calle y les daba lo mismo cobrar o no. Así salieron nombres como Vitico Promo, Ale Promo y mil más. Uno de ellos, Cuco, que había sido profesor de Dundi en la secundaria, trabajaba directamente con Iré Omá. Él también les dio una mano.

Otros, que no trabajaban con nadie pero tenían ganas de ser populares, iban a los estudios y copiaban la música para pasarla en los preuniversitarios o en la puerta de las discotecas. Por grupos de Zapya. Después, cuando la furia de los parques Wifi, esta promo callejera llegó a Internet. Pero no murió nunca, porque Internet siempre ha sido carísimo. Y también el Paquete. Sobre todo para los chamacos que están empezando y no tienen un peso. Las tarifas de Omega, por ejemplo, que es una de las matrices, están entre 50 y 250 CUC mensuales.

Con mayor acceso Internet se amplió el diapasón: quienes llegaban a 15 o 16 personas ahora llegarían a miles…

 

José Orlando Rodríguez. Foto: Hansel Leyva

José Orlando Rodríguez  se convirtió en un promotor youtuber con el sueño de monetizar su página. Aunque en Cuba eso es casi imposible, por el bloqueo y otros dramas políticos, José Orlando, aka Pepe Music, abrió un canal llamado Music Fashion. En 2017, cuando en Cuba casi nadie conocía YouTube.

―Yo venía de una escuela de informática y tenía bastante conocimiento. Empecé a ir a los estudios que todavía no tenían canal propio y me daban el contenido actualizado. Les decía a los artistas: “Dame tu tema, te voy a hacer el favor de ponértelo en YouTube”. Eso era contenido para mí y promoción para ellos.

Pepe Music fue uno de los primeros en subir canciones del Kamel, de Mawell, del Efori, gente que suena bastante ahora mismo. En un año pasó los 800 suscriptores. Seguía el mismo método de Dundi y JesuPro: poner su logotipo en la foto fija que acompaña el audio. Pero con buena calidad estética, con diseñitos que hacía en Photoshop. Compraba una tarjeta de 2 CUC para conectarse por lo menos tres veces a la semana.

Mientras esto estaba sucediendo, la foto de Dundi y Jesús en los edificios se hacía viral de móvil en móvil.

―Cada cinco minutos nos llamaban: “Ustedes están pegados, la pincha de ustedes está siendo efectiva”. Yo le decía: “Dundi, asere, creo que estamos cogiendo fama”.

Entonces Coldwin y Lenny grabaron Lo que siento, con Wildey, y los mencionaron al final del tema; por amistad y, de cierta manera, por hacerles el favor, por darles vista. También se los pasaron para que fueran los primeros en soltarlo. Y ¡bum!, el tema se volvió, como dicen, un himno nacional. En todas partes: Cuando yo miro la luna, cuando veo las estrellas/ solo tengo un pensamiento y es pensar en ella. 

Y en todas partes Lenny diciendo Dundi y JesuPro al fondo de par de frases sueltas.

Ya, imagínate: sus nombres dando vueltas por el país; la alegría y el ego. Se tomaron la promoción en serio. Reunieron dinero y se compraron una laptop. Organizaron la música en una carpeta: la de Coldwin y Lenny y alguna otra de artistas más notorios que sirvieran de enganche. Y ya no pasaban canciones sueltas, sino aquella carpeta. De esa forma, cuando alguien les pedía lo último, no sé, de Chocolate, recibía también a Coldwin y Lenny, quienes, a cambio, seguían mencionándolos en sus canciones.

Aquí hay dos puntos clave. Uno: la fórmula: camuflar al artista novel entre los pegados; equilibrarlos en la misma altura para jugar con la mente del público.

―Nadie consume lo que no conoce. Nadie busca a Carlitos ni a Marquitos, sino a Harryson y a Wildey. Entonces yo te paso lo que tú quieres, pero dentro de eso, te paso al nuevo que estoy promocionando. A lo mejor lo borras después de oírlo, pero ya lo oíste.

Dos: la mención: mientras más camina tu disco más camina mi nombre.

―Cuando escuchan un nombre en una canción y en otra y en otra, la gente averigua… ¿Quiénes son estos? Llega un momento en que tienen que saber que somos promotores. Y al que le interesa, busca cómo contactarnos.

A estas alturas, Dundi y Jesús estaban en el Servicio Militar y Pepe Music tenía miles de vistas en Music Fashion. Ninguno cobraba. Dundi y Jesús vivían de sus padres. Pepe Music se ganaba la vida como ayudante de construcción. Salía del trabajo y pasaba en bicicleta por la Aifon y por la Promo, estudios caseros de donde sale mucho buen reparto. Trató de monetizar el canal a través de un jamaicano, pero no pudo. Lo dejó a la deriva. 

El pasillo donde vive Jesús siempre estaba lleno de gente. Y ellos pasando y pasando la carpeta. Cuando salían de pase, por supuesto. En una de esas, mediante un socio que conocía al primo de otro socio, llegaron a Maykel Valdés, Un Titico, que ahora es bastante famoso y tiene millones de vistas en YouTube, pero en aquel tiempo era un fiñe de San Leopoldo con ganas de ser grande.

Les dijeron: “Les voy a presentar a un chamaquito que está empezando para que lo ayuden”. Y les pusieron el tema El uno soy yo: Coge la acera que vengo arrasando/ que yo tengo un talento que se ve en la cara/ hace falta que te quites que no estoy jugando/ que tu pistola apunta pero no dispara. Jajaja. Un niño de 15 años cantando eso, con tremenda rufa. Les gustó. Fueron a verlo: “Lo único que tienes que hacer es mencionarnos en tus temas. Y cada vez que saques algo nuevo nos avisas para venir a buscarlo”.

La fórmula de camuflar al novel ya era otra. Una fórmula upgraded que protegen con más celo que el secreto masónico. Porque funciona. Tanto, que lo primero que pegó Titico lo soltaron ellos. Después se volvió un boom. En las discotecas, en los bicitaxis, en los carnavales, en las bocinas portátiles. Era Titico y Titico y Titico.

―¿Se puede decir que ustedes lo pegaron?

―Con toda seguridad.

Entonces el giro: Titico está en la calle, da conciertos, cobra, les paga, hace videoclips más profesionales, crea sus propias páginas en Internet, coquetea con el mainstream, forma un dúo, aparecen sonidistas, productores, representantes, propuestas de contratos; el Paquete y la promoción underground ya no le hacen tanta falta porque todo eso está incluido en ese peldaño que ya subió. Si acaso los menciona en uno o dos temas: ya es otra dinámica.

A principios de 2019 Titico grababa en Célula Music, que en el lenguaje del reguetón cubano es otro nivel: la puerta a la farándula. También había empezado en el país la fiebre de los datos móviles, que en el lenguaje del subdesarrollo es otro nivel: ni tú ni yo ni ellos ni Pepe Music tenemos que ir al parque a conectarnos (los precios del servicio son otro asunto).

Pepe Music se alió con Aleko & Ignacio, nuevos en el reparto, y abrió otro canal: Los de los 90. Buscó un programa para comprimir los 90 o 100 megas que pesa un cover (la pista + la foto), y empezó a actualizar con contenido exclusivo de ese grupo. Lo que en la Wifi le tomaba media hora, con los datos lo hacía en dos minutos. 

Dundi y Jesús, que ya eran referencia en la promoción, ampliaron el negocio a grupos de Telegram y de WhatsApp, aunque, según dicen, no es tan efectivo como la calle, porque todo el mundo no tiene Internet.

Un día le dijeron a Titico: “Ya cumplimos contigo. Vamos a seguir sacando artistas a ver qué bolá”. Y ¡bum!: sacaron a Wampi. Y ¡bum!: sacaron al Kímiko. Los reparteros que ahora están de moda.

Siempre lo mismo, un ciclo: llega un punto en que no los necesitan. De la misma forma, Aleko & Ignacio dejaron de necesitar a Pepe Music. Es lo que tiene ese tipo de trabajo:  la industria del entretenimiento se mueve bajo códigos con los cuales es imposible competir.  O te sumas o te quedas.

 

José Orlando Rodríguez. Foto: Hansel Leyva

El canal de Pepe Music, que ya por fin se llama Pepe Music, tiene 1 087 suscriptores y cerca de 4 000 horas de reproducción. Pero él no ha podido monetizarlo. Se gana la vida como operario en la construcción y sube contenido de un estudio joven llamado Mafia Music, mientras piensa algún contenido propio para reinventarse.

Dundi y JesuPro están en otro drama: trabajan con una decena de artistas al mismo tiempo y controlan una red de promotores underground. Uno en cada municipio de La Habana, y al menos uno en casi todas las provincias. En Pinar del Río, Artemisa, Mayabeque, Matanzas, Cienfuegos, Villa Clara, Camagüey, Santiago y la Isla. Les mandan la música por WhatsApp y ellos la distribuyen en los parques, en los preuniversitarios o en la puerta de las discotecas. No cobran por eso. Ponen sus alias en la descripción de los temas con la ilusión de pegarse.

Jesús trabaja de seguridad en un bar y Dundi es entrenador de atletismo. Dundi tiene un IPhone 7 Plus y Jesús un Huawei P20 con 80 Gb en la SD. Ahora que cobran la promo necesitan velocidad y espacio. Sus tarifas están entre los 20 y 80 CUC mensuales. Las ofertas incluyen promoción local, nacional e internacional. Ahora son los más duros en el negocio pero no viven de eso. Todavía es un negocio inestable. 

De todas maneras están buscando cómo entrar en la rueda de la farándula sin respetar los códigos de la industria. “Queremos seguir siendo callejeros, pero de una forma profesional”. 

No dudo que lo consigan. Cualquiera que los ve no los calcula.

Jesús Jank Curbelo
Reportero de Periodismo de Barrio. Columnista en El Toque e Hypermedia Magazine. Ha publicado Los Perros (novela, 2017).
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