Caza cibeclarias

Ilustración: Wimar Verdecia

¿A usted lo han diagnosticado?: usted —también— es una ciberclaria

A usted, que no está especializado en los temas sobre los que discute, le puede fallar el corazón y… ¿quién le va a dar otro? ¿A usted lo han diagnosticado? ¿No? Pues lo voy a diagnosticar yo misma: usted —también— es una ciberclaria. Y si va a pelear conmigo, al menos muéstreme su pecho. ¿Usted hace ejercicios, va al gimnasio, está bueno? ¿Usted se quiere? ¿Usted puede dar la cara? ¿Usted necesita cariño? ¿Usted vale la pena o es simplemente ese sexo sin orgasmo, un training para mantener la forma, un tarro indeseado?

Ahora cuando vas a escribir, lo piensas como un tarro. A escondidas te preparas para el acto, avisas a una amiga lo que tiene que decir si tu novio la llama y corres a los brazos del amante. Te llevas la laptop todo lo lejos que puedas para sentarte a matar la jugada. Ahora escribir es robarle tiempo a la pandemia e irte con los labios pintados y una tanga a teclear, quizás, en una tipografía que nunca más vuelvas a usar.

Pero ahora escribir no es un tarro placentero. Es más un tarro que no implica dar ni recibir placer de ese amante gastado. Termina siendo un sexo sin orgasmo, un training para mantener la forma aunque sepas que del otro lado difícilmente haya un espectador real. ¿Qué se siente hacer el porno que nadie consume? Nada. ¿Estarás deprimida? Esta pandemia deja demasiado tiempo para pensar y eso no te gusta porque empiezas a ver toda la mierda que aparece en las redes sociales.

A veces te dan deseos de cerrar la cuenta, olvidarte de esos miles de amigos que hacen bulto, que solo están para llenar la foto pero ni pintan ni dan color. Los extras que tuviste que buscar para completar tu película. Pero te siguen llegando solicitudes de amistad a montones, y sigues aceptando a muchos. A veces no ves el separador entre paneles y terminas añadiendo a alguien por error, por pensar que te había pedido amistad cuando solo era una sugerencia de Facebook.

Entonces no cierras la cuenta si no es estrictamente necesario, no la cierras por vagancia. O porque en el fondo eres una chismosa más que quiere saber de trendings tanto como meterse en debates para satisfacer su espíritu justiciero. Es así que aparecen los trolls —preferimos llamarlos ciberclarias— para hacerte saber que también están ahí y no se dejan “meter tupe”. Fue lo que te dijo una de ellas en un debate intrascendente sobre lo mucho que las clarias meten la cabeza en cualquier tema, sepan o no, porque si algo es una claria es un sabelotodo-profeta-doctorado-en-cuanta-materia-exista-y-también-en-lo-que-no-sea-materia. Las clarias también le meten a la metafísica. Por eso es muy difícil lidiar con una claria: desde el inicio es una batalla desigual en la que ella sabe todo y tú nada.

Aunque te gustaría hacerle justicia de género a la claria: Lo complejo de este tipo de ser, de este somato-tipo, es que no sabemos si es hombre o mujer, no sabemos siquiera si es cisgénero, no binario, si es agraciado, si es padre, madre, si duerme bien, si toma algún tipo de pastillas, si tiene alguna verdadera causa que defender. No sabemos si se peina o es calvo, si tiene los zapatos rotos o usa espejuelos. No podemos nombrarlo de manera personalizada porque toma su perfil de cualquier plataforma que construya un rostro falso. O incluso puede tener el descaro de tomar tu rostro para ponerlo en una red social que visites poco. Lo dices por experiencia propia: a ti una vez equis claria te tomó prestada una foto, la editó para eliminar a los extras que estaban en la composición, y luego te exhibió con la lengua afuera en Twitter.

Escribiste entonces: “Era una foto de grupo, por lo que esa persona debió editar y seleccionar mi rostro con la lengua afuera. Y esa persona, sépase, anda con la lengua suelta en la red social y lo asume como trabajo: retuitea noticias de la Presidencia, sigue a 683 y tiene 763 que la siguen”.  

Y no es que tú no saques la lengua, no es que te avergüence sacarla. Pero todo en su contexto. No es lo mismo que tú publiques en tu Facebook una foto de grupo con la lengua afuera, en un concierto de The Rolling Stones, que aparezcas sola con la lengua afuera en Twitter, replicando tuits de la Presidencia de Cuba, de los ministros, y compartiendo toda esa información “revolucionaria”, de banderita en plaza, de “Seremos como el Che”. Ese es el tipo de cosas que no puedes, no podemos permitirle, bajo ninguna circunstancia, a una claria. Porque para ese momento la claria nos habrá cogido la baja.

No obstante dejen el susto a un lado. Aun cuando la cuenta falsa fuera autora de un tuit del 25 de febrero en el que celebra la votación del referendo ratificado por el Gobierno, ese no es el fin. Incluso después de la bravuconería y descaro total de la claria que te coge la baja, hay solución. Antes de denunciarla usted puede iniciar, desde el chat de otra persona que le autorice, una conversación amable con la claria. Empiezan alguna especie de ligue en el que el espécimen terminará por soltar algo de peso. Luego usted le hace captura-de-pantalla-de-toda-la-vida y, teniendo más pruebas de que es fake, hace su denuncia en la red social en cuestión. Por supuesto, agradezca también a la persona que, siendo más asidua a esa red, le avisó de la claria.

A partir del momento en que usted denuncia a una, se trasforma, puede que sin quererlo o asumirlo del todo, en un detector de clarias. Habrá amigos que le escriban y llamen para comprobar si tal sospechoso es efectivamente una persona o alguien-de-extraña-naturaleza-doctorado-en-toda-materia-y-adicto-a-la-metafísica. Así se gana la batalla. Usted le tenderá la mano al amigo en esa misión de pescar clarias y hará un favor al universo.

Pero he aquí otro problema. La claria sabe todo esto. Ya le digo, tiene ventaja desde el comienzo. Ella está clara de que su tiempo de vida es limitado, caduca en cuanto usted y tantos más en su posición, existen. Quizás eso explica que proliferen tanto y en tan variadas formas. Para el 2017, la firma Easy Solutions calculaba más de 80 millones de perfiles falsos en redes sociales, según una nota publicada en El Financiero.

Un año después Facebook comenzó a “verificar la identidad de las personas que administran las páginas con grandes audiencias”. Hasta que ahora, en 2020, hizo extensiva esta verificación a “los perfiles de usuario con muchos seguidores en EE. UU.”. ¿Qué hay de lo que se sale de este país? ¿Qué hay de las cuentas que no tienen muchos seguidores pero son falsas? Para darles seguimiento se han agrupado cubanos que pretenden y exhortan a poner al descubierto no solo a individuos que cometen el delito de usurpar la identidad de otros en redes sociales sino, las fallas y violaciones evidentes en un país carente de leyes y normas serias, coherentes con el desarrollo y uso responsable de las tecnologías y la información.

Son los creadores de la web CiberClarias.com, por y para los cubanos alrededor de todo el mundo, que intenta denunciar la usurpación de identidad en redes sociales. Pese a que esta acción es considerada un delito y es penalizada además en muchísimos países, Cuba aún no contempla dicha práctica o incluso, medidas para castigarla en su código penal.

En la web liderada por Raúl Danglade encuentras alrededor de un centenar de perfiles falsos, de un lado la captura de pantalla de la red social y de otro lado la imagen real usurpada.  

Nada es más potente contra una claria que la existencia pública de la persona a la que usurpa imagen. Por eso, un trabajo completo de exterminio de clarias implica la presencia de usted en la mayor cantidad posible de redes sociales.

Yo, por ejemplo, me he abierto cuentas hasta en LinkedIn, por si acaso. Nunca se sabe por dónde te puedan atacar. ¿Te imaginas tu foto en un perfil profesional que diga que trabajas en Etecsa o en el Instituto Cubano de Amistad con los Pueblos o que ponga graduado de tal universidad —no pongamos en una escuela de cuadros, sino en una universidad prestigiosa, extranjera, de las que salen arribita en el ranking— y que un amigo o persona influyente se encuentre su foto con semejante mentira debajo. El amigo sabrá que es un mal chiste. Pero esa persona influyente pensará de inmediato que usted es tremendo mentiroso-inflador-doctorado-en-cuanta-materia. Y perderá usted un aliado.

Porque no es lo mismo que a usted lo escojan de claria y lo presenten como tal, que hacerlo/serlo por decisión propia. No es lo mismo, tampoco, ejercer el trabajo de ciberclaria por un sueldo y unos gigas. Ya si usted quiere ser claria por su cuenta y riesgo, es su problema. Y deberá empezar por reconocerlo: ¿qué hace usted a las tantas de la madrugada, derritiendo el paquete de datos que nadie le paga, metido en redes sociales, discutiendo todo, haciendo directas, metiéndose con cuanto movimiento humano exista? Y no es que nadie quiera que permanezca indiferente, pero… ¿qué hace usted desgastándose en discusiones cada vez más alejadas del Periodismo?

A usted, que no está especializado en los temas sobre los que discute, le puede fallar el corazón y… ¿quién le va a dar otro? ¿A usted lo han diagnosticado? ¿No? Pues lo voy a diagnosticar yo misma: usted —también— es una ciberclaria. Y si va a pelear conmigo, al menos muéstreme su pecho. ¿Usted hace ejercicios, va al gimnasio, está bueno? ¿Usted se quiere? ¿Usted puede dar la cara? ¿Usted necesita cariño? ¿Usted vale la pena o es simplemente ese sexo sin orgasmo, un training para mantener la forma, un tarro indeseado?

 

 

 

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