27N: primera derrota del artivismo en América

Ilustración: Alen Lauzán

Como era de esperarse, el 27 de noviembre de 2020 ha caído en el mismo saco de Playa Girón, el Maleconazo, Halloween y el fusilamiento de los ocho estudiantes: tal es el cruel destino de las efemérides.

El fermento popular de la última década desembocó en el callejón sin salida de San Isidro. La efervescencia de las acciones públicas de cineastas, raperos y diletantes se ha evaporado como una Coca Cola tibia. La Cuba aperturista que “vivió del cuento”; La Habana rocambolesca de Obama, Londoño & Rhodes; Annie Leibovitz en el Packard y Rihanna en su Cadillac rosado; la cerrazón del Covid-19 y la mano dura de Trump: todo, absolutamente todo se ha esfumado. Solo quedan las memorias de un álbum de Cuba en la voz aterciopelada de Tania Bruguera, la Sara González de la disidencia. 

El 27N fue el detonante de una serie de eventos extraordinarios, pero algo se perdió en la marcha triunfal hacia el foro. Acaso todo aquello fuera puro teatro, cosas de actores y libretistas. Leer a Hannah Arendt en la Habana Vieja y declamar poemas con un clavel en el puño parecen escenas salidas de una vida en sueño, la fantasía de Segismundos egresados de la escuela de teatrología. Creer que la Historia podría repetirse, que una segunda Revolución de Terciopelo era factible, fue la metedura de pata de toda una generación. 

Tras bambalinas, el castrismo se entendía con Juan González, se daba la lengua con USA Poultry and Eggs, imponía su propia versión de la perestroika. Washington nunca telefoneó a Katherine Bisquet, sino a DeCancio Foods. Por si hacía falta otro campanazo, el movimiento antisemita pro palestino vino a hacernos saltar en nuestras lunetas, precisamente en vísperas del glorioso aniversario del 27N. “¡Todos los judíos al crematorio!”, gritaban las turbas de New York y Londres y, al oír esos truenos, los gusanos comprendieron que lo mismo podía pasarles a ellos. 

La misma semana victoriosa, el castrismo era elevado al Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas. ¡Nada mal para un régimen penitenciario!

Al inicio de la pandemia, el filósofo coreano Byung-Chul Han regañó a Occidente por su falta de espíritu de colmena. Los asiáticos, según Han, estaban entrenados por el islam, el sintoísmo y el totalitarismo para aceptar un sistema estatal de control. Hacerse preguntas, sublevarse, no doblegarse ante la narrativa oficialista, eran cosas de rednecks y trumpistas. Las juventudes democráticas del mundo pusieron en práctica las enseñanzas del sabio coreano, y dos viejitos cínicos fueron los candidatos de la muchachada en los más recientes ciclos electorales: “Feel the Bern!” y “Dark Brandon” contradecían la consigna libertaria “No confíes en nadie que tenga más de 30 años”. 

No es de extrañar entonces que el entusiasmo pueril de los cubanos sublevados el 27N  frente al Ministerio de la Verdad chocara de frente con el relativismo de “la sociedad del agotamiento”. La juventud occidental cargaba ahora el carnet rojo del Partido: España elegía por tercera vez a Pedro Sánchez; México a AMLO; Brasil a Lula da Silva; Bolivia rechazaba en las urnas a la libertadora Jeanine Áñez. Antifa desembarcaba en Colombia y Primera Línea se alzaba con Chile. El atroz artivista Manolo de los Santos recibía a Miguel Díaz-Canel y le mostraba el dedo a Anamely Ramos, que ahora frecuentaba el Salsa Kitchen, a dos paradas de metro de The People’s Forum.

Del gran piquete del 27N, desperdigado por el mundo, solo quedaban el colaboracionista Pichy Perugorría, el chivatiente Cuty Ragazzone y el correveidile Fernando Pérez. Tania Bruguera, que había instigado el compromiso byung-chulhaniano, dio media vuelta y voló a La Moneda, a releer a Allende y cancelar a Pinochet, el mismo que había resuelto de un golpe el asunto que ella, dando palos en la oscuridad, no pudo zanjar. Ese Máximo Líder que, luego de hacer de Chile una potencia económica, convocó a un plebiscito, y lo perdió. ¡Nada mal para un régimen sanguinario! 

En 1990, Reinaldo Arenas había pedido para Cuba una salida plebiscitaria a la chilena. No la tercera vía allendista, con golpe de Estado en las urnas, sino la solución sufragista a lo Aylwin. En cambio, la recomendación de Tania, Yunior García y Carolina Barrero, ya aplatanados al destierro, era… ¡más socialismo! Socialismo del buti, del que anda garabateando suásticas en los muros de las sinagogas y arrancando imágenes de rehenes israelitas. En el caso de Cuba, los socialistas simplemente se habían limpiado el trasero con San Isidro, el 27N y hasta con el 11-J. ¡Resultó que Hamás era más popular que nosotros! La causa estaba perdida. Era la primera derrota del artivismo en América.

Compárese lo anterior con la frenética actividad política del Exilio cubano en las cuatro décadas precedentes. En los años ochenta, el poeta y preso político Armando Valladares era nombrado embajador de los Estados Unidos en la Comisión de Derechos Humanos de la ONU. Jorge Mas Canosa lanzaba la Fundación Nacional Cubanoamericana en 1981, y en 1983 conseguía la creación de Radio y Televisión Martí. Ese gran empresario fue el genitor de un vigoroso cabildo en Washington y el padre putativo del Cuban Democracy Act y la Ley Helms-Burton, dos instrumentos legales que, como ha dicho Norges Rodríguez, continúan siendo los únicos obstáculos que se interponen entre la usura castrista y el dinero de los yanquis. 

¡Qué tiempos aquellos!

Un cabildero cubano en Washington necesita capital. No capital prestado, sino creado. Mas Canosa amasó una fabulosa fortuna y atrajo a su fundación una legión de bolsillos profundos, lo cual es la principal diferencia entre los anticastristas de ayer y de hoy. No se le pueden pedir a Washington fresas frescas, frías y fiadas.

De lo anterior se desprende que el problema de la más reciente promoción de disidentes cubanos es la falta de memoria, la orfandad histórica. El horizonte de eventos de nuestras socialistas termina en un agujero negro; el efecto de lente del castrismo les impide ver más allá de sus fechas de nacimiento. Espantada de todo, la joven Cuba cometió el error de desdeñar la tradición revolucionaria. La ignorancia mata, y el castrismo lo sabe. Lo primero en desaparecer es la capacidad de organización clandestina, entre otras sutilezas de la praxis. Si algo ha demostrado la derrota del 27N es que esa praxis no puede pasar por el arte, ni por el artivismo, ni por la performance del socialismo reimaginado, y mucho menos —por el momento— por las veleidades anticapitalistas. Pero pasará siempre por el exilio, que continúa siendo, a 64 años del Triunfo, nuestra efemérides eterna.

Néstor Díaz de Villegas es un poeta y ensayista cubanoamericano. Ha colaborado con Letras Libres, El Nuevo Herald y The New York Times. Creador de Cubista Magazine y NDDV.blog. Reside en Los Ángeles.
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