El globo, el cine y la máquina del tiempo cubana

Ilustración: Alen Lauzán

Llevo años siguiendo al grupo de estudio Matías Pérez de La Habana. Sí, como lo leyeron, en Cuba hay un club de fans del aeronauta portugués, que el 29 de junio de 1856 salió volando en un globo y no volvió a aparecer jamás. 

El club de fans está compuesto por 12 cubanos, ocho hombres y cuatro mujeres, que rondan los 60 años, más o menos. Se reúnen una vez al mes y comparten los recuerdos y los souvenirs que han quedado del exitoso taller de marquesinas y toldos del señor Pérez.

La vida de estas personas es envidiable: es como si las preocupaciones del día a día de la Isla en crisis no les afectaran. Como en un globo, van flotando y no caen en los temas diarios y terrenales, como el problema del alimento, el transporte, la salud o la electricidad.

Sus preocupaciones tienen que ver con el primer vuelo de Matías, y sobre todo con el segundo y final. Se fajan y se interrumpen divagando con posibles respuestas a lo que le pasó al desaparecido. 

No soy nadie para juzgar, pero realmente envidio la facilidad de abstracción de esta gente, sobre todo estando en un país tan jodido. Quizá es eso lo que los salva. No sé. 

Hace unos días censuraron en la Isla el documental La Habana de Fito, de Juan Vilar. Luego, sin su autorización, lo transmitieron en televisión nacional. Sin invitar a Vilar o darle derecho a réplica, unos comentaristas le dieron leña por los cuatro costados. Era una película que no le pertenecía al Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC) ni a la Televisión Cubana. Enseguida un grupo de creadores se pusieron las pilas y llamaron a una reunión para defender los derechos de los cineastas cubanos y para recriminar la burda censura y el robo del material (para colmo, la versión transmitida no era la definitiva). 

En la reunión de los cineastas pasaron varias cosas interesantes y también pasaron cosas horrorosas. El realizador Jorge Luis Sánchez, que en el pasado ―por un tema de censura también― agredió al cineasta Ian Padrón, estaba entre el público. Cuando Ian Padrón, en videollamada, trató de hablar fue interrumpido por la Asamblea de Cineastas.

Cineastas que se oponían a la censura del documental de Juan Vilar, pero que al mismo tiempo abrazaban a un realizador violento y mandaban a callar a un cineasta cubano que ahora vive en el exterior.

Eso me causa un desconcierto tremendo: ¿Por qué unos sí podían hablar y otros no?

Más allá de las buenas intenciones de muchos de los que estaban ahí, hubo otros que mandaban, que regían y que a espaldas del grupo ya se estaban reuniendo con las autoridades; que querían que todo el diálogo se hiciera “dentro de la Revolución”.

No por gusto la reunión ocurrió en un cine estatal. ¿Por qué no se reunieron en la casa de alguien?

Ojo, yo estoy lejos, afuera, pero sé de lo que hablo porque a mí mismo me pasó con mi película Santa y Andrés. Mientras me desgastaban entre reunión y reunión y yo me “portaba bien”, a espaldas de las reuniones me habían mandado a la Seguridad del Estado a vigilarme. 

No se puede seguir actuando como en los 80.

Ya hoy se sabe que a muchos de los jóvenes cineastas que fueron a esta reunión los están vigilando. También se sabe que los han obligado a borrar sus chats de WhatsApp.

La sociedad civil cubana sigue cometiendo los mismos errores desde hace 60 años: 60 años que el Estado lleva censurando, encarcelando, golpeando; de lo que nadie parece percatarse, o peor, muchos se hacen los que no se percatan.

En el año 2023, con tantos presos políticos, después del 11 de julio (11J), es imposible que alguien levante la mano en una asamblea y diga las mismas cosas que en 1987. Es como si el tiempo no pasara. 

“Los mismos gestos, las mismas palabras”, se dice en Memorias del subdesarrollo.

Todo el mundo busca sus mecanismos de supervivencia: los seres humanos y el resto de animales sobreviven gracias a la capacidad de adaptación. La vida en la Isla es muy dura, pero el exilio, emigrar, tampoco es fácil; no soy nadie para juzgar, pero creo realmente que hay que bajarse del globo y acabar de poner los pies en la tierra.

Una amiga acaba de regresar de la Isla. Ella vive aquí en España. Hacía seis años no iba y tenía ganas de ver a su mamá. Se sacó un pasaje de 21 días y, luego de estar tres días ahí, sentía que llevaba seis años. No tenía nada que hacer. El tiempo se extendía y el aburrimiento se la comía. Su cara envejeció. Su ánimo decayó.

Mi amiga me dijo: “El tiempo en Cuba no pasa”. 

Ella quería una máquina del tiempo que la lanzara a España 20 días más adelante.

Otro amigo me dice que quiere una máquina del tiempo para volver al 2017. Me dice que en ese año con un poco de dinero se podía comprar un pollo y una cerveza en cualquier parte de la Isla.

Un jodedor con más mala leche me decía que si tuviera una máquina del tiempo se iría directo para el Birán de 1926.

A las puertas de 2024, a muchos, cientos, miles de cubanos les resulta más fácil hablar del pasado, mirar hacia atrás, volver a los cuentos del Moncada, a cómo se vivía cuando Batista, a de qué color eran las casitas Villa Jabón Candado, en vez de correr el velo y mirar al horror presente de frente.

Definitivamente Cuba es un país donde el tiempo pasa distinto. Quizá el tiempo no existe allí. Quizá es parte de un multiverso diferente, un multiverso donde los que gobiernan te oprimen y exprimen al máximo, y los afectados se mantienen haciendo lo mismo de siempre: esperar resultados diferentes.

En este multiverso diferente que es la Isla, que tiene sus propios códigos y tiempos, seguro que los dirigentes culturales empezarán a tratar bien a los creadores, y al fin, en la Ciudad Deportiva, nos podremos reunir todos para esperar el aterrizaje de Matías Pérez.

Eso viene ya.

Las opiniones expresadas en esta columna representan a su autor/a y no necesariamente a YucaByte.

Carlos Lechuga (1983) Director de cine y escritor. Dirigió Vicenta B., Generación, Santa y Andrés y Melaza.Escribió En brazos de la mujer casada y Ballena Tropical, su primera novela que verá la luz este 2023.
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