Un tranvía llamado Prosperidad

Ilustración: Alen Lauzán

Me mandan al móvil un video de Cuba. Un video de una fiesta. Un party. Todo está muy oscuro. No se ve bien. Hay dos o tres gatos bailando “Mala” de Haila María Mompié. Rostros que hasta el otro día eran mis amigos y ahora ni escriben para saber qué tal. Nadie de esa gente sabe si yo como, si tengo techo. Da igual. Me mandan el video.

Una falta de luz tremenda. Hace falta un poco de luz ahí. Los dos o tres seres van de un lado al otro y me parece descubrir algo: falta un diente, un pelado, hay mucha costilla y poca carne. ¡Ño, mamacita, qué oscuro está eso! 

¿Y entonces? ¿Dónde quedo yo? ¿Por qué, si todo eso está así, yo quiero estar ahí? 

Me falta el aire. Siento que me estoy perdiendo algo. Yo vengo de allá. Eso es lo mío. ¿Qué hago aquí?

No quiero darle coco a eso porque todavía no tengo ni trabajo.

Estoy en la Plaza de los Cubos de Madrid y acaba de pasar una guagua, un bus, con un cartel: Prosperidad 1.

Eso es lo que hace falta: prosperidad para todos. Para los de allá y los de acá. Y salud. Amor no, que amor nos ha metido en demasiados problemas.

Estoy en la Plaza de los Cubos esperando a un tipo que me ha citado aquí para darme un trabajo. 

Hay un frío tremendo y tengo las manos y la boca picados. Sabor a sangre. No quiero gastar los pocos datos del móvil, pero busco los videos que me traen alegría.

El Divo de Placetas.

Bombi a la papayé Iré.

Addé Coralí. 

La Diosa con el video del marido que le dice que está como un pudín. 

Me hace falta conseguir 400 pesos para pagar el alquiler del mes que viene y luego una tierrita más para mantenerme. Todos los días me como un plato de pasta con aceite que me mantiene enfocado.

La cubana con la que comparto alquiler me trata bien, a veces me ve llegar destruido de la calle y me suelta: “Siéntate, que te voy a hacer un chocolate caliente”.

Toda esta situación me tiene enfermo de los nervios. ¡Enfermo! ¡Enfermo! Me acuesto a las 9:00 de la noche a tratar de dormir y los mensajes van y vienen: Oye, que si hay una fiesta en un bar por Callao, que si Malasaña esto, que si Malasaña lo otro… Yo no puedo hacer nada de eso: no tengo dinero y estoy en el pisito.

Me acuesto a las 9:00 para salvar fuerzas, para enfocarme, para estar fresco… pero no. Los nervios me juegan una mala pasada y enseguida estoy desvelado y de 2:00 a 4:00 de la mañana no hay quien me duerma. A las 7:00 de nuevo en pie. Frente al alquiler hay una latina chévere que a veces no me cobra el café. 

Casi las 8:00 de la mañana y el sol no está afuera. Los obreros, los pinta-casas, los pica-piedras, los duros-duros me acompañan en el bar con olor a café.

Ese olor a café me recuerda al café con leche que mi madre me hacía en las mañanas. Allá en Cuba. No sé si es porque era café mezclado con chícharos o qué, pero allá el café con leche era más gris, aquí es más marrón.

Una delegación de padres y madres con sus cochecitos llevan a los niños a una guardería que hay al lado. Una guardería de cero a tres años. Pienso en mi hija. Lejos.

Estoy en la Plaza de los Cubos esperando a un tipo que me ha citado aquí para darme un trabajo. 

Muchas mujeres bonitas pasan de un lado al otro, pero yo siento una frialdad en el pecho tremenda. Es como si tuviera la pinga metida en un congelador. 

¡Ño, no es fácil la vida del cubano! ¡Aquí no hay vida para los mareados! Aparece el tipo que supuestamente me va a contratar y lo que veo venir es a un loco. A un desamparado. A un pordiosero. Al Caballero de París. ¿Esto es lo que me va a dar trabajo? Coño, qué clase de encerrona.

El tipo es un santiaguero, que necesita un corte de pelo, un baño y unas cuantas pastillas para los nervios. Tiene como seis abrigos y huele mal. El tipo no para de hablar. ¿Qué hago aquí, Dios mío? 

Quiere hacer un documental. Por amor al arte. Tiene quien le preste la cámara y el micrófono. Le digo que ya yo no hago nada por amor al arte. Eso es cosa de la escuela en Cuba. Tengo muchas cosas que pagar. El tipo no me oye y me sigue contando la historia: conoce a un grupo de guatemaltecas y hondureñas que cuidan a niños y ancianos y en sus tiempos libres se reúnen e intercambian información de sus jefes, de los blancos, de los europeos. Las tipas están preparando una rebelión. Onda “Parasite”, la película china esa, pero de verdad. 

Por un momento me olvido de todo. Me olvido del mundo. El tema está bueno. Está rico eso. Me embullo y le pregunto más.

El tipo no para de hablar, habla y se limpia los mocos con la manga del abrigo y, como si nada, sigue. 

Por unos minutos me elevo: me olvido de dónde estoy, de dónde vengo, de mi situación, de mi dolor… Me siento bien. Bonito. 

Pero la realidad vuelve a golpear. Sonido de sirenas. Miro a la derecha y veo pasar de nuevo el bus con el cartel de Prosperidad 1. Me enfoco y miro a una vidriera: veo a dos homeless, dos desamparados sucios. 

¿Quiénes son? Coño, soy yo. El santiaguero y yo. 

Tenemos la misma pinta. Somos lo mismo. Me trato de arreglar los mechones de pelo con la mano. Ya me lo habían dicho, que Madrid seca el pelo cantidad. Es eso. La sequía acaba con todo. 

Sonrío. Me paso la mano por la cara. Todo va a estar bien. Yo voy a mí. 

Prosperidad. Prosperidad. Eso tiene que ser una señal.

Claro que sí. 

Es una señal. 

Tiene que ser una señal.

¿Sí, verdad? 

Las opiniones expresadas en esta columna representan a su autor/a y no necesariamente a YucaByte.

Carlos Lechuga (1983) Director de cine y escritor. Dirigió Vicenta B., Generación, Santa y Andrés y Melaza.Escribió En brazos de la mujer casada y Ballena Tropical, su primera novela que verá la luz este 2023.
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Un pensamiento en “Un tranvía llamado Prosperidad

  1. Me encantó, así, un poquito mejor y un poco más mal, viven los cubanos por no soportar más, van buscando sueños y estos no se cumplen ni llegan de inmediato, casualmente hablando con mi sobrina esta mañana que vive en Valencia, me dice : tía, estoy bien, trabajo duro y respiro libertad, y tengo a Cuba en el corazón, y sabes cómo se llama la calle donde vivo: Cuba

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