Desmembrar a Matienzo o leer a Piñera como un cuento frío

Ilustración: Julio Llópiz-Casal

Es interesante detenerse en los modos de producción de legitimación de la institucionalidad cubana. La manera en que recupera a escritores como José Lezama Lima (1910-1969) y Virgilio Piñera (1921-1979) es significativa para entender las lógicas de la apropiación, pero también de las excrecencias. Si del primero el rescate ha implicado una especie antropofagia –o «un teológico atracón», según las circunstancias– de su obra, para convertirlo en una esfinge de cera museable, a pesar del silencio que recibió tras la publicación de Paradiso en 1966 y la muerte cívica prolongada hasta su deceso físico. 

Piñera, en cambio, ha costado traerlo al presente desde los predios de las instituciones públicas; cuyo intento de amoldarlo a las exigencias temporales se ha desplomado ante el ingenio del poeta para espetarle su alteridad y escaparse de cualquier a priori o rimbombancia oficial, no sin antes dejar en ridículo a los bufones. Su vida −homosexual, poeta y pobre, como se declarase en alguno de sus textos− ha constituido un esfuerzo extra al poder blanco y cis y sus políticas heteronormativas, para ubicar a un escurridizo Piñera, entre la parafernalia versallesca del jardín del MINCULT. 

Virgilio representa la No-Nación, el cuerpo desmembrado, el miedo, el hambre, la muerte y el terror al disenso desde los márgenes sexopolíticos, desde la corporalidad famélica y tísica. Prueba de ello es la inexistencia de ritos o credos que contenga la savia del Maestro. Contrario a Lezama, las escuelas virgilianas existen dispersas. No dejó nada que no fuera más que cortante e hiperrealista. A diferencia del gordo de Trocadero, con sus cenas lezamianas y un templo adonde los iniciados van a rendirle honores, Piñera, escuálido, no legó una gran biblioteca, y la casa en la que vivió sus últimos días no le pertenecía. Hasta de eso se rio.

Desde luego que leer a Piñera, tras de una pandemia, en medio de la peor crisis política y social, constituye un error en la Matrix cubensis. O, mejor dicho, constituye un error comprender que enfrentamos la misma fatalidad, como hamartía trágica, una vez más. Si atendiésemos a las fallas, como vislumbró genialmente Virgilio Piñera, entonces, estaríamos ante otro escenario nacional, pero nuestra «eterna miseria que es el acto de [no] recordar» no nos permite trascendencia que no sea repetir, con cierta vacuidad, la fragmentación y la inconsistencia. Por ello, la escritora y periodista independiente María Matienzo Puerto nos interpela con cierta astucia si «¿No habrá de este gran absurdo mucho de cubanidad?», en su libro Desmembrar el cuerpo frío, jugar con Virgilio Piñera, de recién publicación por Puente a la Vista Ediciones. De algún modo, revela los límites del autor de La isla en peso, que es a lo sumo, la materia de la que se proyecta la cubanidad. Su recorrido por la cuentística y, en particular de Cuentos fríos (1956), se convierte en una epifanía del No-Lugar de la Nación cubana que implosiona cualquier constructo de mito, y los márgenes de la hiperrealidad como ficción. 

Matienzo además se coloca en un punto de enunciación –«yo, mujer, escritora»–, desde donde entabla un diálogo, antes que cualquier presunción erudita de su obra. De este modo, prefiere la evocación que la certeza académica, y confiere libre acceso a la lectura crítica, a estas alturas, metaficción de este ensayo literario, para conversar con Piñera y adentrarse en los resortes de su poética.

A lo largo del ensayo, la también periodista, nos da las claves para adentrarnos en los círculos virgilianos, que precisa como lo grotesco, el absurdo, el cuerpo y el hambre, y que mutan en una red de múltiples formas, distantes de una lectura lineal. Para ello, advierte que se atreve, «más que analizar la obra, a escribir todo lo que [le] provoca su lectura, donde el cuerpo es la concreción de la realidad, la metáfora nos conmina a revelar algo que llaman verdad y las relaciones otredad/mismidad son imprescindibles para reconocer a Virgilio, a ellos y a nosotros mismos». Sin lugar a dudas, Piñera es el punto de partida de una serie de elucubraciones que, para la autora, trasciende lo literario, y cataliza un modo de comprender la realidad circundante, desde otras cartografías ideoestéticas. 

Piñera «como cirujano busca entre los órganos vitales de naturaleza del cubano, de la Cuba del cuarenta, la universaliza, y, a su vez, la eterniza». Desde luego que estas prácticas están a lo largo de su obra multifacética con asombrosa peculiaridad. Desde Electra Garrigó hasta La Carne de René y su poesía toda es un prisma de lo cubano como dolor, duelo, hambre; de lo cubano como pasión, hastío, mar; de lo cubano como temor, silencio y olvido.

Desmembrar el cuerpo… es un acertijo de revelaciones y una incitadora invitación a revisitar a Piñera, desde la incomodidad y lecturas menos complacientes, desde voces disidentes. Matienzo, y es uno de los méritos que felicito, propone una revisitación desde la otredad, un mise en abyme de la realidad cubana. Piñera aún tiene que decir desde los cuerpos fríos que se convertirán en islas, a pesar de él.     

 

Las opiniones expresadas en esta columna representan a su autor/a y no necesariamente a YucaByte.

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