Mientras el clóset se cobre a la salida…

Ilustración: Alejo Cañer

Mi hermana se ha declarado lesbiana. 

Y ustedes me dirán: “¿Y a mí qué me importa?”. Y yo les diré: “Verdaderamente poco”. Pero ojo, mi hermana se ha declarado lesbiana a sus 42 años, un poco tarde para todas las medidas y culturas. Y, además, yo sé que mi hermana se declaró lesbiana pero no porque me lo dijo ella misma, ni siquiera porque la salida del clóset fuera tan pública como me hubiese imaginado.

He jugado mucho con esto. Que si mi papá tiene el cojón podrido (va de tres, dos), que si solo tiene genes progres, que si su leche está rancia, etc. Pero bueno, son chistes internos, que podemos hacer luego de un largo proceso de sanación, para echarle gracia al pan y que baje con más sabor.

Ojalá el único cuchicheo que despertara la salida de un clóset fuesen los nacidos en la curiosidad del “cómo” y el “no me lo esperaba”. Pero incluso, no esperarse la homosexualidad o bisexualidad de alguien es síntoma de cuanto viejo y cristiano barniz reposa aún sobre nuestro pensamiento occidentalmente colonizado. 

Con mi hermana hubo pocas sorpresas, la verdad. Sí, toda una vida consagrada a la heterosexualidad, familia estable, un hijo hermoso y todas las “cosas de mujeres” de por medio. Pero mi hermana siempre tuvo a flor de piel el tumbao masculino que define específicamente a las mujeres como ella. 

Pero ante los titulares de clóset, si el chiquillo no tiene tanta pluma, sorprende la declaración, y si la chica no se ve “machorra” ―como mi hermana―, se hace difícil la predicción. Como si el amaneramiento en los hombres, y la masculinidad en las mujeres, condicionaran indefectiblemente una orientación homosexual o una identificación con el género contrario. 

Aunque parezca que voy sobre lo trillado, o que se ha dicho esta verdad hasta el hastío, todavía queda al menos una generación ―la de los abuelos de mi hermana― que aún no se ha estudiado este capítulo. Algunos de nuestros padres y abuelos siguen repitiendo estigmatizaciones cansinas sobre los cuerpos homosexuales que deciden mostrarse tal y como son, estigmatizaciones que estereotipan y laceran al por mayor.

En un mundo post-género ni yo ni mi hermana nos hubiésemos visto en la disyuntiva de salir de un clóset o no, porque en un mundo post-género nadie asume nada y nada se vuelve noticia. 

En un mundo post-género, donde a Lorca se le hubiese recordado casi solamente por su arte y no por la belleza con que defiende ―en sus poemas― su lugar de enunciación, los periódicos sensacionalistas hubiesen perdido la mitad de sus primeras planas. Ricky Martin y Pablo Alborán no hubiesen sonado más allá de su música. Tampoco los asiduos besos que espanta Madonna a cuanta artista llama para duetos ocasionales hubiesen tenido alguna repercusión mediática.

Pero como esa era ―a cuyo advenimiento las tierras cubanas y vecinas se resisten en notable cruzada― no se asoma aún ni por las cabezas de nuestros hijos, nos queda hondura en la que meter el dedo, y prejuicios de la lista que mencionar.

Bisexualidad: zona de paz

Aunque el chisme del inicio no va sobre mí, les recuerdo que lo mío fue, más que histórico, histérico. Ya lo he narrado par de veces en ciertas crónicas. Me pinté el pelo de un color escandaloso porque a veces la estridencia es la bandera contra la violencia que más a mano tenemos. Hice “cosas de pájaros”, cosas que ya ni siquiera hago, para convencer a mi mundo de cuán bien ubicado estaba. 

Mi caso fue un poco hostil. Hijo único de un nuevo matrimonio, heredero plenipotenciario del nombre y legado de un padre modelo “macho caribeño”, crecido entre biblias y alabanzas a un Dios que condena a los homosexuales y afeminados. Yo tenía todo un renombre en el ambiente eclesiástico, novia incluida y varios kilogramos de transfobia. 

Pero un día me miré al espejo y repetí la frase “yo soy gay” hasta pasar del aturdimiento a la tranquilidad. Destrocé el clóset y medio mundo con él. Mi padre fue padre y amigo, como hasta hoy. Mi madre se traumó con la noticia, pero los años marcaron una zona de tregua, la política de la vista gorda y de no hablar de nada aunque lo sepamos todo.

En aquellos años, a mi mentalidad binarísima no le cabía que yo pudiera asumir una imagen masculinizada si me gustaban los machos varoniles. Así de ochentero fue lo mío. Ha pasado el tiempo, y he entendido ―y muchos a mi alrededor, conmigo― que expresión de género, identidad sexual y orientación sexual son cosas diferentes. 

Pero hay un dato curioso en el que quiero reparar. Cuando yo me declaré gay, abierta y estentóreamente gay, maricón perdido y sin cura, vitalicia esclava de la fisionomía machera, en realidad no fui sincero. Yo era, y aún lo asumo, bisexual.

En mi caso pasó distinto a mucha gente que conozco, por razones de las que ya se está encargando el alprazolam. Yo soy una radical angustiosa que conoce muy poco de términos medios: tanta desmesura e inestabilidad mental me asfixian al libra que el Zodiaco me fijó por nacer en octubre. Yo, avizorando lo que me esperaba tras mi salida del clóset en aquel 2012, me preparé para una pelea de secundaria como si fuese Stonewall, y preferí ser más pride que un carnaval brasilero. 

La generalidad es que los pajaritos como yo primeramente nos declaramos bisexuales, aunque no lo seamos. Es la forma de establecer una zona de diálogo con la heterosexualidad, un punto de enlace entre mi socio quemador de FIFA y yo, fan perdida de Beyoncé. 

Mírame, no soy tan diferente a ti” es la semántica de la performance

Esa necesidad de ser avalados por la sociedad heterosexual, esa mirada esclavizada que coloca lo hetero y lo cis en lo más alto del podio de la norma sexual, nos demuestra cuán tardía va la vida y cuán lejos quedó Grecia Antigua.

Los veo por ahí, haciendo arqueadas cuando besan al sexo contrario, pero asumiendo una bisexualidad gallarda dizque interesante, sabiendo o no que solo lo hacen así porque es el giro dramático menos ruidoso que admitían sus guiones. 

Muchachitos y muchachitas, sé que es duro, pero si ya tuvimos fuerza pa sacar un pie, pa romper una bisagra, coño, quemen ese madero podrido de una vez. 

Todo esto se entiende mucho más en estos años donde la bisexualidad parece estar en demanda. Y aquí voy a explicarme finamente. 

Por obra y gracia del activismo elegebeté y por el esparcimiento exponencial del conocimiento que nos trajo internet, ha llegado a muchos rincones la gran verdad de que el mayor por ciento de la sociedad está compuesta por personas que han explorado o están dispuestos a explorar la experiencia romántica y/o sexual con personas de su mismo sexo. Figuras del arte y del cine han logrado también verter carisma sobre sus pasos en esta senda, y en tanto nos hemos ido al extremo ―no nos sorprendemos de esta reacción tan nuestra― al banalizar la bisexualidad, agradecemos el like generacional que sobre ella recae.

Las otras comodidades del clóset

Si bien algunos salen de un clóset a otro, y son muñecos mitad Pinocho  mitad felices, hay muchos más que se quedan custodiando el secreto. Hay muchos guardianes del clóset, como mi hermana, por ejemplo, que sabrá solo ella cuantas veces amarró el deseo en todas estas décadas.

Las razones para que siga sucediendo esto siguen siendo las mismas de antaño: el miedo al rechazo ―razón harto estudiada y atacada― y una sociedad heteronormada, hostil como el calor que ha traído este 2023. El conservadurismo parido por siglos de dominación cristiana, el machismo que nos metió en vena la madre Europa, y muchas otras circunstancias puntuales, son las espadas que siguen poniendo contra la pared y recluyendo al silencio a muchísimos de nosotres.

El caso de mi hermana no es nada raro. La alegría que me da ver sus fotos de boda ―bastante secreta, por demás― no aleja de mí la tristeza que me llega por la empatía con los años de su silencio. Men, que la mostra ha hecho una vida entera como si fuera heterosexual. 

¿Saben ustedes cuántos bollos llegaron a ella, buscando su afecto y dedicación, y ella les dio la espalda? ¿Saben, en todos esos años, cuántas ganas de tomar a una mujer por el brazo en público pudo haber tenido la mostra, y no pudo hacer otra cosa que guardarse las ganas y la mano en el bolsillo del pantalón? ¿A qué costo? ¿Quién nos exige tanta autoflagelación? ¿Sus abuelos, que aún ni saben la noticia? ¿Su madre, su hijo, el padre de su hijo? ¡¿Yo?!

El caso de mi hermana es muy sencillo, y no debo entrevistarla para dar con el diagnóstico. La gente como ella vive en el clóset porque lo “normal” sigue siendo la cisheterosexualidad, y todo lo que no se le parezca sigue siendo ―en muchos contextos familiares y sociales― contaminación sonora.

Pero hay otros clósets más elaborados. Clósets perpetuados con inteligencia y picardía. Quedan los “ya lo sabe quien debía saberlo”, que aunque lleva determinación y talento, brega aún entre la discreción, el prejuicio y el miedo. La prudencia está encima de la escena, pareciendo figura en tanto es solo sombra del mismo fenómeno.

Quedan los pinky happy flower, personajes green peace and love fighter, que se enuncian como trascendidos a los clósets y pertenecientes a la era post-género. Su silencio generalizado, su speech selectivo, también encierra una estratagema fina para pasar y no ser visto, para no pintar en la cara de algún abuelo una incomodidad ni ser encuestado por la vecina chismosa.

Esa gente con “heteropassing”, cómoda porque parece heterosexual, sabe, aunque no lo diga muy a menudo, que se libra del estigma y del rechazo. Le sonríe al taxista cuando este hace un chiste sobre la travesti que está luchando en una esquina, pero se ha singado a esa misma travesti unas quince o veinte veces. 

A veces no todos son tan cínicos, a veces, incluso, tienen el grandísimo gesto de luchar por nuestros derechos. Agachan la cabeza, y con la rodilla en tierra, su honor se erecta cuando una espada pájara los nombra aliados. 

Pero, pepillos, atiendan pa acá. Las siglas que llevamos tienen una B en el medio, y esa B no es de bipolares ni de belicistas, esa es la letrica de los bisexuales. Vamos a ver si dejamos de nombrarnos aliados, que suena lindo y solidario pero los exime de muchos de los vejámenes que aún sufrimos los amparados por la bandera multicolor. 

Ya que somos tan altruistas, vamos a hacer un ejercicio básico de sinceridad, con ustedes mismos y con el mundo.

Mientras no llegue el mundo post-género…

Yo diera la virginidad que no tengo por que acabemos de trascender los clósets y las etiquetas, pero creo firmemente que hacerlo ahora mismo es signo de ingenuidad. Ahora mismo conviven con nosotros incomodidades e invisibilidades. Queda luchar por que una etiqueta ―trans, bi, homo― llegue a una igualdad real en materia de derechos. Entonces sabremos que es momento de diluirnos.

Queda nombrarnos, como forma de lucha, porque quedan lugares en los que las mujeres trans pagan el cover de la entrada para hombres, y tienen que ir al baño de estos. Sigue la lucha mientras las galeras masculinas de una prisión sean el sitio donde recluyan a una Brenda Díaz. Mientras pase un hombre trans, y diga un policía “mira qué fea la tortillera esa”, queda lucha. 

Quedará seguir nombrándonos y gritar nuestras letras mientras yo tenga que dar un espectáculo público en Sagua la Grande porque un bicitaxista no haya querido montarme por mis trenzas y uñas postizas. 

Mientras se siga pagando el clóset, a la salida, habrá que asumir el ruido de esa puerta con orgullo y con espíritu de protesta; habrá que reflexionar sobre las piedras que encuentran en el camino a la felicidad de ser los pasos rebeldes y estrepitosos de nuestra generación.

Mientras nuestras hermanas de 42 años esperen décadas subyugadas al miedo al rechazo público, tenemos que nombrarnos y empujarnos así a un río futuro en donde nademos todos en la misma corriente. 

Queda hacer bulla, mientras yo tenga que enterarme de que mi hermana se casó con su novia por el comentario de la amiga de una vecina de una buena amiga de mi mamá, quien habló bajo la premisa de que “nadie podía enterarse de aquello, mucho menos sus abuelos”. 

De cómo anduve todo Facebook buscando a mi nueva cuñada y cómo di con su teléfono y le escribí por WhatsApp, les contaré en otra ocasión.

Narrador y libra. Cantante y borderline por excelencia. El único hijo de Yemayá que le teme al mar. Mi mamá siempre quiso hembra y la complacieron a medias, porque soy pájaro, desde la vida anterior. Sobrevivo por el R&B, el reparto, la rumba y el alprazolam. Reactivo y paranoico. Mientras no escribo o bebo cerveza, hago proselitismo LGBTIQ+: convierto heteros al culto de la bandera multicolor.
Entradas creadas 1

Un pensamiento en “Mientras el clóset se cobre a la salida…

  1. Genial!! Y reflexivo la manera práctica y simple en qué explicas en pocas líneas los conflictos de toda una vida de estar en el clóset. Gracias!!!

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