Amalia Gaute: “Hacer televisión en Cuba es un acto de vocación”

Ilustración: Carmen Barruecos

Amalia Gaute y yo nos hicimos amigos el día en que le confesé que me gustaba su novio de la Escuela Nacional de Arte (ENA). Fue durante los primeros días del curso. Yo era un pinareño que acababa de llegar a la capital con ansias de comerse el mundo (y lo que no es el mundo también), y ella apenas comenzaba el segundo año. No hubo dramas ni escándalos. Ni siquiera recuerdo cómo terminó aquella conversación incómoda y sin sentido, pero Amalia y yo terminamos hermanados de por vida. 

Las parodias a los profesores de la escuela y los comerciales al tan repetido salami de nuestra dieta estudiantil fueron algunos de nuestros mejores ejercicios extracurriculares en la escuela de actuación. Amalia siempre ha tenido una vis cómica increíble. 

A través de sus ojos aprendí a valorar el cine de una manera diferente. Con ella vi por primera vez Los fantasmas de Goya y Barrio Cuba. Además, es una actriz maravillosa. Su acercamiento al personaje de Nina en La gaviota de Antón Chéjov durante el semestre de Teatro Psicológico, es de lo más hermoso y profundo que vi durante mi tiempo en la ENA. Pero lo que siempre admiré más de ella es su dedicación a actuar. Amalia es una actriz que no para de estudiar, de explorar, que no se detiene en la búsqueda de la perfección y que se compromete con los personajes que interpreta. 

―¿Quién es Amalia Gaute?

―Esa respuesta aún está en proceso.

―¿Cómo llegaste a una teleserie tan popular como Calendario?

―Llego a la serie de Calendario para hacer el casting del personaje de Amalia (que es el personaje principal de la serie), junto a cuatro maravillosas actrices, entre ellas Clara García. Obviamente no quedé y es por ello que me proponen entonces el personaje de Yaima. Fue en ese encuentro que conozco por primera vez a [la directora] Magda González con quien no había tenido el gusto de trabajar antes y a quien le agradezco enormemente la oportunidad de participar en la serie y el estudio de un personaje tan complejo para mí como fue Yaima, a quien llegué a amar profundamente. 

―¿Qué puntos de contacto tienes con tu personaje y en qué no se parecen tanto?

―Yaima fue un personaje bastante complicado para mí. No teníamos muchas cosas en común más allá del profundo amor que profesa por su familia y la prioridad que esta representa en su vida. Es una mujer con un hijo, envuelta en un matrimonio por muchos años, sin vocación por una profesión a la que ame, solo pensando en los beneficios que esta pueda traer a su familia y a ella. Amén de la polémica que generó, a la hora de construirla preferí centrarme más en su miedos por perder todo lo que había construido (de la manera que fuera) por muchos años, que por la lectura errada que daba al mundo de su persona. Creo que cualquier persona que se encontrara en una situación así, donde realmente la víctima de la traición fuera ella, lucharía hasta donde pudiera por recuperar lo perdido. No puedo decir otra cosa que no sea que la amé profundamente por sus inseguridades, sus miedos y su valentía por continuar sola el cuidado de su hijo luego de ser engañada por una de las personas principales en su vida. Muchas mujeres cubanas y de todo el mundo han pasado por situaciones similares; lo único que cambia es el camino que deciden tomar. Soy una antes y otra después de Yaima. 

―¿Cómo es hacer televisión en Cuba en estos tiempos?

―Hacer televisión en Cuba es un acto de vocación, de amor por la profesión que realizas. Inconvenientes siempre habrán. Tuve la dicha de que, cada vez que pude realizar algún tipo de audiovisual, el equipo con el que trabajé fue maravilloso. Cuando digo equipo me refiero a todos, desde el chofer que nos transportaba, el asistente de producción que tenía que batallar con los vecinos a la hora de cerrar las calles, los maquillistas que hacían magia sin casi tener los maquillajes que necesitaban, los sonidistas luchando con los perros y sierras eléctricas que siempre acompañan un rodaje, los luminotécnicos poniendo luces en lugares insospechados, los extras que esperan largas horas para hacer un pequeño acting que complementa una escena, los directores creando escena y luchando con miles de inconvenientes junto a los fotógrafos, y los actores violentando emociones y recreando vidas sin tiempo a veces ni para comer. Es algo que haría una y mil veces. Ya te digo, sin las mejores condiciones del mundo pero con ganas y amor es imposible no hacerlo posible. 

―Además de televisión, lo que más has hecho es teatro… Háblame de tu experiencia en este medio y de alguna obra o personaje  que te haya marcado positivamente?

―Hacer teatro es de las mejores experiencias que he tenido. A lo largo de mi carrera es lo que más he hecho, junto al cine. No he encontrado otros medios en los que me sienta completamente más libre que en esos. Hacer teatro implica el contacto directo con el público y eso es incomparable. Creo que de todos los personajes me sigo quedando con el primero que hice en la Escuela Nacional de Arte, el personaje de Nina en la obra La gaviota, de Antón Chéjov. Aprendí tanto, experimenté tantas emociones nuevas, tuve que estudiar tanto y me quedaron tantas cosas por hacer que es imposible sacarlo de mi mente. Luego la vida se ocuparía de que entendiera muchas cosas que en su momento por mi edad me eran imposibles. Nina se convirtió en mi primer tatuaje, en mi primer desahogo, mi primer texto preferido y autor [Chéjov]. Hoy por hoy soy esa gaviota que vuela sin encontrar rumbo, que aún no sabe qué hacer con las manos, ni reconoce su voz, que lleva su cruz y mantiene su fe. Hizo que cuando piense en mi vocación no le tema a la vida. 

―Las redes sociales han ido cambiando la forma en la que el público cubano se relaciona con los artistas. ¿Cómo sientes tú que han influido las redes sociales en tu trabajo como actriz?

―Comencé a tener contacto con las redes como forma de comunicación con amigos y familiares. A medida que mi trabajo (sobre todo en la televisión) fue creciendo comencé a experimentar el crecimiento de seguidores, personas que ni siquiera me conocían personalmente. Lo hermoso del suceso es que de pronto tenía un montón de mensajes de todas partes de la Isla y del mundo, de personas dándome su punto de vista de los personajes que veían interpretados por mí. Eso hizo que me replanteara procesos viendo qué había funcionando, qué no y el alcance que proponían las redes. Hoy en día las uso más que antes; aún soy inexperta en ellas, debo decirlo, y continúo usándolas también como un hobbie y modo de comunicación. Pero soy más consciente de que también es una forma de empleo para muchos. 

Amalia, actualmente vives en Miami. ¿Qué te motivó a salir de Cuba y por qué a Miami?

―Salir de Cuba fue una de las decisiones más difíciles que tomé el año pasado. Salí por problemas personales y, también como muchos cubanos, buscando otras alternativas de trabajo y vida. Mi primer destino no era Miami; terminé aterrizando aquí llena de preguntas en mi cabeza y bastante aturdida. Es la ciudad donde estaba mi mejor amigo y donde habían vivido sus últimas horas dos personas demasiado importantes en mi vida. Era un lugar al que tenía que venir en algún momento de mi vida y me tocó ahora. 

―¿Cuál es el reto más grande que has tenido que vivir como inmigrante en este país?

―Retos, un montón. Creo que cualquier inmigrante se enfrenta a retos diarios en cualquier país que no sea el suyo. Todo es nuevo, desde su cultura, su sistema, su idioma, tener que reinventarse constantemente personal y profesionalmente. Extrañar constantemente a la familia es lo que en mi caso más me golpea. Lo bueno es la oportunidad de comenzar de cero, de volver a estudiar, a buscar respuestas a preguntas que antes ni siquiera te hacías. A entrarle con más ganas a la vida y a fijar nuevos objetivos. 

¿Qué es lo que más te gusta de Miami?

―De Miami solo puedo hablar de la zona que conozco. Lo que más me gusta es volver a tener el mar tan cerca. Yo nací en Matanzas y desde niña no había vuelto a experimentar la sensación de sentir su olor [del mar] en la mañanas. Reencontrarme con personas que quiero y hacía años no veía. La mezcla de culturas de toda Latinoamérica que existe aquí es algo que amo y agradezco. He conocido a muchas personas increíbles con historias de vida terribles y, ver la fuerza que tienen, eso me inspira cada día. 

―¿Qué es lo que detestas de esta ciudad?

―No puedo decir que deteste, porque siempre ha sido un conflicto en mi vida, pero no es menos cierto que aquí es más notable la falta de tiempo. Lo bueno que le veo es que aprendes a aprovechar cada segundo. 

―¿Qué es lo que más extrañas de Cuba?

―Sin duda alguna mi familia, mi perro y amigos. 

―¿Y lo que menos?

―Lo que menos extraño es la sensación de estar en mi casa preguntándome qué pasaría si saliera de mi zona de confort. 

―¿Cuáles son tus planes más inmediatos?

―Planes tengo muchos: abrazar a mi familia de nuevo encabeza mi lista, pero terminar todo mi papeleo como inmigrante y retomar mi carrera son esos en los que me encuentro inmersa ahora mismo. 

―Las preguntas personales de Hansel:

Una película: Barrio Cuba. 

Una canción: Pena, penita, pena, de Lola Flores.

Un libro: A pleno sol, de Patricia Highsmith.

Una ciudad: Buenos Aires. 

Un olor: Los frijoles negros de mi mamá. 

Un sabor: Dulce.

Una persona: Mi abuela.

Una red social: YouTube.

Un sueño: Hacer cine por toda Latinoamérica. 

Un mensaje a los cubanos de Cuba: Nunca dejar de soñar. ❤️.

Hansel Porras García (n. 1994) es un actor, escritor y cineasta queer cubano radicado en Miami. Sus obras exploran la multiculturalidad de la comunidad hispana de Miami, centrándose en la diáspora cubana y examinando temas como la inmigración, la familia y la identidad.
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